La Revolución Mexicana ha muerto

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Juan José Rodríguez Prats 09/01/2014 02:44
La Revolución Mexicana ha muerto

La búsqueda de un futuro termina siempre con la reconquista de un pasado.

Octavio Paz

 

En la década de los cuarenta del siglo pasado, prominentes mexicanos (Jesús Silva Herzog, Daniel Cosío Villegas y Luis Cabrera) denunciaron la desviación de los ideales y del sistema político engendrado por la Revolución Mexicana. Incluso proliferó literatura tratando de despejar la interrogante de su posible defunción.

Hoy podemos asegurar, sin lamentos y celebrándolo, que la Revolución Mexicana, con sus mitos (como el nacionalismo revolucionario), su autoritarismo, su demagogia, ha pasado a mejor vida. Su epitafio es muy simple: El bien lo hizo mal y el mal lo hizo bien.

Una vertiente doctrinaria de ese movimiento es la encabezada por Francisco I. Madero, planteada en forma muy clara en el Plan de San Luis y en La sucesión presidencial: limitar el poder presidencial, impulsar la división de poderes y respetar la Constitución. Esta idea fue frustrada en la Constitución de 1917; Venustiano Carranza, con las tesis de Emilio Rabasa, fortaleció el presidencialismo, que aplicaron rigurosamente Obregón, Calles y Cárdenas.

Calles, quien habló de pasar del país de hombres indispensables, al de leyes e instituciones, en realidad buscaba fortalecer el maximato. Cárdenas es quien en realidad diseña el sistema político que operó por casi siete décadas, al expulsar a Calles, al fortalecer la institución presidencial con la creación de los sectores (la CNC se crea por decreto presidencial) y al establecer las reglas no escritas (facultades metaconstitucionales).

Se engendró lo que Vasconcelos denominó “porfiriato colectivo” y Cosío Villegas “monarquía sexenal hereditaria en línea transversal”. Vargas Llosa le puso la cereza al pastel al calificarla como “la dictadura perfecta”.

Le llevó muchos años al gobierno alcanzar una relación madura con la Iglesia, violó derechos humanos, aplastó brutalmente la libertad de conciencia con la represión de la Cristiada. Debido a la presión social e inclusive internacional, a base de ir arrebatándole ámbitos de poder, por fin permitió el tránsito a la democracia. 

Así terminó un sistema creado con el carácter de perentorio y en condiciones de emergencia.

En la otra vertiente —la política social—, el fracaso fue rotundo. El reparto de la tierra destruyó riqueza y repartió miseria, y la justicia social sólo fue un lema. Se creó un sector paraestatal tremendamente ineficiente por su burocracia y su corrupción.

Desde luego, se podrán mencionar ciertos avances en algunos rubros, mezquino sería negarlo. Pero quedan grandes asignaturas pendientes: fortalecer el Estado de derecho, mejorar el desempeño del Poder Legislativo, desmantelar las estructuras corporativas creadas por el cardenismo, consolidar empresas agrícolas venciendo el tremendo lastre del minifundio —consecuencia del absurdo y continuado reparto de la tierra—, alcanzar una relación madura con Estados Unidos y abordar los esquemas derivados de las recientes modificaciones constitucionales para alcanzar el autoabasto en materia de energía, una auténtica Reforma Educativa y competitividad en el sector telecomunicaciones.

Sería demasiado pretencioso plantear la erradicación de la corrupción, pero sí disminuirla a tal grado que sea perceptible por la ciudadanía. Instrumentar una política social que efectivamente combata la pobreza, respetando la dignidad de los beneficiarios.

Muchos ideólogos de la denominada izquierda atribuyen la derrota de la Revolución Mexicana al neoliberalismo. Tengo para mí que se autoderrotó porque falló su principal protagonista: el Estado mexicano.

Los teóricos políticos señalan un cambio de valores como una de las tareas más difíciles. Eso es lo que ahora se inicia para vigorizar nuestro liberalismo y, desde luego, para vencer el mayor riesgo: el retorno a lo que ya no debe volver.

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