118 días

Por Alonso Díaz De La VegaEl documentalista Godfrey Reggio desprecia al experimentador soviético Dziga Vertov porque es, aunque innovador, propagandístico. Para Reggio el arte debe ser una forma limpia de las limitaciones del proselitismo: un encuentro del hombre con ...

Por Alonso Díaz De La Vega

El documentalista Godfrey Reggio desprecia al experimentador soviético Dziga Vertov porque es, aunque innovador, propagandístico. Para Reggio el arte debe ser una forma limpia de las limitaciones del proselitismo: un encuentro del hombre con la realidad. Apoyar una causa es desdeñar la verdad porque no es un ejercicio de compasión, sino de imposición. El arte del prosélito siempre será sólo propaganda porque no crea un retrato de los individuos y sus sociedades como complejos; al contrario, simplifica, anula y discrimina para convencer a la audiencia, sometida ante un acto retórico. Si no fuera ya evidente esta postura de Jon Stewart en sus viciados comentarios en la televisión, 118 días (2014) sería un testimonio de su incendio discursivo.

Stewart es, como Bill Maher, síntoma y enfermedad misma de una nación dividida. Estados Unidos se halla en un cauce histórico adonde lo han llevado sus contradictorios orígenes: en la actual crisis fluyen el progresismo de los peregrinos y el conservadurismo de sus creencias; el tradicionalismo de su música folk y el liberalismo de sus letras. Republicanos y demócratas se ningunean en busca de demostrar no que tienen sus razones, sino que tienen la razón. En este clima,

Maher ningunea en vivo al Islam frente a un Ben Affleck fiel a la libertad de creencias, y Stewart se burla de los ayatolás cuando sus guardias describen las inocentes posesiones de Maziar Bahari (Gael García Bernal) como “porno”, en 118 días. El eco de la risotada se deja oír también cuando un torturador le pregunta a Bahari cuál es su relación con un tal Antón Chéjov o cuando un proselitista de Mahmoud Ahmadinejad describe a Irán como el Umma, la nación del islam. Stewart no es crítico; es intolerante. Su caricatura de Twitter y la tecnología satelital como milagros de la modernidad expresa una fe tan perjudicial para la razón como la obediencia a Ali Khamenei. Los misiles de Stewart van dirigidos a sí mismo porque no pueden distinguir entre las dos intransigencias. 

El sentimentalismo de 118 días victimiza a los opositores pobremente, sobre todo si se compara con Esto no es una película (2011), el complejo autorretrato del director Jafar Panahi, que se condenó al arresto domiciliario por apoyar la Revolución Verde. En su documental, Panahi resulta trágico, no patético. Bahari es lo segundo en el debut cinematográfico de Stewart. Incapaz de comprender a sus opositores y a su protagonista y de justificar un ataque a Ahmadinejad cuando ni siquiera ocupa el poder, el director sólo podría valerse de los recursos visuales para salvar su filme. La pobreza estética de Stewart, sin embargo, sugiere que los peores momentos del metraje son consecuencia de una vida ante el televisor. Ni esteta ni humanista, Stewart no logra nada con 118 días.

Dirige:

  • Jon Stewart.

Actúan:

  • Gael García Bernal
  • Kim Bodnia
  • Dimitri Leonidas
  • Haluk Bilginer

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