Lorenzo Rafael
La Academia de San Carlos, importante recinto de la cultura nacional, cumplió 234 años de existencia. Para conmemorarlos realizaron una exposición con obras de su fundador, el grabador Jerónimo Antonio Gil, y de sus discípulos en las galerías antiguas, donde exhibieron importantes medallas correspondientes al periodo de las Reformas Borbónicas, documentos, libros, dibujos y esculturas, con grabados de Jean Le Pautre y Alberto Durero, y una muestra representativa de la producción numismática de 50 años de vida profesional del más importante creador mexicano, Lorenzo Rafael.
La medallística es una de las cuatro ramas en que se divide la numismática, tiene sus primeros antecedentes en la Roma clásica, donde fue costumbre resaltar hechos sobresalientes con la efigie del emperador. En siglos posteriores, en la Italia renacentista, la rescataron, dándole un uso más profundo para que fuera un agudo transmisor de hondos pensamientos y proclamada arte.
Elaborar una medalla implica virtuosismo, estética y rigurosa técnica, además de inspiración. Una medalla es observación y cálculo, es síntesis y sugerencia, es carácter y emoción, es un monumento artístico en miniatura. La medalla como obra de arte atiende a su trascendencia humana al conmemorar algún proceso o efeméride importante y se evoca en el tiempo y en la historia personajes, acontecimientos de carácter social, humano, público y privado, locales o universales, permanentes o fugaces.
Asimismo, ofrece al espectador un desbordamiento de arte en miniatura, en donde se exaltan los elementos narrativos, inmateriales y estéticos, afirma el doctor Luis Gómez Wulschner. La medalla, como cualquier obra de arte, no escapa al escrutinio sensible y esencial de las cosas, generando nuevos valores y rangos de aproximación e interrelaciones entre el observador y la pieza, en sí a esto se le llama “lo interpretativo”, así, el vínculo entre lo genial y lo posible; el catalizador es el grabador, el artista de buril que logra, con su talento, plasmar, en lo posible, la memoria de un suceso.
La tradición del grabado en hueco de México se inició en 1778 por el zamorano Jerónimo Antonio Gil, quien, con el superintendente de la Casa de Moneda, Fernando J. Mangino, estableció la Real Academia de Artes de San Carlos de la Nueva España. Gil fue director general del ramo de grabado, hasta su muerte en 1798. Su producción fue tan bella como numerosa. En el siglo XIX destacaron Francisco Gordillo, José Ma. Guerrero, Luciano Rovira, Cayetano Ocampo, Sebastián Novalón y Tomás de la Peña, en el XX sobresalieron Enrique Alciate, Manuel Centurión y Lorenzo Rafael (padre), quien, felizmente, heredó esta tradición a su hijo, el escultor-grabador Lorenzo Rafael (hijo), a quien se le ubica como el número uno en el arte y proyección de la medallística moderna mexicana. Su quehacer es vasto en este campo y, a lo largo de cinco décadas, crea miles de medallas de todos los tamaños, formas, metales y motivos posibles. Cada una de ellas reflejo de un excelso grabado y calidad artística.
Sus contribuciones han sido talentosas, estéticas, delicadas, con profundidad del grabado y rico detalle que, en su conjunto, componen el pensamiento y el alma de la medalla misma. “No sólo es darle forma a un metal, sino sentido a las miles de medallas que han salido de mis manos. En cada una de ellas ha ido una parte de mí”, dice Lorenzo Rafael.
Su fecundo trabajo lo encontramos en toda la República Mexicana, América del Sur y Europa, igual en empresas, organizaciones sociales, filantrópicas, instituciones públicas y privadas, universidades, sociedades culturales y religiosas, gobiernos federal y estatales.
A la UNAM le graba los premios al Mérito Universitario, medallas Justo Sierra, Alfonso Caso y Gabino Barreda, a sus Institutos, Facultades y Preparatorias.
Lo mismo estatuas, bustos, relieves monumentales, medallones y monumentos. Lorenzo Rafael, maestro en artes plásticas, ha recibido múltiples galardones, premios, homenajes, nacionales e internacionales.
Autor de diversos textos, el también pintor es digno de reconocimiento, ¿o no, estimado lector?
