La gran belleza

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Lucero Solórzano 07/03/2014 00:00
La gran belleza

Ganadora indiscutible del Oscar a la Mejor Película Extranjera o hablada en lengua no inglesa, La gran belleza (La grande bellezza, Italia, 2013 ) llega hoy a algunas salas nacionales.

Ese sí es un Oscar con nacionalidad, probablemente el único. Se premia al país que envió la película. También a sus realizadores, pero se dice: ganó una película italiana, o danesa, o japonesa.

La gran belleza es un interesante reto para el espectador. Le cuento que la vi dos veces ya, y la segunda la disfruté y valoré mucho más. Es, entre otras cosas, una declaración de amor —con un poco de resentimiento— a la ciudad de Roma, muy en la línea de La Dolce Vita de Federico Fellini.

En su sexto largometraje está dirigida por Paolo Sorrentino y coescrita por él mismo y Umberto Contarello. El texto está salpicado de frases contundentes, reflexiones profundas, de esas que se quedan dando vueltas en la cabeza y que nos invitan a seguir reflexionando.

La anécdota puede resultar simple, pero la forma en que está contada, la exquisita fotografía e iluminación de Luca Bigazzi y las selecciones musicales y el score a cargo de Lele Marchitelli —entre música sacra, obras italianas populares y hasta canciones en inglés—,  la enriquecen enormemente y la convierten en todo un espectáculo, con la sucesión de muy cuidados planos secuencia y tomas bellísimas de Roma, sus palacios, fuentes, ríos, puentes, monumentos y jardines.

El argumento gira en torno a Jep Gambardella, interpretado por Toni Servillo, actor con el que Sorrentino ya ha trabajado en  otras películas. Jep es un escritor en sus sesenta, que vive de la gloria y la admiración que le dejó su única novela, escrita hace más de 30 años. No ha publicado nada nuevo, y parecería que el regreso de su inspiración depende de que tenga éxito en una búsqueda singular: de sí mismo, pero sobre todo, de la gran belleza. La belleza física, de un cuerpo de mujer, de unos ojos, de unos labios; de una obra de arte, de la decadente sociedad de la que se rodea, de los rincones de la ciudad eterna, los pensamientos, las palabras, del sentido de la vida y de la muerte (“a mi edad ya no puedo darme el lujo de hacer cosas que no quiero hacer”).

Toni Servillo es un gran actor de tipo físico muy acusado, facciones fuertes, presencia poderosa en la pantalla, voz profunda. No alcanza a desaparecer del todo en sus personajes como sucedió en otra película de Sorrentino: Il Divo de 2006, coproducción Italia-Francia en la que interpretó a Giulio Andreotti, eterno primer ministro italiano. Para La gran belleza, esta característica de Servillo representa un gran beneficio, pues tiene una personalidad que hace convincente y potente al protagonista. El personaje nos hace su compañero en la crisis existencial que atraviesa, caminando entre su pasado y su presente.

Gambardella es un animal nocturno. Todas las noches se pierde en frenéticas y decadentes fiestas; algunas organizadas por él en su envidiable piso con vista al Coliseo. Sus amigos son seres singulares, burgueses decadentes, casi surrealistas; están entregados a la hipocresía, la nostalgia, las apariencias, sus vidas están dolorosamente vacías pero se empeñan en verse felices. Por momentos se habla fuerte, como en la escena en que Gambardella pone en duda, delante de todo el grupo, el “sacrificio de madre entregada” de una de sus compañeras de juerga. Le lanza un discurso de verdades memorables.

Gambardella no pierde el estilo, no sabe cómo. Camina con lánguida sensualidad y cadencia, casi amanerado e indiferente, balanceando la cabeza, vistiendo trajes perfectos que le caen a la medida, encendiendo un cigarro detrás de otro. Observando su entorno con aburrimiento mal disimulado, Jep pasea por los bellos rincones de Roma. Ese cameo de Fanny Ardant, dice todo en su cruce de miradas, sin palabras; qué decir de la niña que pinta entre lágrimas, o de la secuencia de la jirafa con la metáfora del “truco” en las Termas de Caracalla, es deliciosa.

Profundamente nostálgica, La gran belleza es un cine diferente, de alto valor artístico. Es un bellísimo espectáculo, lleno de simbolismos, original, muy sensual; con diálogos que dan ganas de apuntar para recordar una y otra vez.

Muy recomendable.

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