¿Ahora, qué hacemos?
En Washington el tren ya salió de la estación. Está en marcha. Las interrogantes en cuanto a lo que va a seguir haciendo la nueva administración presidencial norteamericana se acumulan. Salvo que suceda lo inenarrable, el tren seguirá. pifia y pifia, y caminando.
Nosotros, a nuestra vez, nos dedicaremos a lo nuestro, tratando de llevar adelante nuestro problemático crecimiento nacional, defendiéndonos y contrarrestando los daños que le lleguen del norte
a nuestros connacionales que allá viven.
Pero, a diferencia del recién estrenado gobierno norteamericano, aquí no tenemos claro qué queremos. Hasta ahora todo se nos ha ido en rechazos airados, indignación, marchas y formación de alguno que otro comité para estudiar qué hay que hacer contra Trump.
Ante la amenaza de perder preferencias en el mercado norteamericano, ahora brotan luminosas propuestas para responder con el seguro recurso de diversificar nuestros mercados externos. Hay que superar la dependencia del TLCAN, que algunos ya ven marchito y donde nos maltratan hasta el grado de querer ponerle impuestos de entrada a nuestros productos.
Trump nos sacude y, asustados, nos damos cuenta de la alta concentración de nuestros intercambios en un mercado que, aunque llevamos desde 1970 remachando esta tara, ahora amanece intolerable. Diversificar es novedad.
Todo pretexto se vale para esquivar la verdadera necesidad que la coyuntura impone y que es dedicarnos con urgencia a fortalecer la economía y superar la penosa debilidad nacional que nos abandona a los caprichos del vecino. En lugar de esto, algunos presentan como solución la diversificación hacia China.
Hoy día, China juega con astucia su propósito de situarse como una potencia de primer orden desbancando a Estados Unidos como primera potencia mundial. El que los mexicanos queramos encontrar la manera de sustituir el dominio y la presencia de nuestro vecino del norte con un país que ofrezca servicios análogos parece explicar que China sería la deseable alternativa.
Al revisar las inversiones chinas en México, entre 2010 y 2013, los estudios del grupo China-Mex UNAM encontraron que se dirigen principalmente a actividades de comercio, industrias eléctricas y mineras. No tienen la dimensión de las dirigidas a Perú o Brasil. China, que, a diferencia de México, sí tiene programas claros, se propone fincar su presencia en todos los continentes y asegurar mercados para sus productos junto con fuentes seguras de abastecimiento de los alimentos y de insumos para sus industrias.
A cambio de las inversiones que hace en todo el mundo, Pekín ofrece facilitar inversiones extranjeras en su país. Sólo falta que los empresarios mexicanos piensen aprovechar esto, antes que invertir en México, para fabricar allá artículos chinos que luego traerían acá.
Si nuestros hombres de negocios quieren socios estratégicos chinos para sustituir a los norteamericanos debe ser para fabricar aquí, con técnica china, productos que surtan nuestro mercado interno y clientes del exterior y no nomás armarlos.
Hay que trazar la ruta por la que México se alce por encima de su modesta realidad de incompleta industrialización y sesgada agricultura y por fin contar con las cartas que le acrediten jugar al mismo nivel de sus competidores internacionales.
Decidir, en cambio, no fortalecernos ni escalar a primera división, nos dejará en la otra vía, la de limitarnos a seguir dedicados a las actividades que nos son propias como el de la agricultura comercial de frutas y legumbres, la de turismo, las manufacturas más simples de alto contenido de mano de obra barata, y continuar importando lo que nos falta con el endeudamiento y desempleo resultantes.
Esta última opción no es tan trágica. Sólo hay que abrazarla con humildad. Nos permitiría alargar el tranquilo confort en que vivimos. El ahorro que significa no gastar en campañas de promoción económica ni tener que aportar al sinnúmero de programas internacionales que piden dinero, liberará fondos para promover los nuestros. Nuestras aportaciones culturales aumentarían la fama que ya tenemos a la que añadiríamos blasones científicos. Ninguna ambición internacional, ningún compromiso político.
Pero la debilidad internacional cuesta: siempre atraerá al poderoso. Si no hacemos valer el gran potencial socioeconómico que dilapidamos, el tardío empeño por librarnos del rústico americano se transformará en otra preocupación: la de aprender a entendernos con un mandarín.
