La masacre de Texas

Temer es la voluntad de conservar la vida ante la amenaza de lo mortífero. El miedo paraliza para proteger, como la nausea nos cimbra ante lo repulsivo para evitarnos el contacto. Cuando lo grotesco y lo letal se conjugan es difícil correr. Quizá ninguna escena sume este ...

Temer es la voluntad de conservar la vida ante la amenaza de lo mortífero. El miedo paraliza para proteger, como la nausea nos cimbra ante lo repulsivo para evitarnos el contacto. Cuando lo grotesco y lo letal se conjugan es difícil correr. Quizá ninguna escena sume este impacto en La masacre de Texas (1974) como el asesinato de Pam (Teri McMinn). Enfrentada con una casa donde la realidad desaparece, Pam parece haber descendido al fondo de una conciencia degenerada. Rodeada por horrendos experimentos taxidérmicos, ella comienza a sentir nausea ante la desaparición de la cordura, y miedo como respuesta a su muerte ya próxima. La aparición de Leatherface, un caníbal corpulento que blande una motosierra y porta una máscara de piel humana no sólo es el comienzo de una tortuosa muerte, sino la confirmación de una pesadilla.

Con La masacre de Texas Tobe Hooper inventó las convenciones del slasher, pero su originalidad nunca fue igualada o sobrepasada. Su grotesco retrato de una comunidad tejana resulta perturbador por irreal. Los ángulos bajos, la iluminación natural y las desagradables actuaciones se conjuntan en una pesadilla rítmica cuyas imágenes sólo empeoran. Carente de violencia explícita, el estilo de Hooper es una búsqueda por la disociación entre lo normal y lo imposible. El sonido, comprendido por la inquietante música y los chillidos de cerdo que emite Leatherface nos sitúan dentro de un sueño horrendo que contrasta con la falsa aseveración de que la cinta se basa en un caso real. Más que una experiencia simbólica o intelectual, La masacre de Texas es un experimento con la emoción y la credibilidad. Si esto es real, podría pasarnos. Y quizá ya nos ha pasado en nuestras pesadillas y en la violencia que reprimimos para convivir. Hooper, como en El barril de amontillado, de Poe, nos enfrenta con el miedo de una muerte espantosa.

El sadismo de la cinta expresa la fragilidad del cuerpo como un pobre contenedor del espíritu, si es que hay uno. Si el verano del amor vio en el cuerpo una posibilidad de liberación sensual, Hooper lo ve desde los turbios 70 como un alimento nauseabundo. La película no analiza su tiempo; lo resume. La insensatez y la desilusión de la época se reflejan en esta visión del pueblito americano como un rincón traicionero donde se ocultan misterios de sangre. Si en los años 50 de Frank Capra el pueblito era un refugio de los valores estadunidenses, en los 70 de Hooper es una mazmorra donde se cría la enfermedad de la nación. El pueblerino deja de ser el bonachón optimista George Bailey para decaer en el atroz Leatherface y su familia de sociópatas. Por ello y por su habilidad aún vigente para perturbarnos, La masacre de Texas es un documento de la perversidad imprescindible en el tiempo del internet y la pornografía snuff.

Dirige:

Tobe Hooper.

Actúan:

Marilyn Burns.

Allen Danziger.

Teri McMinn.

Paul A. Partain.

William Vail.

 @diazdelavega1

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