¿La muerte de Mara será otro escándalo efímero?
Antes, cuando los transeúntes abordábamos un taxi, no sabíamos quiénes eran los choferes: si eran gente honesta o criminales. Ellos tenían más información que nosotros.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
Hoy el escándalo es el homicidio de Mara Castilla, quien el fin de semana pasado se subió a un coche de Cabify en Puebla y acabó siendo violada y asesinada presuntamente por el chofer que la recogió. Desde luego que este asunto debe indignarnos. Pero es uno solo de los cientos de feminicidios que ocurren cada año en este país. Se calcula que, en México, siete mujeres son asesinadas por día. Una barbaridad. La de Mara es una historia de las tantas que ocurren en una nación cada vez más violenta.
En 2001, comencé mi carrera en los medios de comunicación. Estos años me ha tocado comentar varias historias semejantes a la de Mara que se convierten en escándalos efímeros. La noticia provoca revuelo unos días y luego pasa a las filas del olvido. Los medios, y por extensión, la opinión pública, solemos vivir de lo inmediato. La vigencia de una noticia depende de la próxima que aparezca. El ciclo noticioso es implacable. Violaciones y asesinatos, que en un primer momento conmocionan a la sociedad, pasan al olvido porque ni las autoridades ni los medios están acostumbrados a seguirle la pista a lo ocurrido.
Hoy los mexicanos estamos indignados por la violenta muerte de Mara. Hoy, por eso, quiero recordar un caso muy parecido. En 2004, una joven de 26 años abordó un taxi en el Distrito Federal. A continuación, se subieron dos individuos más al vehículo y la secuestraron. La llevaron a sacarle su dinero en cajeros automáticos. Luego, terriblemente golpeada, la aventaron en una banqueta. Ahí encontraron casi muerta a Lizbeth Salinas, exalumna del CIDE y funcionaria del Inai. Cuatro días después fallecería víctima de los brutales golpes recibidos.
¿Y qué pasó?
Nada.
La Procuraduría capitalina, en ese entonces dirigida por Bernardo Bátiz, realizó una investigación de pena ajena. No buscaron el celular que le robaron a Lizbeth y que seguía activo. No pidieron las imágenes de los cajeros bancarios donde le vaciaron sus cuentas. Un mes después del secuestro, en medio de las protestas que generó el escándalo, las autoridades arrestaron a Miguel Ángel Galindo Zea como presunto culpable. Iba en el supuesto taxi donde se llevaron a cabo los hechos. “Encontrarlo manejando ese automóvil y un testigo que lo señaló fueron las únicas pruebas en las que el Ministerio Público de la Fiscalía de Homicidios sustentó la acusación en su contra”. Un año después, el juez lo dejó libre al considerar que la PGJDF no había aportado las pruebas suficientes para culparlo. El crimen quedó impune, a pesar de que el entonces jefe de gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador, le había prometido al papá de Lizbeth que lo resolverían.
Hoy, 13 años después, otra mujer secuestrada y asesinada es motivo de escándalo público. ¿Qué ha cambiado desde entonces?
Se supone que los servicios como Uber o Cabify, gracias a un nuevo modelo de negocios basado en la tecnología, resolvieron una falla de mercado conocida como “asimetría de la información”. Antes, cuando los transeúntes abordábamos un taxi, no sabíamos quiénes eran los choferes: si eran gente honesta o criminales como los que asesinaron a Lizbeth. Ellos tenían más información que nosotros, de ahí la situación asimétrica. Es por ello que el Estado supuestamente debía regular estos servicios para evitar la contratación de conductores abusivos. Pero en México nunca se han podido regular los taxis, que en realidad son clientelas políticas de los partidos. En la CDMX, por ejemplo, circulan miles que no tienen permisos, pero se encuentran amparados. De ahí la importancia de Uber o Cabify. Gracias a estas empresas, los consumidores ya no necesitábamos al Estado. Ellos se encargaban de reclutar buenos choferes —“socios”, como les dicen ellos— y de controlarlos a través de las calificaciones que les otorgábamos los clientes en su plataforma digital.
Es evidente que Uber y Cabify han bajado sus estándares de reclutamiento. Los choferes, y por tanto el servicio, cada día son peores. Tan malos que a Cabify se le coló un violador y asesino. La empresa insiste que el presunto asesino de Mara, Ricardo Díaz, presentó su carta de no antecedentes penales, a pesar que había sido acusado de robo de combustibles. El hecho es que un delincuente estaba manejando una de sus unidades y mató a una de sus clientas. Se trata de un enorme golpe a la credibilidad de empresas que tuvieron un gran éxito en México por la incapacidad del Estado de regular a los taxis.
¿Quedará impune el homicidio de Mara como el de Lizbeth? Ojalá no, porque eso es lo que en el fondo va a resolver que ya no tengamos escándalos similares en los próximos años.
Twitter: @leozuckermann