La sal de la Tierra
Por Alonso Díaz de la Vega En La gran belleza La grande bellezza, 2013, de Paolo Sorrentino, una monja misteriosa, de palabras frugales y una consciencia alimentada por la experiencia y el sufrimiento, le revela al protagonista la razón por la que no puede concederle ...
Por Alonso Díaz de la Vega
En La gran belleza (La grande bellezza, 2013), de Paolo Sorrentino, una monja misteriosa, de palabras frugales y una consciencia alimentada por la experiencia y el sufrimiento, le revela al protagonista la razón por la que no puede concederle una entrevista sobre su misión en Chad: “La pobreza no se cuenta, se vive”.
Estrato social y tortura cotidiana, la pobreza no sólo se muestra ante nosotros como la carencia de lo necesario en términos materiales; cada imagen de la miseria es una acusación a nuestra indolencia, que ha permitido que esta condición exista. Relatar la pobreza nos permite eludir los detalles, pero quizá mostrarla pueda crear un impacto más poderoso, casi presencial, ante este mal de males.
El trabajo del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado se basa en el principio de compartir la realidad para aleccionar, para conmover, pero también ha sido la raíz de la desilusión. El documental de Wim Wenders, La sal de la Tierra (The Salt of the Earth, 2014), nos muestra a Salgado como un hombre profundamente herido por sus encuentros con el mal e incrédulo ya en el amor y el perdón. En este filme hay una diferencia importante con el último documental de Wenders, Pina (2011), una celebración de la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, donde el director procuró una imagen inmaculada de su protagonista y su obra. En La sal de la Tierra, aunque Wenders no critica el trabajo de Salgado, vemos al fotógrafo reflexionar sobre sus experiencias y sus fotografías, muchas veces sin alegría u orgullo, sino con la derrota en el rostro, acongojado porque no pudo hacer más y porque su trabajo no fue un factor de cambio.
Las imágenes de Salgado son en cierta medida una crítica de sí mismas: las colonias de trabajadores en Brasil sugieren colmenas sin identidades y sin nombres; la devastación en África es una evidencia del odio y la sinrazón, y sin embargo las condiciones para producir estas fotografías permanecen intactas. Las imágenes no transforman al mundo. Desesperado por ello, el fotógrafo prefirió cambiar él mismo e inaugurar una nueva fase creativa: la fascinación por el mundo natural y la lucha por su preservación. Lo que para unos es una huida, para otros representa un viraje hacia la única posibilidad de salvar. Salgado resulta al final una figura controversial por aceptar su impotencia, pero quizá su decisión debería ser icónica porque es una que asume las incapacidades del hombre. Wenders no explora a un individuo en su documental, sino a un artista cuya honestidad se sobrepone a los mandatos del compromiso social y cuya humanidad lo obliga a aceptarse a sí mismo.
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