El club

Con la ganadora del Oso de Plata del Gran Jurado en el pasado Festival de Berlín y acreedora a numerosos reconocimientos y nominaciones, entre ellos, su candidatura al Ariel a la Mejor Película iberoamericana, el cineasta Pablo Larraín vuelve a la carga con El club, ...

Con la ganadora del Oso de Plata del Gran Jurado en el pasado Festival de Berlín y acreedora a numerosos reconocimientos y nominaciones, entre ellos, su candidatura al Ariel a la Mejor Película iberoamericana, el cineasta Pablo Larraín vuelve a la carga con El club, producción chilena que además formó parte de la más reciente Muestra Internacional de la Cineteca Nacional. La cinta se estrenó el viernes pasado en la propia Cineteca, lamentablemente no tiene distribución en otras salas a nivel comercial. Puede que tenga que ver el tema, yo nomás digo.

Tony Manero de 2008, Post Mortem de 2010, No de 2012, que estuvo nominada al Oscar a la Mejor Película en lengua extranjera, son las cintas más destacadas de Pablo Larraín a las que ahora se suma El club. Historias que sacuden, crudas, muy bien contadas, que lo perfilan como uno de los mejores cineastas latinoamericanos. De su autoría o en colaboración con otros escritores, en cada argumento explora los lados oscuros de la condición humana.

El club es un guión del propio Pablo con Daniel Villalobos y Guillermo Calderón, y se desarrolla muy en la línea de sus otras películas dentro de la denuncia y la crítica social. Se ubica en un remoto pueblo chileno a la orilla del mar. En una casa conviven cuatro sacerdotes y una monja, todos personajes siniestros que tienen prohibido ejercer su sacerdocio por haber cometido diversas “faltas” que van desde pederastia, conductas homosexuales, participación en el gobierno militar, tráfico de bebés, etc. De nuevo vemos la figura del manto protector de la Madre Iglesia, que encubre a sus hijos caídos sin que paguen por sus crímenes.

Estos cuatro hombres no pueden tener contacto con nadie, sus días transcurren monótonamente, como dice la monja que los atiende, entre la oración, salir a caminar, ver televisión, cantar salmos, oficiar la misa, comer, volver a orar y apostar de manera clandestina en carreras de galgos que organizan los habitantes del pueblo. Esta rutina se ve interrumpida cuando llega un quinto sacerdote que provoca la necesidad, por parte de las autoridades eclesiásticas, de investigar qué es lo que pasa realmente en ese “club”.

En otras películas sobre los pecados de los sacerdotes, como la violación del celibato y la pederastia, no se explora, como en la película de Pablo Larraín, los efectos de esas conductas en ellos mismos. Estos cuatro hombres interpretados por un gran reparto encabezado por Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín, no parecen sentir culpa alguna ni el más lejano esbozo de arrepentimiento. El encierro es el sutil castigo para sus crímenes, que quedan en la más cruel impunidad, y se enfatiza en las acciones de los superiores para ocultar ante la opinión pública y los miembros de la Iglesia católica el agudo proceso de descomposición que corroe a muchos de sus hijos.

No hay luminosidad en la fotografía. El lugar es gris, agreste, frío, hasta  tenebroso. Muchas secuencias tienen escasa iluminación que con dificultad permite ver lo que pasa en la pantalla, como tampoco podemos ver lo que pasa en las cabezas trastornadas de estos cuatro. Casi parece una película de terror, en la que las palabras, y no las imágenes, apelan a la imaginación del espectador a través de diálogos gráficos y directos con los que se recrean los crímenes que carga cada uno.

Muy recomendable. Cineteca Nacional, Cine Tonalá, La Casa del Cine.

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