El Gran Gatsby o lo que no puede ser
Después de inaugurar el pasado Festival de Cannes, se estrena en México y otros países del mundo El Gran Gatsby, dirigida por el australiano Baz Luhrmann. Se trata de la más reciente adaptación de la emblemática novela del escritor estadunidense Francis Scott ...
Después de inaugurar el pasado Festival de Cannes, se estrena en México y otros países del mundo El Gran Gatsby, dirigida por el australiano Baz Luhrmann. Se trata de la más reciente adaptación de la emblemática novela del escritor estadunidense Francis Scott Fitzgerald, que se filmó en la época del cine mudo en una versión que no se conserva; en 1949 con un tibio Alan Ladd; en 1974 con un convincente Robert Redford y en 2000 en una adaptación para televisión.
Esta nueva versión de 2013 se viste de lujo con toda la estética que ya hemos visto en películas de Luhrmann como Romeo y Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001). Igualmente como en esas cintas, la música es un elemento fundamental y el colorido, los números de baile, los cóvers modernizados de algunos clásicos y una cierta tendencia almodovariana flotan por toda la película. El mayor exceso es la 3D de la que puede prescindirse sin demérito del disfrute de las imágenes y efectos especiales.
Más allá de que sea mejor o peor que el libro, lo que sí está claro es que es muy diferente y se hace evidente que la intención es acercarse a público joven, de menos de 35 o 40 años como máximo, que probablemente no conoce el libro y por su edad no estuvo en contacto con las versiones anteriores. Sin duda esta cinta será mucho más del gusto del público joven que de los adultos mayores.
Es defendible lo que hace Luhrmann aunque hay quien ha dicho que ni Fitzgerald ni Jay Gatsby se merecían esta adaptación. El problema de su película es que en aras de la parafernalia audiovisual que lo caracteriza se distancia, o más bien nos distrae, de la verdadera sustancia de la obra: Jay Gatsby es el gran trágico condenado a nunca alcanzar lo que ama.
Independientemente de esto creo que es válido explorar de manera tan personal una obra clásica escrita en 1925 y que es uno de los máximos exponentes de la literatura norteamericana. Los jóvenes de hoy pueden encontrar un buen puente de identificación con el desenfreno y el vacío de la juventud de aquella década de los 20, entre guerras y al borde del desastre financiero que llevaría a esos arrogantes millonarios y aristócratas a la crisis económica y moral más grave de su historia.
El Gran Gatsby de Baz Luhrmann es toda una experiencia, con sus innegables excesos como nos tiene acostumbrados, y seguramente habrá quien ame esta versión pero también quien la odie. Lo más destacado es su reparto, con un Leonardo DiCaprio que se adueña del personaje y que confirma que es un actor con gran potencia en la pantalla. Ha sabido administrarse y seleccionar bien sus proyectos y aunque en una interpretación distinta a la que hiciera Robert Redford, su Jay Gatsby es intenso, convincente, taciturno, casi enternecedor.
La historia se desarrolla en aquellos locos 20 de la era del jazz entre Long Island y Nueva York y está contada por Nick Carraway (muy bien Tobey Maguire), un joven escritor que pasa una temporada en una pequeña casita al lado de la gigantesca y lujosa mansión del enigmático millonario Jay Gatsby. El misterio lo rodea pues es un magnate hecho a sí mismo y nadie sabe a ciencia cierta de dónde procede la fortuna y se rumora que ha matado a alguien, que es traficante de alcohol y hasta espía.
En esa casa se hacen fiestas extravagantes y multitudinarias en las que se escucha el mejor jazz de la época, se bebe champaña y se comen exquisitos platillos; no estar en las fiestas de Gatsby es vivir en el error.
Pero su mundo perfecto se ha construido en torno a un sueño imposible: Daisy Buchanan, el amor de su vida, una lánguida rubia casada con un millonario y cuya mansión está ubicada al otro lado del río. La actriz Carey Mulligan encaja bien en el personaje; sin ser bella se acerca a la anodina y ambigua Daisy que Fitzgerald describe.
Aun con sus arrebatos visuales, la versión de Luhrmann no carece de emotividad en algunos momentos gracias al trabajo de los actores que se visten bien de sus personajes.
8/10.
