St. Vincent
Por Alonso Díaz De La Vega Sin ambición artística alguna, el cine carece de una parte esencial de sí: la de la invención en imágenes. Sin embargo, desdeñar lo convencional es una reacción política en el sentido más mezquino. Si no está en mi canon, está mal.St. ...
Por Alonso Díaz De La Vega
Sin ambición artística alguna, el cine carece de una parte esencial de sí: la de la invención en imágenes. Sin embargo, desdeñar lo convencional es una reacción política en el sentido más mezquino. Si no está en mi canon, está mal.
St. Vincent (2014) merece ser descartada bajo ese pretexto, pero ello implicaría ningunear una de las mejores actuaciones de Bill Murray. Claro, ni el propio Murray ni el resto del magnífico elenco puede convertir al filme de
Theodore Melfi en algo más que una divertida tragicomedia con fuertes tintes melodramáticos, pero ni la película misma aspira a ello. Melfi no está obsesionado con el desafío a la mortalidad que inspira a los grandes artistas, sino con la complacencia matizada de realismo que caracteriza a los grandes entretenedores.
En el centro de St. Vincent están dos sueños: el del niño y el del viejo, ambos en busca de ser salvados. Uno, de los niños que lo torturan en la escuela y del aislamiento al que lo somete el divorcio de sus padres; el otro, del abandono y la soledad que él mismo se construye en su amargo retraimiento. Ambos se convertirán en el redentor del otro para el gusto de una audiencia que fácilmente se puede hallar en ellos. Sin llegar a sus niveles de perfección artística, Melfi nos recuerda los deseos de ser defendido y de ser redescubierto que Martin Scorsese explora en La invención de Hugo Cabret (2011), pero mientras en aquélla había una celebración de lo nuevo que se hizo convención; de los gags de Harold Lloyd, del romanticismo de Charles Chaplin y el ingenio de Georges Méliès, en St. Vincent existe una prolongación de lo conocido. Melfi no inventa nada, pero mientras dura, St. Vincent posee el encanto que le da un guión abundante en gags ingeniosos y un elenco en la cima de sus talentos.
Murray, que interpreta al san Vincent del título, crea un personaje complejo y simpático en su apatía misantrópica. Vincent tiene la clase de carácter que es divertido ver, pero con el que debe ser frustrante convivir. “No sé por qué te agrada”, le dice la “dama de la noche” Daka (Naomi Watts) a Oliver (Jaeden Lieberher). El discurso final de Oliver, donde describe a su santo, es previsible, predecible y romántico, pero representa la esperanza del valor humano en una sociedad basada en interacciones prácticas y, sobre todo, económicas.
St. Vincent está definida por el romance, pero no uno que ignora el mundo. Melfi cree que sobre los basureros de la condición humana existe la esperanza de una amistad que se compre con la compasión y no sólo con los 12 dólares a la hora que Maggie (Melissa McCarthy) le paga a Vincent por cuidar de Oliver. O con los 15 que le paga Vincent a Daka por servicios profesionales.
Dirige:
- Theodore Melfi.
Actúan:
- Bill Murray.
- Melissa McCarthy.
- Naomi Watts.
- Jaeden Liberher.
