Victoria
Hay películas que merecen poder hacer más ruido, más bien, que sus distribuidores tuvieran los recursos para que el estreno fuera mucho más difundido en nuestro país. Es el caso de Victoria, película alemana de este año que está coescrita y dirigida por el actor y ...
Hay películas que merecen poder hacer más ruido, más bien, que sus distribuidores tuvieran los recursos para que el estreno fuera mucho más difundido en nuestro país.
Es el caso de Victoria, película alemana de este año que está coescrita y dirigida por el actor y director, también alemán, Sebastian Schipper (Corre Lola, Corre, El paciente inglés y Tres), y fotografiada por el danés Sturla Brandth Grøvlen.
Victoria ha recibido varios reconocimientos en lo que va del año, entre ellos el premio al excepcional trabajo detrás de la cámara de Brandth Grøvlen, y otros galardones y nominaciones en el Festival de Berlín para su director.
Distribuida en México por Mantarraya, empresa a la que hay que agradecerle que podamos ver ese tipo de películas, Victoria es diferente porque está filmada en un único y larguísimo plano secuencial de más de dos horas. Para decirlo coloquialmente: encendieron la cámara y empezaron a rodar toda la acción de corrido, y no se dijo la palabra “corte” hasta dos horas después, cuando la narración concluye. La frase promocional de la cinta lo dice todo: “Una noche. Una ciudad. Una toma”. El director así lo sostiene.
Por tanto, está filmada en tiempo real. La acción se inicia alrededor de las 5 de la mañana en un antro berlinés en el que conocemos a Victoria, la protagonista de la historia, interpretada muy bien por la actriz española Laia Costa, que se echa la película sobre los hombros y va abriendo el personaje a cambios con los que nunca soñó al tomar pésimas decisiones. Entre las luces y la música, Victoria se dirige a la barra, pide un vodka, trata de ligarse al barman, y al no tener éxito decide que ya es hora de irse.
En las escaleras la interceptan otros sujetos ebrios, pero amistosos, y lo que empieza con bromas y un coqueteo superficial va complicándose poco a poco. Ella en bicicleta, ellos a pie, van conversando y se siguen con unas cervezas. Victoria es muy amistosa, sus nuevos amigos parecen inofensivos, y no tiene que abrir la cafetería donde trabaja hasta las siete de la mañana.
Hay que decir que los primeros 50 minutos de Victoria llegan a resultar reiterativos, y tienen algunos huecos. Esa primera mitad es un poco plana, como si no hubieran sabido con qué llenarla, es un bache en el guión que se resiente al hacer esperar demasiado para la introducción del conflicto, y el muy atractivo giro del argumento.
Pero a partir de ese momento —y probablemente antes—, la técnica del plano secuencial pasará desapercibida y ya no distrae, lo que tiene gran mérito. En la segunda parte, la continuidad, las sorpresas en el relato y los excelentes actores (especialmente Laia Costa), muy bien dirigidos por Sebastián Schipper, hacen que nos conectemos por completo con el ritmo de la historia y el desarrollo de la acción, gracias a esa cámara en mano de Sturla Brandth Grøvlen, permanentemente pegada a los actores, corriendo, bailando, peleando, entrando y saliendo de habitaciones, de coches, de baños.
La tensión es constante y Schipper no da tregua hasta el último minuto. Todo funciona como un reloj y el reto de hacerla sin cortes queda bien superado. Se ve el trabajo de un equipo que, en una madrugada de Berlín, se lanzó a una muy efectiva aventura cinematográfica.
No se la pierda.
