Muestra: El gigante egoísta

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Lucero Solórzano 25/08/2014 00:00
Muestra: El gigante egoísta

Después de su paso por la Muestra 56 de la Cineteca Nacional llega a pantallas nacionales, en un pequeño circuito de distribución, la película El gigante egoísta (The Selfish Giant, Reino Unido, 2013).

Wilde escribió varios cuentos para niños que, con su irrepetible agudeza y sabiduría, están cargados de momentos y enseñanzas para la mente de los adultos. Leer durante la infancia El príncipe feliz, El gigante egoísta, El ruiseñor y la rosa, causa un impacto particular por los niveles de crudeza y realismo de los relatos que, aunque sutiles, evocan imágenes que se quedan dando vueltas en la mente infantil y que invitan a la reflexión a los lectores adultos.

Le recomiendo el ejercicio de leer o releer El gigante egoísta, lo que le permitirá la valoración más personal y profunda de la cinta que hoy nos ocupa.

Clio Barnard, muy en la línea de ese cine de crítica social como podría ser el de Mike Leigh (Todo o nada, El secreto de Vera Drake) o Ken Loach (Mi nombre es Joe, El viento que agita la cebada), opta por un relato lineal, sin artificios ni complicaciones. La puesta en escena es particularmente austera, con lo que enfatiza el ambiente de desolación, aridez, violencia e incomprensión que flota en la trama.

Arbor y Swifty son dos preadolescentes a los que une una amistad a prueba de todo, viven en una comunidad pobre cercana a una zona industrial, vecina de una enorme planta termoeléctrica, y enmarcada por gigantes monumentales,  los silos que parecen hacer guardia en el desolador paisaje. Arbor vive con su madre soltera, es un niño hiperactivo, aunque no se define bien si padece también crisis convulsivas. Toma medicamentos que le roba su hermano drogadicto. Así como su familia es incompetente para meterlo en cintura, la escuela también ha fallado y queda expulsado. 

Swifty es un niño bonachón, menospreciado por sus compañeros que le adjudican una especie de retraso mental, lo que lo ha llevado al aislamiento. También desorientado,  su amistad con Arbor es un oasis en el que se siente querido y aceptado, pero la recia personalidad de Arbor (más menudito y en apariencia inofensivo), representa una pésima influencia. A fin de cuentas ambos son almas infantiles que comparten la incomprensión, el rechazo y el abuso de los adultos que son ese gigante del que habla Wilde, que de manera egoísta y violenta va matando todo lo de bueno y puro que hay en esos niños. El insulto, el menosprecio y el castigo físico es parte de su vida cotidiana.

Ambos chicos se han “especializado” en el robo de chatarra y cables de cobre que revenden en los centros clandestinos de captación del material. Explotados alevosamente por Kitten, el chatarrero que los utiliza y expone para sus fechorías apenas juntan unos centavos para llevar a sus casas.

Clio Barnard no se anda con sutilezas para contar esta historia. Prácticamente prescinde de un score musical, la selección de los escenarios y ambientes muestra desolación, fealdad, cielos nublados y tristes, cables, torres de luz, fábricas, tiraderos de chatarra, basura, casas descuidadas; los paisajes considerados convencionalmente bellos brillan por su ausencia. Sin embargo hay una belleza y pureza espiritual en nuestros  protagonistas, dos trágicos con una férrea fuerza de espíritu e inflexible fuerza de voluntad ante el castigo y la adversidad.

Arbor y Swifty bien pueden ser esas flores que tanto añora el gigante, que con su egoísmo provocó que fueran marchitándose lentamente.

El gigante egoísta es una película conmovedora para la que hay que llevar el ánimo y el estómago bien preparados, pero de ninguna manera hay que perdérsela.

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