Sueño de invierno

Ganadora de la Palma de Oro a la Mejor Película en el pasado Festival de Cannes, ya se estrenó en México, y habrá que enfatizar que esta vez no tuvimos que esperar tanto como otros años, la cinta turca Sueño de invierno Kis uykusu, Turquía, Francia, Alemania, ...

Ganadora de la Palma de Oro a la Mejor Película en el pasado Festival de Cannes, ya se estrenó en México, y habrá que enfatizar que esta vez no tuvimos que esperar tanto como otros años, la cinta turca Sueño de invierno (Kis uykusu, Turquía, Francia, Alemania, 2014).

Para adentrarnos en una película como ésta hay que empezar con sus escenarios, que no podrían ser mejores para el desarrollo de una historia como ésta: Capadocia, en Anatolia, Turquía.

La región es de una singular belleza, agreste, árida, con formaciones geológicas únicas en el mundo, revestida del terreno llano o cavernoso, persistentemente erosionado por el viento en muchos millones de años. El invierno es crudo e inhóspito.

Está dirigida por Nuri Bilge Ceylan, realizador turco conocido en el Festival de Cannes, por donde ha pasado ya varias veces desde el año 1995, compitiendo por la Palma de Oro, hasta ganarla este año con Sueño de invierno. Ceylan coescribe el guión con su esposa Ebru Ceylan y, sin duda, su experiencia como pareja ha alimentado otras propuestas del director y, desde luego, Sueño de invierno.

Como en sus otras películas abundan los silencios, la contemplación, el ostracismo de los personajes a los que parece que el cruel invierno ha deprimido o sumido en un profundo letargo, en el que hasta su fisiología transcurre lentamente. También al igual que en sus películas anteriores, la acción corre de manera que parece que no pasa nada, pero poco a poco se va generando una tensión que viaja de adentro hacia afuera, mientras rebasa la paciencia y las fuerzas contenidas de los protagonistas. En más de tres horas de duración se ubican conversaciones de gran profundidad, reflexivas, que parecen marcar los 4 o 5 fragmentos en que se puede dividir la película.

Evidentemente no estamos ante una superproducción hollywoodense, pero Sueño de invierno es, sin duda, el mejor estreno de los últimos meses. Requiere de una disposición positiva por parte del espectador pues no es una película fácil de verse, aunque la conexión con ella, una vez consolidada, nos permite vivir una intensa y enriquecedora experiencia cinematográfica.

En Sueño de invierno el clima y el ambiente del lugar sirven de contexto para conocer a Aydin (Haluk Bilginer), un actor en sus 60 que se ha retirado y, en una buena posición económica, se dedica a administrar el hotel Othello instalado en una propiedad heredada de sus padres, y que por la temporada invernal tiene muy baja actividad. Con Aydin vive su esposa Nihal (Melisa Sözen), una mujer bella mucho menor que él, quien proyecta una profunda insatisfacción que queda de manifiesto en la mueca permanente de frustración y hartazgo que lleva en el rostro. La relación entre ambos es distante, fría, no se aman, y parece que se toleran como dos ollas de presión a punto de explotar. Nihal es dura y raya en la amargura, no puede ni quiere ocultar su rechazo y resentimiento por Aydin.

Aydin es el rico de la región, y además del hotel renta viviendas a los escasos habitantes del lugar con los que tiene conflictos por su morosidad para pagar. Es además un hombre revestido de cierta arrogancia, que lo hace sentirse con autoridad para pretender corregir las vidas ajenas, observando poca capacidad para analizar su propia condición. Deambula por el hotel, y periódicamente su asistente lo lleva a las casas en las que hay que cobrar la renta. Viste siempre un abrigo y lleva una barba mal cuidada; su aspecto es desaliñado, a pesar de ser un hombre atractivo todavía, lo que habla de su depresión latente. Escribe una columna para el diario del lugar, de baja distribución, y antes de enviarla acostumbra leerla a su hermana Necla. Ella es una mujer madura, aparentemente sin hijos, que transita por el duelo de un divorcio del que parece estar arrepintiéndose. Necla que vive con ellos, pues la propiedad también es suya, parece estar en un compás de espera, sin actividad, tareas, planes. Los tres están obligados a convivir bajo el mismo techo, pero los separan distancias infranqueables. Entre los momentos más brillantes del guión están las conversaciones, que pronto acaban en discusiones, entre Necla y su hermano Aydin cuando él le lee sus artículos, en los que hace gala de cierto dogmatismo prepotente. Necla lo confronta y con sarcasmo mal disimulado deshace sus rimbombantes construcciones gramaticales y sus cuestionamientos sociales.

La fotografía e iluminación funcionan como un todo impecable que enfatiza la luminosidad plateada del invierno en el exterior, en contraste con la oscuridad dentro de las casas, detrás de pequeñas ventanas y cortinas, en habitaciones apenas regadas por la luz de pequeñas lámparas en tono ámbar, que se refleja con la riqueza detallada de objetos y muebles en la exquisita dirección de arte.

En este remoto microcosmos parece que se desarrolla una guerra en la que los personajes se golpean con gestos, muecas, silencios, suspiros, lenguaje corporal y facial. Pero sobre todo con palabras, en medio de la intimidad a la que Ceylan nos permite colarnos, como quien a hurtadillas se esconde detrás de una puerta o una cortina para presenciar conflictos ajenos, rompimientos, descalificaciones, reconciliaciones y perdón.

Muy recomendable.

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