Llamadas a misa
Uno de los sonidos más característicos de las ciudades de la mal nombrada “provincia” mexicana son las campanadas que llaman a misa. Con ellas nos despertamos en Morelia, que celebra la edición número 11 de su Festival Internacional de Cine. Bueno, algunos ...
Uno de los sonidos más característicos de las ciudades de la mal nombrada “provincia” mexicana son las campanadas que llaman a misa. Con ellas nos despertamos en Morelia, que celebra la edición número 11 de su Festival Internacional de Cine. Bueno, algunos despiertan, otros, con ese sonido de fondo apenas ponen la cabeza en la almohada en plena madrugada.
Se ha hablado mucho del buen año que recorrió el cine nacional tanto a nivel de festivales y eventos internacionales, en los que se han cosechado muchos reconocimientos, como en las comedias ligeras, comerciales, bien hechas, que han recaudado sumas históricas para el cine mexicano, que compite con las gigantescas producciones hollywoodenses que se apoderan de las salas del país: 95% de lo que está en las pantallas de toda la República es cine estadunidense.
Hay que destacar el alto nivel de la programación de este año en Morelia. Es difícil decidir qué ver, renunciando a otras propuestas.
Con una noche inaugural estelar en la que se presentó Gravedad, la película de Alfonso Cuarón que comenté el viernes en este mismo espacio, se iniciaron el sábado las actividades en las que destaca la proyección de las 12 películas nacionales en competencia. El objetivo primordial del Festival Internacional de Cine de Morelia sigue siendo brindar impulso a jóvenes cineastas mexicanos que han trabajado intensamente para que sus documentales e historias de ficción, tanto en corto como en largometraje, se den a conocer pasando por las diferentes sedes con que cuenta el Festival.
Manto acuífero es el segundo largometraje del cineasta mexicano de origen australiano Michael Rowe. Muy alejado de su debut, Año bisiesto, con la que ganó la Cámara de Oro en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes, Rowe ahora se acerca al universo infantil abordando un tema muy tratado por el cine: los efectos del divorcio en los hijos pequeños de la pareja.
Año bisiesto cuenta la historia de una mujer atormentada que a través de relaciones pasajeras y efímeras busca llenar vacíos existenciales y de gran sufrimiento. Su vida cambia radicalmente al cruzarse en su camino un hombre que la lleva a otros niveles de sexualidad violenta y sadomasoquismo. En Manto acuífero Rowe pasa al universo de la pequeña Carolina interpretada por Zaili Sofía Macías Galván, una actriz infantil con enorme talento y sensibilidad que se siente cómoda ante la cámara. Carolina ve su mundo desmoronarse poco a poco cuando sus padres se divorcian, y con su madre y la nueva pareja de ella se muda a otra cosa fuera de la Ciudad de México. La película cuenta con aciertos como el trabajo de la propia protagonista y la locación con la dirección de arte de Eugenio Caballero.
La cámara de Rowe está inmóvil en cuadros muy cuidados de los que son los actores los que entran y salen, al igual que en Año bisiesto. La puesta en escena es austera, sin distractores para el desarrollo de la trama que marcha lentamente, pero estableciendo contacto con el espectador. No hay música y el sonido incidental, ruidos de gallinas, grillos, aves, etcétera, enfatiza el estado de ánimo de soledad de Carolina en su refugio.
Paraíso es también el segundo largometraje de Mariana Chenillo, quien pusiera una vara alta con su debut, Cinco días sin Nora, una película muy bien escrita e interpretada que si usted no ha visto no debe perderse.
Mariana cambia ligeramente el tono y se pasa a la comedia romántica. Basada en el relato homónimo de Julieta Arévalo, la historia tiene un primer acto efectivo en torno a una pareja de gordos que se aman, se gustan y disfrutan mutuamente de sus cuerpos sin ningún prejuicio. Este matrimonio feliz cambia de entorno y se mudan de Satélite a la Ciudad de México cuando él recibe una propuesta de trabajo interesante que cambiará sus vidas.
Daniela Rincón y Andrés Almeida interpretan a Carmen y Alfredo, de manera muy convincente y conectándose con el espectador desde los primeros minutos. Su mundo paradisíaco, entre pizzas, tacos, hamburguesas y buen sexo, se pone a prueba cuando Carmen propone que ambos bajen de peso pero ella no lo logra. Un punto de quiebre muy atractivo que pudo haber sido mejor aprovechado argumentalmente en el segundo acto con todo y Carlos Loret de Mola.
