Ideologías y Constitución

Nuestra Constitución parte de la mezcla de dos corrientes doctrinarias: liberalismo y nacionalismo revolucionario...

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Juan José Rodríguez Prats 13/02/2014 00:52
Ideologías y Constitución

Criptogramas de un pueblo remotísimo que busca la escritura en tinieblas.

                José Emilio Pacheco

 

Una de las consecuencias de nuestra controvertida transición democrática es que ha despojado a la Constitución del mito de documento sagrado. Si hacemos un balance de los textos dedicados a su análisis con motivo de un año más de su promulgación, el resultado es bastante negativo. Casi son unánimes las críticas señalando su abigarramiento, la confusión de sus principios o reformas que obedecen a ocurrencias, para no hablar de la falta de observancia y cumplimiento en deterioro de nuestro Estado de derecho.

Hace algunos años comparé a nuestra Constitución con un bodrio; esto es, una cosa malhecha desordenada o de mal gusto y que corresponde a distintos menjurjes, o —como decimos en el sureste— que es “una mengambrea”. También dije que era una monserga, pues se trata de algo que cansa o molesta por ser muy pesado; en otras palabras, estorba.

Recibí entonces críticas por ser irreverente ante nuestra Carta Magna. Sin embargo, y a mi pesar, el tiempo me ha dado la razón. Me resigno a la imposibilidad de elaborar una nueva Constitución, no veo condiciones ni creo que se lograría consenso. 

Hay siete documentos modélicos en el núcleo de la teoría constitucional:

La Carta Magna de 1215, firmada por Juan sin Tierra, antecedente del reconocimiento a los derechos humanos y la rendición de cuentas; la Constitución estadunidense de 1787 que diseña los equilibrios y la división de poderes; la Constitución Francesa de 1793, el enunciado más completo de los derechos humanos; la Constitución Austriaca de 1920, con la influencia de Hans Kelsen con nuevos diseños para exigir la observancia de sus normas; después de la Segunda Guerra Mundial, la Constitución Italiana de 1947, la Alemana de 1949 y la Española de 1978, que completan el cuadro de lo que podríamos considerar textos fundamentales.

La técnica legislativa constitucional es difusa y en ella cabe todo, por eso su tendencia a la exuberancia. Nuestra Constitución parte de la mezcla de dos corrientes doctrinarias: liberalismo y nacionalismo revolucionario; quizás en esto radique la razón de sus contradicciones. Las aportaciones del Constituyente de 1917 confirman la improvisación y cierta ignorancia. Expresa el artículo 27: “La nación tendrá en todo tiempo el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”. ¿Qué clase de norma es esa? ¿Dónde está su sanción? ¿Cuáles son los sujetos pasivos y activos de la relación jurídica? Esta redacción más bien constituye una amenaza latente que riñe con la certidumbre que debe caracterizar un auténtico Estado de derecho. Aunque aparentemente no dice nada, es una simple expresión de un principio, confunde nación con Estado y ha sido una espada de Damocles para los particulares.

A partir del 17, la Constitución ha sido reformada con ocurrencias, frivolidades y demagogia. El único Presidente que le profesó respeto fue don Adolfo Ruiz Cortines, quien solamente la modificó en una ocasión para reconocer el voto a las mujeres.

Ante este panorama, ¿qué hacer? Hace ya algunos años, en un evento celebrado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas se concluyó con una idea que me parece central: ante la imposibilidad de una nueva Constitución, generemos una nueva constitucionalidad. Esto es, un esmero permanente y riguroso por respetarla.

El siglo XXI arranca con inmensos retos para el estado, se enfrenta a nuevas relaciones de poder y a circunstancias que condicionan mucho su desempeño. Conservar el equilibrio entre el deber y el ser constituye sin duda el reto de hacer política conforme a derecho.

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