De la cima a la sima

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José Rubinstein 04/07/2014 01:54
De la cima a la sima

La parafernalia en torno a los distintos dignatarios del orbe, hace ver a éstos ante el ojo público como notables e intocables personajes instalados  más allá del bien y del mal. Observar —cada vez más seguido— a exmandatarios sentados en el banquillo de los acusados respondiendo como cualquier mortal a imputaciones en su contra es evidente muestra de lo efímero del poder.

Esta ocasión el imputado en turno es nada menos que el expresidente de Francia, Nicolás Sarkozy —2007 a 2012— , detenido hace unos días e interrogado por espacio de 15 ininterrumpidas horas en la oficina anticorrupción de la policía judicial, en Nanterre, a las afueras de París. Junto con Sarkozy fue inculpado su abogado, por tráfico de influencias. Sarkozy es el primer Presidente en 55 años de la Quinta República puesto “bajo vigilancia”, privado de su libertad en una comisaría. Ya en 2012 Sarkozy fue extensamente interrogado en relación al tan sonado caso Bettencourt, referente a supuestas donaciones impropias recibidas en su campaña presidencial por parte de la heredera del imperio de L ´Oreal. Justamente dos años atrás, tanto el domicilio como la oficina de monseiur Sarkozy habían sido ya allanadas por la policía de la brigada financiera en busca de elementos relacionados con Liliane Bettencourt.

Un antecedente similar al aludido, ocurrió en 2011 cuando el expresidente Jacques Chirac, también conservador, fue condenado a dos años de cárcel  por el asunto de empleos ficticios del Ayuntamiento de París, sucedido durante su gestión como alcalde de la ciudad Luz, sentencia que el expresidente se vio exento de cumplir.

Nicolás Sarkozy ha sido inculpado formalmente por los delitos de corrupción activa, tráfico de influencias y encubrimiento de violación del secreto profesional. Según el periódico Le Monde, el gobierno francés ha interceptado las conversaciones telefónicas sostenidas por Sarkozy desde septiembre 2013 y es a partir de las mismas que se desprende el posible financiamiento del gobierno libio de Muammar Kadafi a favor también de la campaña presidencial de Sarkozy en 2007, por 50 millones de euros. La pena por tráfico de influencias y por abuso de poder en Francia es de hasta cinco años de prisión y multa de hasta 500 mil euros.

Y es en la presente circunstancia en que Sarkozy, aparentemente en la lona, se dispone a contraatacar, sugiriendo su determinación por retornar a la arena pública y buscar contender nuevamente por la Presidencia en 2017, lanzándose a acusar públicamente de parcialidad a los dos jueces que lo han imputado, así como a los socialistas en el poder, incluyendo al Presidente François Hollande por maniobrar en su contra en el humillante, grotesco y difamatorio proceso que se le sigue: “Nunca he cometido un acto contrario a los principios republicanos o al Estado de derecho”. En respuesta a la imputación de intentar sobornar a un magistrado —tercer acusado— ofreciéndole un alto cargo en Mónaco, situación que no ocurrió, Sarkozy inquiere: ¿dónde está el tráfico de influencias? Inesperadamente, la adversaria política de Sarkozy, la ultraderechista Marine Le Pen se manifestó a favor de éste: “Parece una instrucción más empeñada en humillarle que en investigar lo sucedido”. No tengo nada que reprocharme, dijo un orgulloso Sarkozy, al tiempo que comparaba a la policía francesa con la Stasi de la Alemania del Este de la postguerra.

Cierto, nadie por encima de la ley, pero la misma no puede ni debe ser instrumento utilizado desde el poder sin aportar pruebas contundentes para desprestigiar, difamar o descalificar a un latente adversario político. Sarkozy es tan inocente o culpable como el color del cristal con que se le mire.

                *Analista

                jrubi80@hotmail.com

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