Constituciones

En el Centro Histórico 
de la Ciudad de México, 
en la esquina de las calles del Carmen y San Ildefonso, asistí a la reinauguración del extraordinario Museo 
de las Constituciones. Rediseñado 
y modernizado por el rector 
de la UNAM, Enrique Luis Graue Wiechers, en el marco celebratorio 
del Centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, acompañado de Miguel Ángel Mancera, jefe de Gobierno 
de la CDMX, quien estrenó la Constitución Política para la Ciudad; por cierto, impugnada en la Suprema Corte de Justicia de la Nación 
por diversas Instituciones Públicas, como la Presidencia de la República, la CNDH, el Tribunal Superior 
de Justicia de la CDMX, etcétera. 

Recordaba con mis vecinos de asiento, Luis de la Barreda y Fernando Serrano Migallón, que este antiguo Templo Jesuita del Máximo Colegio de San Pedro y San Pablo fue inaugurado hace 5 años para este propósito por José Narro Robles, Jorge Carpizo McGregor, Luis Raúl González Pérez y Marcelo Ebrard Casaubón, quien le encargó a Alejandra Moreno Toscano ayudara a concretar este proyecto concebido por Emilio O. Rabasa y Diego Valadés. Gratificante fue este evento que procura a sus visitantes realizar un viaje colectivo por el reencuentro de nuestras aspiraciones, de nuestras luchas por la libertad y esfuerzo constitucionales por lograr una convivencia en paz. Reiteró el rector, Enrique Graue, que los muros de este inmueble son testigos de más de 400 años de historia nacional, sus paredes registraron la asunción y juramento como emperador de México de Agustín de Iturbide el 4 de mayo de 1821. Tiempo después, con Guadalupe Victoria como primer presidente, convocó a un Congreso constituyente, al cual propuso, en 1824, el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana, proclamándose la primera Constitución Federal de nuestro país en el recinto.

Ahí nuestra nación acuñó e imprimió el sentido de República Federal, pues la de 1824 constituye “el acta de nacimiento de México”, la de 1857 es la carta que contiene “la conciencia de nuestro ser nacional”, y la de 1917 representa “el primer brote universal a favor de la justicia social”. En su intervención, el ministro José Pardo Rebolledo mencionó que este sitio llama a los jueces a tener presentes los más altos valores al momento de juzgar a sus semejantes. Es necesario pugnar porque el texto constitucional vigente tenga una mejor difusión, sea conocido e interiorizado por todos los habitantes del país para que vean a la Constitución no sólo como la Ley Suprema que nos rige, sino también como la ley de leyes que nos reconcilia, que a todos pertenece y cuyas disposiciones reflejan nuestras aspiraciones históricas, tutelan la dignidad y el proyecto de vida, y en caso de que alguno se oponga a sus mandamientos, ostenta el vicio de nulidad. La Constitución real de un estado no es únicamente la realidad ni el cuaderno que recibe ese nombre, sino también el puente en el cual la realidad jurídicamente valorada y la constitución escrita se encuentran, es decir, la Constitución no es sólo un ser o únicamente un deber ser, sino que es un ser deber ser. Nuestra Constitución vigente, la de 1917, es la ley fundamental y suprema del país, ya que contiene las bases sobre las que se sustenta todo el derecho positivo mexicano, al establecer las normas totales que rigen la vida del Estado, su organización y las relaciones de las autoridades entre sí y frente a sus gobernados. Sobre la Constitución, ningún ordenamiento secundario debe prevalecer, y esta realidad es limitada y encauzada por la norma fundamental de ese orden jurídico.

La Constitución es primordialmente una norma, nada menos ni nada más que la norma primera, la de mayor jerarquía, la suprema, la norma por la cual se crean y delimitan todas las demás normas del orden jurídico. La Constitución vigente ha sido modificada cientos de veces. Las preguntas obligadas: ¿es acorde a nuestra realidad actual? ¿Cumple con su función? ¿Da respuesta a los reclamos principales de la sociedad? Si es así, ¿quién falla, el texto constitucional o los políticos? Pues recordemos, “fallan los hombres, nunca las instituciones”. ¿O no, estimado lector?

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