Escultura
Los Satelucos están de luto. Muchos de nosotros ya no vivimos por ahí, pero no olvidamos nuestra infancia en esa zona limítrofe de la Ciudad de México: los suburbios. Seguimos visitándola por diversas razones: familia, amigos y añoranza. Hace unos días, unos amigos ...
Los Satelucos están de luto. Muchos de nosotros ya no vivimos por ahí, pero no olvidamos nuestra infancia en esa zona limítrofe de la Ciudad de México: los suburbios. Seguimos visitándola por diversas razones: familia, amigos y añoranza.
Hace unos días, unos amigos satelucos postearon en sus muros de Facebook una foto que nos rompió el corazón: el símbolo de Plaza Satélite, una estructura de metal que estaba en el centro mismo, había desaparecido. Ahora está desarmada, tirada en el suelo.
Plaza Satélite sufre una remodelación y, al parecer, el nuevo diseño ya no tendrá esta escultura, obra del artista francés Olivier Seguin. Dicen que van a reubicarla, que la pondrán afuera de la Plaza. Eso espero. Me gustaba esa escultura, me gusta. Y más me gusta el fenómeno de apego que un símbolo de metal en una plaza comercial puede generar en el ser humano.
¿Por qué somos así? No sé si Olivier Seguin supiera —o haya previsto en 1971— que muchos niños utilizaríamos esa escultura como lugar de juegos. Corríamos por entre los pasillos que formaba la escultura, como si fuera un laberinto, un espacio mágico. Te transportaba. Jugar a las escondidillas era lo normal, pero aun estando solo podías echar a volar tu imaginación. Yo me sentía como en Fuga en el Siglo XXIII, ese programa de televisión donde Logan y su compañera Jessica 6 están buscando el Santuario. El lugar donde antes vivían —del cual escaparon— era así como Plaza Satélite, y el símbolo era eso: el Futuro. Había unos cines allá abajo a un lado de la estructura y jugábamos antes de entrar al cine. La proyección era malísima y cortaban la película a la mitad indiscriminadamente para que hubiese un intermedio que sólo servía para lograr que el público se levantara a comprar palomitas y refrescos, o sea, vender más. Una plaza, un mall, es para vender y todo está diseñado para eso. Y nosotros no nos damos cuenta y nos encariñamos, por ejemplo, con el símbolo. Que gran artista Seguin para lograr esto.
Ahí arriba, alrededor del símbolo, antes había una estructura forrada en tela tipo alfombra que servía para que te sentaras. Yo me la pasaba increíble en ese lugar mientras miraba a la gente. Podía pasar horas sentado sin hacer nada —un vago total—, observando a las familias, parejas, grupos de niñas o de niños dando vueltas como en un carrusel. Veía a la gente y me imaginaba su vida, su profesión, sus dramas. Escuchaba conversaciones ajenas. Me enteraba de cosas que no debía y esa información no me servía para nada, al menos no en ese momento, pero estoy seguro de que fue un gran aprendizaje para convertirme en escritor de ficción. A los pocos años quitaron ese lugar en el que te podías sentar, ¿por qué? Porque a los comercios no les conviene que estés sentado: el que está sentado no compra. Desapareció ese lugar y no saben cómo lo extrañé, le tenía un apego especial.
“Nos quitaron” el Toreo de Cuatro Caminos, pensamos, era de nosotros. Es obvio que no, era de un señor muy rico que ganó muchísimo dinero al venderlo y permitir que lo destruyeran, hicieran un mall y una ciudad entera ahí. Nos quejamos, gritamos. Aunque al rato iremos a gastar dinero a ese mall.
Pero cuando nosotros somos los que cambiamos o decidimos el cambio, no nos importa la opinión de los demás. Me corto el pelo así porque quiero, me tatúo lo que me gusta, me pinto el pelo de azul, aunque digan misa. Me encanta el ser humano, no lo puedo negar.
¿Se sentirá el mismo apego en la nueva localización de la escultura? Quién sabe. Lo que nunca podrán reubicar es mi recuerdo de estar con mis hermanos jugando ahí y a mi mamá gritándonos que ya nos tenemos que ir. Satelucos, no se entristezcan, disfruten el recuerdo, ése nadie nos lo quita.
¡Que vivan los satelucos!
