Chappie
Por Alonso Díaz De La Vega En ya dos ocasiones Neill Blomkamp ha errado en basar la fuerza de sus filmes en la originalidad. El apartheid como una visita extraterrestre; la separación de clases como un satélite donde sólo viven los ricos; la educación del hombre como ...
Por Alonso Díaz De La Vega
En ya dos ocasiones Neill Blomkamp ha errado en basar la fuerza de sus filmes en la originalidad. El apartheid como una visita extraterrestre; la separación de clases como un satélite donde sólo viven los ricos; la educación del hombre como la alimentación de datos de un robot, son propuestas que destacan de entre el basurero que los escritores de Hollywood han hecho de la imaginación. Sin embargo, obsesionado con la novedad de sus planteamientos y no de sus narrativas, Blomkamp ha provocado que el impacto de sus cintas posteriores a Sector 9 (2009) repitan sus fórmulas: exposición temática larga que culmina en un desenlace sobrepoblado por balas y cadáveres. Blomkamp no cuenta, explica y compensa la ausencia de placer narrativo con escenas de destrucción que despiertan la adrenalina. Es la misma crítica que se le hizo a las precuelas de La guerra de las galaxias.
Blomkamp y George Lucas están mostrando, con estos fracasos, lo incómodo que es el cine para la ciencia ficción. Ante la imposibilidad de financiar costosas películas de más de dos horas, estos hombres, más novelistas que guionistas, intentan engordar sus filmes con detalles sobre sus mundos imaginarios, sin éxito. En el caso de Blomkamp no es tanto la geografía, sino el pensamiento posmoderno el que frena las historias hasta que comienzan las persecuciones. Chappie (2015) sigue el modelo de Sector 9 y Elysium (2013), pero mientras en la primera resultó exitoso por tratarse de algo nuevo, en la segunda se trató de una repetición y, por tanto, de un fracaso. “El primer hombre que comparó las mejillas de una muchacha con una rosa era obviamente un poeta; el primer hombre que lo repitió posiblemente era un idiota”, dijo Dalí.
Pero no todo en Chappie es un error. Aunque son inhumanas sus ideas sobre la consciencia como un conjunto de datos, sostenidas también por Wally Pfister en Trascender (2014), su cercanía a los cuestionamientos de Ridley Scott en Prometeo (2011) son más interesantes. En ambas cintas el androide es una metáfora para expresar nuestra desesperación ante la muerte y el silencio de Dios. Chappie (Sharlto Copley) pregunta con angustia genuina por qué su creador, Deon (Dev Patel), ha introducido su “consciencia” en un cuerpo con sólo unos días de vida. La humanidad del androide, sin embargo, deja de ser simbólica cuando la consciencia de una persona se transfiere al cuerpo de un robot. Blomkamp parece asegurar que no se trata de una réplica de lo humano, sino de un hombre nuevo. Su postura ante el androide es pobre si se le compara con la de Scott en Blade Runner (1982): ahí la resolución es melancólica porque averiguamos que un humano era una máquina; en Chappie es romántica porque no encuentra desilusión en ello, sino la esperanza de la inmortalidad. Lo que comienza como un estudio serio de lo que es enseñar a un nuevo ser a vivir termina como un apego desesperado a la vida.
Dirige:
- Neill Blomkamp.
Actúan:
- Sharlto Copley
- Dev Patel
- Ninja
- Yolandi Visser
