Donde se esconde el diablo
Por Alonso Díaz de la Vega La secularización de las creencias religiosas es un síntoma de la reconfiguración cultural que ha iniciado la ciencia. Pasamos de tratar de entender a Dios a tratar de entender la realidad misma, ajena a él en el pensamiento de teóricos como ...
Por Alonso Díaz de la Vega
La secularización de las creencias religiosas es un síntoma de la reconfiguración cultural que ha iniciado la ciencia. Pasamos de tratar de entender a Dios a tratar de entender la realidad misma, ajena a él en el pensamiento de teóricos como Stephen Hawking. En este siglo de revoluciones y revelaciones se inspiran las nuevas preocupaciones del cine de horror. Donde se esconde el diablo (2014), del danés Christian E. Christiansen, se camufla bajo esta modernidad con una premisa clara y una conclusión tramposa, incoherente y demoledora no para el espectador, sino para el desarrollo dramático entero. Con la historia de un grupo de jóvenes amish condenadas a recibir al Maligno, Christiansen manipula al espectador para que entienda la historia como una crítica: la religión es un engaño que garantiza el reino de los sacerdotes en las comunidades aisladas donde simulan embajadas del Paraíso. Pero al final las ideas se revierten como en los melodramas donde el niño pobre resulta ser hijo de nobles.
Ya Wally Pfister había cometido un error idéntico en el fracaso de este año, Trascender (2014), lo cual revela una tendencia en los directores menores a contradecir toda su película con tal de alcanzar el forzado asombro de la audiencia. Pero si tan sólo estos cineastas tuvieran el genio narrativo de Charles Dickens en su aludida Oliver Twist, donde aminora el optimismo del final con la inteligente denuncia, la bien esculpida anécdota y la evidente caricatura, no hablaríamos de una contradicción, sino de un melodrama brillante. Desafortunadamente, la notoria inverosimilitud de Donde se esconde el diablo, junto con la recurrencia de todos los clichés del cine de horror, invita más a la duda de la película en sí que de los temas que presenta. Es increíble que Jacob (Rufus Sewell), el miembro más crítico de la congregación, esté casado con la mujer más conservadora en pantalla, o que el controlador patriarca (Colm Meany) sobrelleve sus constantes críticas al statu quo. La indiferencia de la policía ante la muerte de cuatro personas es ya una burla de la tolerancia estadunidense a las poblaciones amish.
Nada de esto sugiere un grotesco dickensiano; más bien confirma una dirección pobre que accidentalmente demuestra la premisa de su título: el diablo se esconde en los detalles, pero sobre todo en el deseo de manipular a la audiencia sin originalidad ni maestría. Las herramientas de Christiansen son lo ya visto, lo ya experimentado: lo fácil. Dirigir, decía Jean-Luc Godard, es un intento humilde por ver las cosas desde su propio punto de vista, pero para el realizador de Donde se esconde el diablo se trata de mentir hasta que, en el último minuto de metraje, los hechos se desborden sin coherencia ni elegancia. La revelación es, para Christiansen, un vómito contenido hasta que los labios ceden.
Dirige:
- Christian E. Christiansen.
Actúan:
- Rufus Sewell.
- Alycia Debnam-Carey.
- Thomas McDonell.
- Adelaide Kane.
- Colm Meaney.
