La misma película

De entre la nostálgica parafernalia de celebraciones septembrinas, evoco la figura delPresidente de la República, erguido, saludando sonriente a la multitud congregada en las aceras, a bordo de un automóvil negro convertible, rumbo a Palacio Nacional, para posteriormente trasladarse a rendir personalmente su Informe de Gobierno ante el Congreso de la Unión.

La noche del 15, un pueblo gozoso abarrotaba el Zócalo aguardando a que su Presidente diera el Grito, al igual que a la mañana siguiente vitoreaban el animado desfile militar. México estable y tranquilo, con una moneda cuyo inamovible valor se mantenía en 12.50 pesos por dólar.

Conmemoramos ser independientes, no obstante pertenecer a un universo globalizado del cual somos dependientes. Si la Reserva Federal de Estados Unidos sube o se percibe que subirá su tasa de interés, si el Reino Unido acepta el Brexit, si el precio del petróleo baja, si el señor Trump opina contra México, si la señora Clinton contrae neumonía, si a Chuchita la bolsearon, en todos los casos, nuestra moneda se devalúa, estando a punto de ser canjeado un dólar por un billete de 20 pesos. A la fecha, considerando el dólar a 19 mil 500 pesos —sin recorte de ceros—, la devaluación del peso en 40 años ha sido del 156 mil por ciento.

Cuántas veces hemos visto la misma película; inicia con el elogio a la solidez de nuestro superpeso, continúa con el calmo anuncio de una pasajera volatilidad financiera causada por eventos externos y culmina con un jalón a la paridad cambiaria del peso, que, gracias a nuestra cauta política financiera, nos afectó en menor grado que a otros países. Lo cierto es que el triunfalismo anticipado —como el administrar la abundancia— contenido en nuestro ADN nos impulsa a confundir realismo con buenos deseos.

Ahora afrontamos el incremento de 50% de la deuda pública en los cuatro años del sexenio, pasando de seis a nueve billones de pesos —50.5% del PIB—,  habiendo destinado cerca de dos billones al pago de intereses de la misma. La situación llega al extremo que el pago de intereses en 2017 — 18.9% más que en 2016— superará el monto destinado para educación — incluyendo la UNAM, el Politécnico y otras 6 instituciones federales de educación superior—, salud y desarrollo social juntos. Standard & Poor’s: “Vemos la tendencia histórica de la deuda, la realidad de un crecimiento económico bajo, inversión pública baja. Vemos presiones políticas para seguir gastando. El gobierno no puede meter nuevos impuestos y todos esos factores elevan la preocupación de que la relación deuda —Producto Interno Bruto— siga aumentando en los próximos años”.

El sector privado estima que el recorte económico de 1.5% del PIB en relación a 2016 frenaría proyectos de inversión, incrementaría el gasto asistencial, así como servicios personales y pensiones, restringiría el crecimiento económico y congelaría la inversión privada.  Dicho sector propone un recorte adicional de 50 mil millones de pesos, dejando de pedir prestado para cubrir el gasto corriente, además de dejar intactos programas sociales y de infraestructura.

El ingreso petrolero en cuatro años se ha contraído 25% y para 2017 el secretario Meade estima otra caída de 15% con respecto a 2016, compensándose con un incremento del 10% de ingresos provenientes de sectores ajenos al petróleo. Se proyecta producir un millón 928 mil barriles por día en 2017. El recorte presupuestal no afecta a los 104 mil jubilados pensionados por Pemex, quienes percibirían en 2017, 53 mil 795 millones de pesos. La CFE cubrirá entre sus 45 mil 340 trabajadores jubilados 59 mil 115 millones de pesos. El IMSS destinará ¡349 mil 333 millones de pesos para pago de pensiones! y el ISSSTE 190 mil 804 millones de pesos. En conjunto estas cuatro entidades asignarán 653 mil 725 millones de pesos de su presupuesto para pensiones y jubilaciones. Imposible proyectar un presupuesto sano con tamaño lastre.

Recortar la ya limitada asignación a educación, ciencia y tecnología es hacernos harakiri colectivo, es sacrificar el futuro de nuestros hijos y nietos. Recortar la inversión en infraestructura, desarrollo social y salud es resignarnos a ser un país del montón, navegando al garete. Poco hacen en descargo de su justificado desprestigio los magistrados del Poder Judicial, los consejeros electorales, los diputados y senadores del Legislativo, cuyas inalterables percepciones o dietas son intocables.

Tropezamos con la misma piedra, ¿podría ser distinto si insistimos en seguir proyectando la misma película?    

Temas: