El juez

La relación padrehijo ha sido llevada en innumerables ocasiones al cine. El tema da para mucho, pues en lo referente a la interacción en el grupo familiar los hombres han sido injustamente formados para no demostrar sus sentimientos. Decirse “te quiero” o “te ...

La relación padre-hijo ha sido llevada en innumerables ocasiones al cine. El tema da para mucho, pues en lo referente a la interacción en el grupo familiar los hombres han sido injustamente formados para no demostrar sus sentimientos. Decirse “te quiero” o “te extraño”, el contacto físico, los abrazos, caricias, besos entre los varones de una familia son reprimidos por cuestiones religiosas, culturales y sociales. El prejuicio en torno a esas demostraciones de afecto entre personas del mismo sexo —aunque sean familia— , y su asociación con lo femenino y en consecuencia homosexual, son una dura carga. Qué difícil debe ser no poder echar mano de esas expresiones para decirle al papá eso, que lo queremos con todo el corazón, que estamos tristes, que tenemos miedo, que lo necesitamos. La idea que todavía permea en ciertas familias es que los hijos varones tienen que ser bien machos, nada de llorar, abrazarse,  consolarse, ni pensar en despedirse con un beso. En mi entorno hay padres e hijos que se saludan de beso y abrazo, se mantienen en contacto aun estando de viaje, saben de sus vidas y sus problemas en la medida de lo razonable.

       Pero también es común ver padres e hijos que, a lo más que llegan, es a un apretón de manos, un abrazo rígido y lejano, con palmadas en la espalda, pero de esas que se dan a un socio, a un cliente, a un pariente lejano. Si usted tiene la fortuna de tener todavía a su padre, le pregunto: ¿cuándo fue la última vez que le dio un beso y un abrazo? Si no lo recuerda, me permito invitarlo a que corra a hacerlo. Cuando a esta barrera “natural” le añadimos los altibajos de la relación familiar, los abandonos, resentimientos, malos entendidos, en suma, la basura que todos guardamos bajo el tapete, el coctel para construir una buena historia está en su punto.

      Es el caso de El juez (The Judge, Estados Unidos 2014), dirigida por David Dobkin, que ha transitado sin pena ni gloria por comedias como Si fueras yo o Los rompe bodas,  y que ahora se desempeña de manera mucho más convincente en un drama familiar escrito por el propio David Dobkin, en colaboración con Neil Schenk y Bill Dubuque.

El juez es de esas películas que brinda el placer de ver actuaciones impecables por parte de intérpretes que saben conectarse con el espectador, carismáticos, que conmueven e invitan a la empatía con sus personajes. Robert Duvall y Robert Downey Jr. hacen además una gran pareja en la pantalla, son sensibles, con gran dominio de la escena. Protagonizan un tour de force de esos que pueden hacer historia.

       El argumento gira en torno a la familia Parker, cuya querida matriarca fallece al inicio de la cinta. Hank, espléndido Downey Jr., es el segundo hijo de tres varones —con todo lo que eso conlleva—, desde hace años cortó lazos con la familia a raíz de un incidente trágico, es un mañoso, exitoso y arrogante abogado que se ha hecho rico y famoso en una gran ciudad. Su matrimonio está al borde del barranco, pero su pequeña hija es una gran motivación en su vida. A la muerte de la madre tiene que viajar a su comunidad natal en Indiana, donde no le queda más remedio que retomar la deteriorada relación con su padre, el juez del lugar que es respetado y muy querido por todos, que ha llevado una carrera impecable de rectitud y honestidad. Robert Duvall llena a su personaje de matices que van desde el resentimiento y la crueldad, hasta la ternura y la fragilidad en su dificultad por demostrar amor a sus hijos.

        Cuando Hank está por regresar a la ciudad se descubre que el papá es sospechoso de un homicidio y la familia es alcanzada por los secretos, lo no dicho, y los fantasmas del pasado que en esta vida, rara vez perdonan. Pudiendo ser un melodrama más sobre familias que se reencuentran para remendar lo descosido, El juez brilla por las grandes actuaciones de los protagonistas.

Lo mejor de El juez es sin duda el trabajo de estos dos enormes actores a los que se suman Vincent D’Onofrio y Vera Farmiga. Bien la fotografía de Janusz Kaminski, que acierta en explorar los rostros contemplativos de los personajes, y una buena iluminación.

Muy recomendable.

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