La poesía como terapia

Tengo entre mis manos un tesoro, unas cartas que el mismo Rilke escribió.

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Julia Neumann 05/09/2014 00:00
La poesía como terapia

Uno de los más grandes escritores del siglo XX, a mi parecer, es Rainer Maria Rilke. Dentro de su gran acervo de metáforas y frases llenas de sabiduría me es difícil elegir una, así que decido abrir el libro y señalar como al aire  con el dedo y es esto lo que el azar me termina regalando: “Si organizamos nuestra vida acorde a eso que es difícil, aquello que nos parece extraño se volverá confiable.”

Me quedo pensando un momento en este mensaje, que no sólo me llega de manera personal, sino que, además, me parece buen material de reflexión. El grado de dificultad que hay en el lentamente ir eligiendo cada una de las palabras para decir lo que de alguna manera necesitamos expresar.

Tengo entre mis manos un tesoro, unas cartas que el mismo Rilke escribió sobre el amor y algunas otras dificultades de la vida. Transcribo…

“Te digo que hay un largo camino frente a mí, antes de poder llegar a donde pertenezco… Te ruego seas paciente contra todos esos asuntos no resueltos de tu corazón, y trata de amar las preguntas, pues son como cuartos cerrados, o libros escritos en alguna lengua extraña.”

Alejarnos de lo que es sencillo y amar las preguntas, eso es lo que en el fondo hace el poeta, ese filósofo que se esconde bajo  imágenes en las que uno como lector inquiere. “No te juzgues sin tiempo” es una frase que Benedetti esconde entre otras líneas, sabiduría pura que, de saber leerla, nos puede ayudar a salir de esos callejones de la culpa y del remordimiento, pues el arrepentimiento no es otra cosa que el juzgarnos a destiempo. Cada decisión debe ser valorada por lo que fue, y lo que implicó en su momento, y no revisarla después con esas herramientas nuevas, pues quizá aquellas mismas herramientas son causa del crecimiento por haber tomado dicha decisión. “Un poema es una cosa que será. Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser. Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser”. En la propia voz de Vicente Huidobro queda tatuado lo que es y no es un poema, un poema es lo que es, como la vida, es por eso que al intentar hablar el idioma del poeta nos acercamos un poco más a la verdad. Y ahí está la cura de todos nuestros males, en aceptar de una vez por todas nuestra realidad, en encontrar nuestro lugar en el mundo, en saber quiénes somos en relación a nosotros mismos y con todo lo que nos rodea. Octavio Paz, el poeta de poetas, vuelve obra maestra un  conjunto de versos que acaban donde inician, e  inician donde acaban, un eterno retorno, que va y viene por caminos como éste:

“El mundo nace cuando dos se besan”. Y ahí explica la oportunidad de renacer en el amor, pues ante este sentimiento todos volvemos a ver el mundo como lo hace el recién nacido, nunca menospreciemos lo terapéutico que puede ser para una mujer el que un hombre le diga que todos los días crece en ella el infinito, que cuando la mira directamente a los ojos sólo piensa en la suerte de todo aquel que la conoce,  y que es una colección de los mejores sueños alguna vez soñados… La poesía enamora, y el amor definitivamente es un bálsamo que pareciera milagroso. La dificultad, empecé esta reflexión hablando de esos trances peligrosos, que hacen que el poeta diga lo que dice, que hace que el ansioso y el dolido busquen sosiego y calma entre sus letras, ya sea encontrando compañía en la canción desesperada de Neruda o reflejándose en algún espejo cotidiano de Sabines, o en lo definitivo de alguna oración de Rosario Castellanos: “Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”. Y quién no inclina la cabeza ante la ronca voz de Whitman.

–No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo.

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