La ciencia advierte que se puede, allá nosotros

No me cansaré de escribirlo. La ciencia está
de nuestro lado. Forma parte de todas las esferas
de la sociedad; por ello, debemos escuchar
y comprender sus hallazgos para poder tomar
las mejores decisiones para las personas, para cambiar nuestro estilo de vida depredador y proteger cada ecosistema del planeta.

Allá aquellos escépticos, cínicos, soberbios y ambiciosos que continúan cerrados a la cooperación mundial para combatir una de las problemáticas más urgentes: el cambio climático.

Ya lo dijo la semana pasada el papa Francisco a los reporteros que lo acompañaron en la visita pastoral a Colombia, cuando el avión sobrevolaba las islas del Caribe devastadas por el huracán Irma: “El hombre es un estúpido, es un testarudo que no ve”.

Destacó que quien niega el cambio climático, aunque ya se vean sus efectos, debe acercarse a los científicos, porque son precisos y señalan el camino a seguir. Y resaltó que “cada uno (de nosotros) tiene una responsabilidad moral. Los políticos tienen la suya… la historia juzgará las decisiones”.

Exactamente, la historia juzgará cada decisión-acción tomada o no. Cuando hay consenso, está visto que mucho se puede hacer.

Un ejemplo de lo anterior fue el descubrimiento científico del uso de ciertas sustancias químicas en la industria, que debilitan gravemente la capa de ozono, lo cual significa un peligro inminente, porque sin ésta no es posible la vida.

En la década de los años 70, el joven científico mexicano Mario Molina y el estadunidense Sherwood Rowland descubrieron que los clorofluorocarbonos (CFC, empleados en la industria de la refrigeración y aerosoles) representaban una gran amenaza para la capa de ozono, que se encuentra en la estratosfera y una de sus funciones es la absorción de la radiación ultravioleta que emite el Sol, la cual es muy dañina.

Por supuesto, los científicos fueron atacados por la industria.

Pero el estudio de Molina y Rowland fue muy bien recibido en la academia y algo realmente estratégico que hicieron para informar al mundo sobre su investigación fue llevarlo a los medios de comunicación, pues a través de éstos tuvo difusión masiva.

Tan grande fue el impacto del estudio científico que se logró la regulación en la producción y uso de los CFC, sobre todo en los aerosoles.

Pero en 1985, científicos ingleses publicaron en la revista Nature un artículo que daba cuenta sobre un agujero en la capa de ozono sobre la Antártida, lo cual acaparó la atención de la comunidad científica, de la sociedad y de los políticos.

Tras otras investigaciones y expediciones a esa región, el 16 de septiembre de 1987, más de 40 países firmaron el Protocolo de Montreal, cuyo objetivo es, de acuerdo con Naciones Unidas: “La protección de la capa de ozono mediante la toma de medidas para controlar la producción total mundial y el consumo de sustancias que la agotan, con el objetivo final de eliminarlas, sobre la base del progreso de los conocimientos científicos e información tecnológica”.

La evidencia científica arroja que gracias a este acuerdo, que el sábado pasado cumplió 30 años, ha sido viable la reducción del desgaste de la capa de ozono, al evitar el uso no sólo de los CFC, sino también de los hidroclorofluorocarburos, tetracloruro de carbono y otras sustancias químicas que suman casi 100.

Y para celebrar estos 30 años, el doctor Mario Molina —quien recibió junto con Rowland, en 1995, el Premio Nobel de Química— subió al portal y redes sociales del centro de investigación que lleva su nombre, un video en el que señala que el Protocolo de Montreal es un ejemplo “extraordinario” de cómo si todos los países se ponen de acuerdo para resolver un problema global se puede lograr.

Se dijo optimista que lo mismo puede suceder para combatir otro problema serio, como el cambio climático, pues requiere igual de una colaboración de prácticamente todo el mundo.

El mismo sábado pasado, en la ciudad de Montreal se llevó a cabo la reunión anual con más de 30 países —sin Estados Unidos, por supuesto— no sólo para celebrar las tres décadas de la protección de la capa de ozono, sino también para fijar las reglas para lograr los objetivos en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero —como el dióxido de carbono— que estipula el Acuerdo de París.

Así, bajo el liderazgo de la Unión Europea, China y Canadá continúan los esfuerzos para combatir el cambio climático, que ya demostró cómo hace más potentes y más destructivos a los ciclones, las olas de calor, los incendios forestales y las sequías.

Sí, el gran reto es ralentizar el cambio climático sin afectar la economía de las naciones. Para ello, seamos más receptivos a los llamados de la ciencia. Ésta nos advierte, allá nosotros si no hacemos caso.

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