Socialismo del siglo XXI
Si María Antonieta pasó a la historia por sugerir que el pueblo comiera pasteles si no tenía pan, Maduro deberá ser recordado por sus comentarios homofóbicos en contra de los manifestantes desnudos o por salir a bailar en medio de la tragedia de su pueblo.

Kimberly Armengol
Rompe-cabezas
Hugo Chávez izó la bandera de lo que llamó el socialismo del siglo XXI. Su estandarte hoy se clava en las entrañas del pueblo venezolano que, acorralado, enfrenta a un frívolo Nicolás Maduro exigiendo democracia tras tres lustros de una dictadura que lo mismo se aboga los poderes del Congreso, que llama “basura” al líder opositor, Henrique Capriles, a quien derrotó por un estrecho margen en una elección marcada por la intimidación a los opositores al régimen.
No era, como prometió rebosantes en símbolos que lo mismo aludían a Simón Bolívar que rendían un aberrante culto a la personalidad de Fidel Castro, una versión reformada del socialismo que ya había fracasado en el mundo, sino una reedición de un populismo tan ramplón como totalitario, tan vacío como lesivo a la sociedad, especialmente para los más pobres.
La tormenta de corrupción y genocidio económico ya pasó por Argentina donde el gobierno de Mauricio Macri está haciendo esfuerzos denodados por levantar a un país que fue víctima de la pareja Kirtchner-Fernández, quienes dividían su tiempo entre los actos de corrupción y un populismo que hubiera ofendido a la misma Eva Perón.
Sus efectos negativos siguen devastando al pueblo brasileño tras los gobiernos de Lula da Silva y su continuación Dilma Rousseff. No faltaban quienes hace una década hablaban del milagro económico brasileño y deseaban que México siguiera esas recetas. Los inadmisibles casos de corrupción de algunos gobernadores de este país, parecen juegos de niños comparados con la corrupción institucional del gobierno de Brasil en el que empresas como Odedrecht tenían fondos para “compensaciones”.
En Boliva, la menos desarrollada de las naciones que abrazó la pesadilla del socialismo del siglo XXI, tiene en Evo Morales a un hombre quien gobierna con ínfulas de Stalin cuando se parece mucho más a Layín, el pintoresco político alcalde mexicano que reconoce
“haber robado poquito”.
Las protestas en las calles de Venezuela muestran el hartazgo de una población no tanto por la ignominia de un gobierno que sigue jugando a la democracia, pero que muestra un puño de acero en contra de la oposición, sino por una economía fallida que enfrenta un incremento sostenido y generalizado de precios a tasas superiores al 700% anual. Un pueblo que está harto de las filas de racionamiento y una clase empresarial que es continuamente robada por Maduro, como lo hizo esta misma semana con General Motors.
Si María Antonieta pasó a la historia por sugerir que el pueblo comiera pasteles si no tenía pan, Maduro deberá ser recordado por sus comentarios homofóbicos en contra de los manifestantes desnudos o por salir a bailar ballenato en medio de la tragedia de una buena parte de su pueblo.
En este punto es difícil saber si el represor venezolano se hará a un lado como exige una gran parte de su población o si respetará la democracia como lo han exigido los miembros de la OEA, destacadamente México; sin embargo, reitera el gravísimo fracaso del llamado populismo del siglo XXI, esa forma perversa que nace, crece y se reproduce entre ideas absurdas de hartazgo de la clase política y la creencia, equivocada en todos los casos de la historia, de que un iluminado puede solucionar todos los problemas de un país.
POST SCRIPTUM
Las visiones apocalípticas sobre el gobierno de Donald Trump se han venido difuminando en estos primeros 100 de gobierno, los cuales han estado mucho más marcados por declaraciones que vienen perdiendo su impacto y pocas acciones concretas.
Intentó un golpe de mando en contra del terrorismo de Daesh y el gobierno de Bashar al-Assad que realmente no cambió el escenario geopolítico. No ha cambiado la correlación de fuerzas en el mundo ni tampoco ha dado señales claras de tener capacidad de hacerlo.
Hacia México no ha sido la máquina deportadora que algunos temieron, ni ha tenido capacidad operativa para iniciar la construcción del muro o ni siquiera para iniciar la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.