Perros
“¿Cómo es que puedes hablar con los alacranes y no puedes ni siquiera voltear a ver un perro?”, me preguntó mi amigo El Chino, queriendo provocarme. Me contó que unos días antes había platicado eso con mi hermana, mi gusto por los alacranes y mi aversión a los ...
“¿Cómo es que puedes hablar con los alacranes y no puedes ni siquiera voltear a ver un perro?”, me preguntó mi amigo El Chino, queriendo provocarme. Me contó que unos días antes había platicado eso con mi hermana, mi gusto por los alacranes y mi aversión a los perros. Yo no diría que es aversión, pero los amantes del mejor amigo del hombre así lo perciben. Tampoco amo a los alacranes, pero no pueden comprender cómo es que yo traté de la manera más correcta y respetuosa a estos seres despreciables y, en cambio, no pueda hacerle una caricia a sus tiernas y peludas mascotas.
En primera, un alacrán no es más despreciable o tierno por la forma en que se ve o actúa. Tampoco lo es un perro o un murciélago o un delfín o una tarántula o un león o una boa o un armadillo. Todas esas consideraciones se las ponemos nosotros, los seres humanos, que nos creemos los reyes del universo. Pero, bueno, entiendo que un alacrán venenoso no cuente con la popularidad de otros seres del reino animal. Tampoco es que yo tenga un alacrán por mascota y lo saque a pasear con correa todas las tardes. Pero asumo mi responsabilidad y culpa por andarles contando mis experiencias. Quién me manda.
Y de veras, lo que tengo con los perros no es aversión, se los juro. No es que los perros me caigan mal. Pero tampoco me caen bien. Me son indiferentes. Es como si fuera autista en relación a esos seres de cuatro patas y una cola. No me generan la ternura que veo que aparece en la cara de los demás al verlos. A veces he pensado que soy un “analfabeta de perros”. No sé leerlos, no me generan nada: como si fueran unos garabatos que no me comunican lo que deberían, aunque los demás puedan leer libros, enciclopedias, yo no.
Cada vez que ando en la Condesa siempre paso por uno de los tantos lugares que hay en esa colonia que venden alimento y demás cosas para mascotas, ahí tienen un pizarrón en donde ponen frases, citas famosas o pensamientos en relación a sus queridos animales: “¿Qué fuera de este mundo sin perros? Lo mismo que tu vida sin sonrisas”, decía una vez. ¿Será?
Acá en Tepoz, donde vivo, hay un montón de perros por todos lados. Andan en la calle y por los cerros. Parecen animales sin dueño, pero resulta que sí tienen, nomás que andan así, sueltos. Ladran y ladran, enseñando los colmillos a todo aquel que se acerca, no distinguen entre un ladrón y un mero paseante. No sé qué dirían los que escribieron en el pizarrón aquel de la Condesa si se enfrentaran a una jauría como la que hay en varias veredas de este Pueblo Mágico. Yo digo que saldrían corriendo, aterrados, temblando, ¿Y las sonrisas? Bien, gracias, se las debo para la próxima.
El año pasado unos perros mataron a una persona por acá. Salió a correr a las 6 de la tarde y ya no regresó. Unos perros lo atacaron. No sé más del asunto, pero no es una leyenda urbana. Recuerdo que cuando estábamos grabando en Los Ángeles, en uno de estos programas tipo Primer Impacto alertaban a la población latina de cierto barrio acerca de que había un rottweiler suelto que ya había matado a un niño y mordido a varias personas. Mostraban fotos bien tiernas de las mordidas de los perros en los brazos y piernas de las personas lastimadas. ¿Y las sonrisas? Bien, gracias.
Hoy vi una foto de un oso polar comiéndose un delfín. Al parecer es una escena poco común, que habla más del cambio climático que estamos sufriendo. Como les digo a mis hijas, no hay bondad ni maldad en que un animal se coma a otro. Con los seres humanos es otra cosa. Hacen el mal, sabiendo que está mal y hasta les da gusto y le echan más ganas.
Viéndolo así, me gustaría más ser un perro que pertenecer a los humanos. Aunque, claro, pediría que no me tocara alguien como yo de dueño. Ahora puedes sonreír.
