Cara de Nicolas Cage
Me pregunto si algunos actores, sobre todo los no muy buenos o de plano malos, tienen un catálogo de expresiones o gestos dependiendo de lo que tienen que comunicar. Me provoca cierta curiosidad si van “calando” al público y de acuerdo a las reacciones y respuesta de ...
Me pregunto si algunos actores, sobre todo los no muy buenos o de plano malos, tienen un catálogo de expresiones o gestos dependiendo de lo que tienen que comunicar. Me provoca cierta curiosidad si van “calando” al público y de acuerdo a las reacciones y respuesta de los espectadores y fans repiten tal o cual gesto. Un buen ejemplo es Robert De Niro, que aunque es un gigante de la actuación, repite mucho una mueca en la que baja las comisuras de la boca apretando el mentón, levanta las cejas y sube los hombros como diciendo “pues qué le vamos a hacer”. Lo mismo hace este ademán cuando Joe Pesci le destroza el pie de un tiro a un jovencito en Buenos muchachos que cuando le hace advertencias a su atemorizado yerno, Ben Stiller, en La familia de mi novia (Meet the parents). Pero eso sí, hay que enfatizar que cuando se trata de dar cátedra de actuación es imponente.
Este catálogo de caras y gestos del que les hablo lo tiene muy dominado Nicolas Cage que de haber participado en muy buenos proyectos en los que ha dado muestras de que es buen actor, ha dado en aceptar malas películas, con guiones fallidos y totalmente prescindibles. De grandes películas como El ladrón de orquídeas o Adiós a Las Vegas (por la que ganó el Oscar a Mejor Actor) se pasa a simplezas como Un ángel enamorado o La mandolina del Capitán Corelli o pésimas historias fantasiosas como Ghost Rider y Furia ciega. Sus problemas personales lo llevaron a dilapidar buena parte de sus ganancias en el cine y deberle una fortuna al fisco en Estados Unidos, seguramente por eso acepta lo que sea que venga acompañado de un buen cheque.
Aunque tiene vena cómica y ha hecho algunas simpáticas comedias románticas, en los últimos años ha optado por el cine de acción y aventuras, en ocasiones de muy baja calidad, historias fantasiosas y hasta de vampiros. Se ha encasillado en el papel de hombre común insertado en situaciones extraordinarias, sus expresiones de rudo, preocupado, vengativo, etc., son siempre las mismas, nada más las traslada de un rodaje a otro. Nicolas Cage va en camino de convertirse en un actor que desperdició el indudable talento que mostró en películas como Los tramposos, El ladrón de orquídeas, Hechizo de Luna, Adiós a Las Vegas o Birdy.
Parecería que ya estableció un “machote” de expresiones y reacciones. Saca la cara de ira # 3, la de conflicto # 5, la de malvado # 8 o la de buena onda # 2 o la de rudo # 7 (su favorita y la que más repite). Y así va de película en película, sin tomar riesgos ni reinventarse y de ahí que todos sus trabajos, independientemente del género al que pertenezcan, se vean iguales.
Ahora lo tenemos en nuestras pantallas en la película Doce horas para vivir (Stolen, Estados Unidos, 2012) en la que interpreta a Will Montgomery, un ladrón experimentado de bancos y joyas ya muy bien ubicado por la policía. Los primeros 20 minutos —medidos con reloj— nos hacen pensar que vamos a ver una buena película por su ritmo y acción, pero son pocos los directores que empiezan una película con una situación climática y que logran mantener el suspenso, el ritmo y el interés del espectador en un punto alto durante el resto de la cinta. Es un reto porque genera expectativas que se ven fácilmente defraudadas cuando la narración “se cae”, pierde fluidez y se hace predecible.
Doce horas para vivir cae en todos los lugares comunes del cine de acción con Cage como el ladrón buena onda, que roba pero no dispara un arma y tiene su lado bondadoso representado en el amor que le tiene a su hija adolescente, Josh Lucas con peluca rubia como el socio resentido y amargado sediento de venganza y capaz de lo que sea para recuperar un botín y Danny Huston que es el policía en persecución permanente de Montgomery, pero que no ha perdido la fe en el ladrón.
Entre las fórmulas que explota el director Simon West y el catálogo de “caras de Nicolas Cage” con su muestrario de peluquines —¿por qué no hace lo que Bruce Willis y se acepta calvo y punto?— la verdad es que estamos ante una película que no aporta nada nuevo, aunque entretiene a secas.
6/10.
