La segunda transición a la democracia en México
Los nuevos gobernadores de la alternancia podrían acomodarse con las estructuras autoritarias para gobernar.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
El fenómeno había comenzado en 2015 y se intensificó en las elecciones del domingo pasado: los votantes le dieron una patada en el trasero a gobernadores autoritarios y corruptos. Sólo en cuatro de los 12 estados donde hubo elección de gobernador se mantuvieron los partidos en el poder: Hidalgo (PRI), Puebla (PAN), Tlaxcala (PRI) y Zacatecas (PRI). En el resto, ocho estados, hubo alternancia: Aguascalientes pasó del PRI al PAN, Chihuahua del PRI al PAN, Durango del PRI al PAN-PRD, Oaxaca de una coalición de izquierda al PRI, Quintana Roo del PRI al PAN-PRD, Sinaloa del PAN-PRD al PRI, Tamaulipas del PRI al PAN y Veracruz, joya de la corona de los comicios de ayer, pasó del PRI al PAN-PRD.
Se trata de un resultado que nadie esperaba y muy importante por su significado. Los electorados locales claramente dijeron “basta” a los malos gobiernos estatales caracterizados por el dispendio, abuso de poder, inseguridad pero, sobre todo, la corrupción. Y es que los gobernadores se habían convertido en los nuevos virreyes del sistema político. Lo que estamos observando es magnífico: me atrevería a caracterizarlo como una segunda transición de la democracia mexicana: la de los gobiernos locales.
En octubre de 2005, World Politics, revista especializada en ciencia política, publicó un artículo de Edward L. Gibson sobre gobiernos autoritarios en países democráticos (Cambridge University Press publicaría en 2013 un libro del mismo autor sobre el tema). A partir de dos casos en Argentina y México, el politólogo de la Universidad de Northwestern explicaba la yuxtaposición de dos regímenes políticos en un mismo Estado: uno autoritario a nivel local y uno democrático a nivel nacional. Para Gibson, una de las características interesantes de la ola de transiciones a la democracia en países como México es que la democratización nacional estuvo acompañada de la consolidación del autoritarismo en los estados:
“Las élites locales aislaron sus provincias y resistieron las presiones de la democratización del centro. En estos casos, ‘enclaves’ autoritarios en países en proceso de democratización a nivel nacional se convirtieron en importantes aliados regionales de los partidos nacionales. Esto aumentó su poder y ayudó a poner las preocupaciones acerca de la naturaleza autoritaria del interlocutor local en un segundo plano de la agenda del partido nacional”.
Más aún: “Durante los primeros años de un régimen democrático, los presidentes tenían muchos problemas en sus mentes. La democratización sub-nacional rara vez era uno de ellos. Las élites políticas autoritarias de las provincias, con sus abundantes suministros de votantes y legisladores, podían ser importantes miembros de las coaliciones de gobierno nacionales. Por tanto, los gobiernos centrales, elegidos democráticamente, podían encontrar que los costos de desafiar a las periferias autoritarias eran mayores que los beneficios: la periferia autoritaria servía al centro democrático en tareas vitales para la gobernabilidad política nacional”.
Hace 16 años, en 2000, ocurrió la primera transición democrática en México con la alternancia en la Presidencia. Sin embargo, para gobernar, el presidente Fox tuvo que apoyarse en los gobernadores quienes acrecentaron su poder como nunca en la historia. Se dio la yuxtaposición de la que habla Gibson. Con Calderón continuó la misma dinámica de “enclaves” autoritarios locales en una nación democrática. No debe sorprendernos que el siguiente Presidente haya surgido del más grande y emblemático de estos “enclaves”: el Estado de México.
El presidente Peña siguió, desde luego, tolerando y apapachando a los gobernadores, parte toral de su coalición política. Pero la gente se cansó después de tres sexenios de abuso autoritario y corrupción en los gobiernos estatales. A pesar del gran poder de los gobernadores, y la utilización de todo tipo de triquiñuelas para dejar en el poder a los candidatos de su partido, los ciudadanos salieron a votar en su contra. Y contra el hartazgo ciudadano todavía no se inventa trampa alguna que cambie los resultados de una elección.
Después de este domingo, me siento optimista por esta segunda transición a la democracia en México. Pero también estoy preocupado al pensar que a los nuevos gobernadores de la alternancia les podría pasar lo mismo que a Fox: acomodarse con las estructuras autoritarias para poder gobernar. Los ganadores del domingo deben entender la dimensión de su victoria y lo que está en juego. No pueden sucumbir a las prácticas de sus antecesores porque, si lo hacen, y fracasan, le estarían propinando un duro golpe —quizá mortal— a la democracia nacional y local.
Twitter: @leozuckermann