House of Cards, a la inglesa

A la televisión ya no la hacen como antes, lo cual me alegra enormemente. Gracias a los avances de la tecnología ya no todo son revistas mañaneras insulsas, realitys de vecindario barato, noticiarios amarillistas y en buena medida vendidos al mejor postor, telenovelas ...

A la televisión ya no la hacen como antes,  lo cual me alegra enormemente.

Gracias a los avances de la tecnología ya no todo son revistas mañaneras insulsas, realitys de vecindario barato, noticiarios amarillistas y en buena medida vendidos al mejor postor, telenovelas vacuas, concursos ridículos y el eterno desfile de “opinadores” prepotentes y sabelotodo. Internet representa una revolución histórica en los formatos y nos da acceso a mejores materiales. También a revistas mañaneras insulsas, realitys, concursos, noticiarios, etc., pero tenemos opciones, podemos elegir y eso es ganancia.

Netflix causó revuelo en 2013 cuando lanzó su primera producción “original”: House of Cards. Entrecomillo la palabra porque la exitosa serie que tiene, sin duda, grandes méritos, es un refrito o remake de la original, producida en la Gran Bretaña en 1990.

Escrita por Michael Dobbs, la novela se convirtió en un best seller en 1989, y al año siguiente la BBC la adaptó para la televisión en una primera temporada titulada House of Cards-Castillo de Naipes, curiosamente nunca se tradujo para todo el mercado hispanoparlante. Dobbs había trabajado para el Partido Conservador y conocía bien los tejes y manejes de la compleja política británica.

La espléndida adaptación al lenguaje televisivo de aquellos años, con el finísimo, inteligente y ácido sentido del humor británico, corrió a cargo de Andrew Davies, y no creo equivocarme si le digo que en muchos aspectos supera a su sucesora yanqui. Los norteamericanos no se acercan a ese estilo de humor negro tan inglés, lo intentan, no lo niego, pero no está en su genética.

Es curioso que una buena parte de los espectadores —probablemente, la mayoría— que están enganchados con la historia de Francis y Claire Underwood y sus oscuras maniobras en Washington, no tienen idea de la existencia de la versión inglesa, que se forma de tres miniseries de cuatro capítulos cada una: House of Cards de 1990, To play the King de 1993 y The final cut de 1995.

El personaje central es de estricto perfil maquiavélico: Francis Urquhart, líder del Partido Conservador, quien ante la caída de Margaret Thatcher empieza a mover piezas para colocar a su partido a la cabeza del Parlamento, aunque sus verdaderas intenciones a mediano plazo son convertirse él mismo en primer ministro. Urquhart está interpretado por un actor inglés fuera de serie: Ian Richardson, quien da vida a un hombre ambicioso, sin escrúpulos, vengativo, traicionero, quien, por otra parte, parece estar realmente preocupado por el destino de su país y nos convence de que obra para el beneficio colectivo.

Davies juega con el curso de los acontecimientos políticos de esos años en la Gran Bretaña y hace que Urquhart rompa la cuarta pared y hable con el espectador. Con ironía y sarcasmo únicos, Ian Richardson hipnotiza con su mirada penetrante y se echa al público a la bolsa. Se vale de su posición política, de su esposa —fiel compañera y “comprensiva” cómplice— y usa a una reportera como catapulta. En To play the King sus intercambios con el rey —aquí no hay reina— no tienen desperdicio. Sin duda es un gran texto el de Dobbs en la adaptación de Davies, que de alguna manera ayudan a comprender a través de una ficción sobre el poder y la ambición, la complejidad del sistema político en la Gran Bretaña.

House of Cards, la inglesa, está completa en Netflix. No se la pierda.

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