Ríos convertidos en estacionamientos
El Valle de México vive bajo la constante amenaza de una gran inundación, sumado al hundimiento del terreno, con consecuencias delicadas. Quizá se deba a que los registros históricos y estudios recientes para frenar el daño aún esperan a que alguien los tome en cuenta, o bien los retome, antes de que sea irremediablemente tarde.
El agua, fuente de vida, paradójicamente ha sido mortal debido a la propia naturaleza y características de nuestro territorio, pero también por la violenta y desordenada forma en la cual población y mancha urbana fueron creciendo.
Recordemos que la Cuenca de México no tiene una salida al mar por estar rodeada de tres cadenas de montañas: Sierra Nevada, Sierra de las Cruces y Sierra del Chichinautzin, además de los volcanes Popocatépetl, Iztaccíhuatl y Ajusco. Así, el agua de lluvia, para encontrar su cauce, escurre a través de casi medio centenar de ríos y manantiales.
En la época prehispánica había cinco lagos: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco, y esa riqueza hídrica, de acuerdo con estudios antropológicos, hizo que miles de pobladores se asentaran a las orillas de la zona lacustre. Justo ahí floreció la Gran Tenochtitlán.
Este imperio tuvo tal conocimiento de la geografía, que debido a las constantes inundaciones ideó una infraestructura hidráulica llamada albarradón —o dique— (el más conocido aún es el de Nezahualcóyotl, rey de Texcoco, quien fue nombrado como “el ingeniero más grande de las Américas”), el cual sirvió para controlar el flujo de las aguas.
Pero ese conocimiento y respeto por la naturaleza no lo entendieron los españoles. Finalmente, la Conquista se dio gracias a la destrucción de la infraestructura hidráulica.
Y desde la Colonia, pasando por la Independencia, la Revolución y hasta el México de nuestros días, se ha emprendido una lucha contra las inundaciones, el hundimiento, el deficiente e insuficiente sistema de desagüe, la contaminación y disminución de los mantos freáticos, así como la escasez, cada vez más severa, de agua potable.
Si sufrimos es porque, a la par de la modernidad del siglo XX, los lagos, lagunas y ríos fueron desecados y entubados para dar paso al concreto y al asfalto.
A las antiguas autoridades de la capital del país se les ocurrió que los ríos —al estar contaminados y quedar atrapados en la ciudad— eran un peligro de insalubridad para la población y por eso los entubaron, privilegiando los arroyos vehiculares. Hoy convertidos, por el caos vial, en enormes estacionamientos.
Hacia finales de la década de los 30, el canal de la Viga fue cerrado para levantar una avenida. En los años 50, los ríos Churubusco, Mixcoac, Remedios, Consulado, Magdalena y La Piedad fueron entubados, sumándose así a las aguas negras.
Craso error. Pues estas acciones y las lluvias hicieron que la Ciudad de México —en los años 40 y 50— viviera las peores inundaciones de las que se tenga memoria, sobre todo la del 15 de julio de 1951.
El Gran Canal del Desagüe, inaugurado en 1900 por Porfirio Díaz, obviamente, rebasó su capacidad. Así, en 1964 se construyó el Emisor Poniente y en 1975 el Emisor Central, conocido como Drenaje Profundo, diseñado para llevar el agua de la lluvia.
Pero la sobreexplotación de los mantos acuíferos y el hundimiento del suelo (blando, arcilloso e inestable) afectaron el drenaje y, al perderse la pendiente del Gran Canal del Desagüe, no pudo desalojar las aguas residuales y fue necesario incorporarlas al Drenaje Profundo, lo cual lo deterioró y al subir el nivel hubo el riesgo de inundaciones peligrosas.
Casi una tercera parte del drenaje redujo su capacidad, justo en el año del inicio de la presidencia de Felipe Calderón, por lo cual se construyeron plantas de bombeo de emergencia. Esto permitió iniciar, de manera urgente, la reparación del Emisor Central.
Ante este panorama, los gobiernos federal —a través de la Conagua—, del DF, del Estado de México y de Hidalgo iniciaron los trabajos para la construcción de lo que denominaron la magna obra del siglo XXI: el Túnel Emisor Oriente (TEO).
Con una inversión prospectada en alrededor de 13 mil millones de pesos, inició su construcción en 2008 para finalizar en 2012. Pero eso no ha sido posible, pues el TEO lleva un avance de 60% y su costó se elevó, no al cielo sino lo que le sigue: 32 mil 911 millones 275 mil pesos (Excélsior, 21/VII/2016).
Mientras esperamos su conclusión, seguro continuaremos hundiéndonos y desbordándonos. Basta recordar el incidente de hace dos semanas en la zona de Santa Fe-Cuajimalpa e Interlomas-Huixquilucan.
Y ojalá que los escenarios de inundación —hasta cinco metros de altura— por obstrucción en el Emisor Central en época de lluvias, no sean una profecía (Conagua, 5/08/2010).
Twitter: @lorerivera
