Departamento de Amanda. Día. Amanda es una joven de 30 años; deprimida, sola, aburrida, sin trabajo. Se muerde las uñas nerviosamente, luce desaliñada, no sonríe. Se pinta los labios de rojo y se toma una foto con una cámara Polaroid.
Corte a: Amanda está en la cama con un hombre que duerme, ella no puede dormir. Amanece, él se despide, ella lo ignora. Suena el teléfono y en la contestadora se escucha la voz de la vecina de su abuela, le dice que es urgente que se presente. Fastidiada, Amanda se echa las cobijas encima y finalmente se levanta enojada.
Corte a: Amanda abre la puerta del departamento de su abuela Lola, todo está desordenado y sucio: platos sin lavar, envases y botellas abiertos, restos de comida, mal olor, oscuridad. Se ve que han pasado días sin que entre nadie. Amanda abre la recámara de Lola que está sentada en el suelo.
Estos son los primeros minutos de la película mexicana No puedo dormir sola, que se estrena este viernes y está dirigida y escrita por Natalia Beristain en el que es su primer largometraje. Ganadora en el pasado Festival de Cine Internacional de Morelia se inspira en la relación de la directora con su propia abuela, de la que toma algunas características y rasgos dándole vida en la pantalla la actriz Adriana Roel, quien hace un trabajo conmovedor en la recreación de Lola, una actriz retirada de 83 años, necia, resentida, alcohólica, sola, que empieza a presentar fallas en la memoria.
Un inteligente y sensible planteamiento del conflicto generacional y familiar se complementa con el espléndido trabajo de Mariana Gajá como Amanda. Beristain construye a sus personajes con madurez y los hace convincentes y sólidos de manera que podemos identificarnos con ellos. Ambas actrices se desenvuelven de manera espontánea y con complicidad como lo muestran las secuencias en la alberca y después en el baño. El minucioso trabajo de lecturas y preparación previos es más que evidente, en una historia sobre dos mujeres que al parecer sólo comparten la sangre y que tendrán que aprender a conocerse y derribar las barreras que ambas han levantado con los años. Por cierto y de manera anecdótica, Adriana Roel y Mariana Gajá guardan un parecido sorprendente que hace aún más convincente ese complejo juego de la abuela y la nieta.
En un gran acierto del guión el conflicto se desarrolla con un atractivo equilibrio. Beristain no es dura sino realista en la construcción de ambas. Por un lado, las dos mujeres son autosuficientes, o al menos aspiran a serlo; están enojadas con la vida y están solas, pero por un breve lapso sólo se tienen la una a la otra. Amanda está deprimida, Lola es arrogante hasta la insolencia, sus glorias pasadas alimentan un ego que está a punto de desmoronarse.
La ciencia dedica millones de dólares al año a la prolongación de la expectativa de vida del ser humano. Antes podíamos vivir hasta los 70 o 75 años, hoy se puede pasar de los 85 con una calidad de vida razonable. El gran problema es que ni la familia, ni la sociedad, ni los gobiernos, estamos preparados para dar un espacio digno en lo emocional y físico a esos viejos que cada año pasan a engrosar las filas de la “tercera edad”.
Ese es en buena parte el eje del relato en No quiero dormir sola que recuerda a Amour, de Michael Haneke, con su crudo retrato de la vejez en un matrimonio de ancianos y quien estaba filmando al mismo tiempo que Beristain.
La llegada del momento en que el cuerpo y la mente no responden, en que la piel ha perdido su firmeza, que el pelo escasea, que fallan la vista y el oído, en que ya no se es productivo, ni bello, ni ágil, ni divertido. Ese momento en que la soledad se vuelve una inseparable compañera y que, salvo honrosas excepciones, las familias no saben cómo acoger al anciano, rodearlo de dignidad y valorar su presencia.
No quiero dormir sola no es complaciente, ni dulce, ni romántica. Es la vida real contada de manera honesta y con el exquisito trabajo de dos grandes actrices.
Muy recomendable 9/10.
