Escenarios para el fin del mundo

Una de las cosas que me gusta de la ciencia ficción es que puede ser leída para adelante y para atrás. “Para adelante” todas esas historias que tratan del futuro, en donde hay situaciones extraordinarias, y cómo el ser humano se relaciona con ellas: si existieran ...

Una de las cosas que me gusta de la ciencia ficción es que puede ser leída para adelante y para atrás. “Para adelante” todas esas historias que tratan del futuro, en donde hay situaciones extraordinarias, y cómo el ser humano se relaciona con ellas: si existieran las inteligencias artificiales, ¿qué problemas o situaciones habría?; si existiera el viaje en el tiempo, ¿cómo afectaría a la sociedad?; si nos encontráramos con un pueblo alienígena, ¿cómo sería ese encuentro?; ¿cómo será un mojado cuando colonicemos otros planetas?; ¿de qué manera nos llegará el fin del mundo?, ¿serán miles de bombas atómicas?, ¿algo caerá del cielo?, ¿nos invadirán?

Todas estas historias que se cuentan “hacia adelante” tienen sus raíces muy bien plantadas en el presente, que invariablemente se vuelve pasado. Es distinto el fin del mundo que se imaginaba alguien en Estados Unidos en los años cincuenta que el que teme un africano en el año 2015.

Por eso se puede uno imaginar las situaciones por las que el escritor estaba pasando al crear su texto. O sea: leerlo “para atrás”. Es ahí donde la ciencia ficción se convierte en un comentario de la sociedad actual. La mente del ser humano es compleja y le gustan las historias, está ávida de ellas. No entiendo por qué es así, pero somos millones de personas en este mundo los que preferimos cuestionarnos el presente no con datos duros sino con imaginación.

Es por ello que las novelas clásicas de ciencia ficción nos remiten al momento histórico en el que fueron escritas: 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451, Yo robot, Extraño en tierra extraña, Matadero 5. Estas obras trascienden el género porque el lector de la calle, ése que no sabe ni le interesa la historia de la ciencia ficción, se identifica con lo que está leyendo, aunque la situación sea de un mundo que “no existe”. Al leer el nuevo libro de Bef, eso fue lo que sentí: me identifiqué con los “momentos” a los que me remitía cada uno de los cuentos: hacia adelante y hacia atrás. Casi casi veía al Bef que los estaba redactando, a veces a mano, en máquina de escribir, en computadora, y creo saber por lo que estaba pasando, porque, al ser mexicano, más o menos contemporáneo, viví lo mismo que él.

Varios de los cuentos que vienen en Escenarios para el fin del mundo. Relatos reunidos de Bernardo Fernández (Bef) (Ed. Océano 2015), ya los había leído, pero como fue hace muchos años, algunos de ellos los olvidé por completo. Otros nunca los leí.

Todos aparecieron en alguna revista, en algún fanzine, en colecciones de cuentos. Así que es una suerte que por fin estén reunidos en un solo tomo para acercarse a ellos de nuevo o por primera vez.

Tengo mis favoritos: Las últimas horas de los últimos días, en donde dos jóvenes recorren la Ciudad de México vacía, esperando que llegue El Fin. Andan por el Centro Histórico, a veces en moto, en patineta, en auto eléctrico, hasta llegar a Plaza Satélite. Es triste. Sobre todo porque se percibe el amor que sienten los protagonistas en cada página.

Bajo un cielo ajeno, que lo leí por primera vez en un libro que compré en España, y que morí de envidia y admiración porque mi amigo Bef había publicado en la Madre Patria. Éste trata sobre un oaxaqueño que se va a trabajar a Marte para mandar dinero a su familia allá en la Tierra.

Y Wonderama, un mundo basado en los comerciales y programas de televisión de los años setenta, con todos sus iconos pop. Claro, ahí está Chabelo, pero bueno, él está desde siempre y seguirá, ¿o no?

 Este domingo 29 de noviembre voy a estar con Alberto Chimal presentando el libro de Bef en la FIL Guadalajara. Sólo espero que los escenarios del fin del mundo de Bernardo Fernández no se hagan realidad o, al menos, no pronto. Mejor leer estos cuentos como un comentario de nuestros tiempos. Así se siente menos feo.

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