Cenicienta

El anuncio de la filmación de esta nueva versión del clásico de La Cenicienta no generó, al menos en esta servidora, una corriente de expectativas. Siendo muy honesta con ustedes la vi como otro remake o refrito con los que Hollywood está disimulando, mal por cierto, ...

El anuncio de la filmación de esta nueva versión del clásico de La Cenicienta no generó, al menos en esta servidora, una corriente de expectativas. Siendo muy honesta con ustedes la vi como otro remake o refrito con los que Hollywood está disimulando, mal por cierto, su grave crisis creativa y una lamentable incapacidad para reinventarse. Es decir, no esperaba mucho.

Disney ha capitalizado la mayoría de los cuentos clásicos, incluyendo los de Hans Christian Andersen, y el tema de las princesas se ha explotado recientemente con un éxito económico impresionante, con eso de que “todas las niñas son princesas”.

Esta nueva versión de Cenicienta tiene una cualidad que le da cierta variedad: la dirige Kenneth Branagh, que es de esos directores que se desenvuelven mejor en esta especialidad que como actor. Se trata, obviamente, de un proyecto de encargo en el que su característico sello y buen gusto le dan una personalidad muy particular a la película.

Al contrario del desastre que hicieron con el cuento de La bella durmiente destrozando a una de las mejores villanas del cine en Maléfica, el argumento en La Cenicienta es básicamente el mismo, escrito por Chris Weitz, y repite la historia de la jovencita feliz, amiga de ratones, criada en el amor y los buenos sentimientos, sin envidias ni mezquindades, lo que la convierte en un ser casi sobrenatural. Sufre un duro golpe con la llegada de la nueva esposa de su papá, que por no poder estar solo (qué raro, ¿no?) le endosa a la hija tres ejemplares de terror: una madrastra (probablemente de este cuento proviene la acepción prejuiciosa y negativa del término), y dos hermanastras.

Pero no importa, Cenicienta abre su corazón y las recibe con cariño y sin ninguna malicia. El problema es que el papá muere y la deja relegada, en su propia casa, al nivel más bajo de servidumbre y humillación que un ser humano puede soportar. Convertida en objeto de violencia sicológica y burlas constantes por parte de sus nuevas parientas, a Cenicienta sólo le queda dedicarse al quehacer, vivir en el inhóspito desván, y platicar con ratones. Hasta que un día conoce a un príncipe (sin saberlo) que se prenda de su candor, belleza y encantos, y no descansará hasta verse comprometido con ella, le pese a quien le pese.

Viene el baile, el hada madrina, la carroza que se convertirá en calabaza a las 12 de la noche, y las zapatillas de cristal, de las que dejará una en prenda para poder ser localizada.

No, Cenicienta no se les pone al brinco a sus captoras, no. Tampoco decide quitárselas de encima, ni hacer valer sus derechos hereditarios, ni grita, ni se va de la casa, ni busca trabajo en una posada o como costurera, ni se pone a estudiar, ni se reinventa al margen de que llegue un descafeinado príncipe azul que la haga “alguien” en este mundo. No, la pobre sigue durmiendo junto a la chimenea para quedar cubierta de cenizas, vistiendo harapos y comiendo las sobras. Sigue siendo una figura pasiva y las soluciones para su desolada existencia están en el exterior: un hada madrina y un príncipe azul. Ella está en pausa.

Pero esta versión de Cenicienta es una verdadera fiesta para la pupila. Si hacemos a un lado el lamentable perfil sicológico de la protagonista y nos entregamos al colorido, la iluminación, el vestuario, los escenarios y la fotografía, gracias al ojo de Kenneth Branagh, estamos ante una película más inteligente de lo que se esperaba. Por su experiencia Branagh es un gran director de actores. Weitz dio realce al personaje de la madrastra, que en la interpretación de Cate Blanchett casi llega a ser el eje del relato con su elegancia, rostro perfecto, espléndida voz e intensa personalidad. Pero eso no opacó el trabajo de sus otros actores, un buen grupo de jóvenes ingleses (acompañados de Helena Bonham-Carter, como el hada madrina, y Derek Jacobi, como el rey y papá del príncipe).

Salidos de muy importantes series como Downton Abbey, Juego de tronos, Los Borgia, los británicos se apoderaron de La Cenicienta, encabezados por Lily James, Richard Madden como el príncipe, Sophie McShera y Holliday Grainger, como las divertidísimas hermanastras.

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