Vicio propio

Por Alonso Díaz De La Vega Se considera que las novelas de Thomas Pynchon son imposibles de filmar. Sus libros son petrificaciones de la conciencia estadunidense que capturan el temor de ser “AllAmerican”. El estadunidense promedio aparece como un indagador que ...

Por Alonso Díaz De La Vega

Se considera que las novelas de Thomas Pynchon son imposibles de filmar. Sus libros son petrificaciones de la conciencia estadunidense que capturan el temor de ser “All-American”. El estadunidense promedio aparece como un indagador que descubre las inacabables trampas de la realidad mientras ésta se dobla y se inventa en la imaginación de los personajes. O quizá no. El aparente nihilismo con que Pynchon cierra obras como La subasta del lote 49 expresa la futilidad de buscarle “tres pies al gato”. Lo que no está, simplemente no está. O quizá sí. El punto de su literatura no es encontrar organizaciones secretas que controlan la vida nacional; es representar la búsqueda de un país fundado en el miedo a la tiranía. Paul Thomas Anderson, que comenzó su carrera con filmes corales sobre la esencia estadunidense en su comportamiento industrial —Boogie Nights (1997)— y místico —Magnolia (1999)— parecería la opción ideal para adaptar una novela de Pynchon salvo por un obstáculo: su filmografía carece de misterio. Anderson no es un director que se lance a la mera descripción; su obra pretende descifrar los misterios de la historia y la identidad de Estados Unidos. Vicio propio (2014) estaba condenada a fracasar. 

Esto no significa que la película carezca de la excentricidad y la interminable, a veces incomprensible, atmósfera de conspiración que abunda en las novelas de Pynchon, pero sí quiere decir que su desenlace es inapropiado, inútil y contradictorio. Mientras la cinta comienza tratándose de la resaca que significaron los años 70, al final el amor alumbra la oscuridad. La felicidad del detective hippie Doc Sportello (Joaquin Phoenix) se contrapone con una década marcada por el fracaso de la sicodelia y el auge de Richard Nixon. En el filme abundan drogadictos, asesinos, traficantes, millonarios sórdidos, policías abusivos. Aunque la atmósfera es la de la novela negra, donde el detective es el último testigo moral de una sociedad en crisis, Anderson de repente comienza a dar respuestas y, peor aún, le da un desenlace satisfactorio a la aventura de Sportello. En las novelas y películas de detectives el misterio suele ser complicado, tanto, que a los autores se les olvidan los detalles, como a Raymond Chandler, que no supo responderle a Howard Hawks quién mató a un chofer en El gran sueño. En el caso de Pynchon, la complejidad es tal que parece arbitraria; sus historias no quieren llegar al quién. Si hay una respuesta en Pynchon es un cómo que demuestra la desintegración de la sique nacional, abrumada por el poder de sus élites y las exageraciones de sus disidentes. Todos resultan cómplices en la conspiración, pero no en la que complota y controla, sino en la que inventa y descose el tejido de la realidad.

Vicio propio, una película sobre la desconfianza y la podredumbre social, termina en la confianza y la seguridad, de manera que demuele todo su argumento y rescata la felicidad individual por encima de la crítica colectiva. La novela de Pynchon seguirá siendo un mejor modelo para atisbar la desilusión en los años 70. También seguirán siendo mejores documentos cinematográficos Gimme Shelter (1970), de Albert y David Maysles, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, que nos muestran la gran ceremonia hippie, el concierto gratuito, como un engaño, y a la “América” bicentenaria como el hogar de prostitutas, vagos y adictos que un sicótico  pretende limpiar de las calles. El mundo moderno es prueba de que el verano del amor fracasó; Vicio propio es, entonces, una revisión, un sueño.

Dirige:

  • Paul Thomas Anderson

Actúan:

  • Joaquin Phoenix
  • Katherine Waterston
  • Reese Witherspoon
  • Josh Brolin

Temas:

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