Al PAN, pan y el que vino, vino

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José Rubinstein 28/02/2014 02:30
Al PAN, pan y el que vino, vino

Acreditar una marca requiere enorme esfuerzo. Reposicionar una marca constituye una titánica proeza.

A lo largo de las décadas, a partir de los 40 del pasado siglo, ante el uso y abuso del PRI en el poder, germinaba un idealista grupo de visionarios, que desde su modesta trinchera, Acción Nacional, picando piedra, participando y apechugando en las elecciones posibles, a pulso fueron desarrollando el genuino anhelo de cambio, de llegar a gobernar con capacidad y honradez, con equidad y sin corrupción. Austeras oficinas en el número 7 de Serapio Rendón, a las que acudían inquietos intelectuales inspirados en la doctrina social de la Iglesia católica, reforzada en el liberalismo político. Frente a los exagerados piadosos, surgía la pragmática figura de Manuel Gómez Morin,  quien consideraba que religión y política no debían mezclarse. “Meones de agua bendita”, llegó a llamar  el fundador del PAN a los panistas de excedido fervor religioso.

Un parteaguas definitivo que culminó con la apacible comparsa que implicaba el PAN en el espectro nacional fue la postulación presidencial en 1958 del combativo representante del sector juvenil Luis H. Álvarez —hoy de 94 años—, quien había ya contendido en 1953 por Ciudad Juárez y en 1956 por Chihuahua. Otro episodio crucial a considerar es el cisma originado al interior del PAN en 1991, propiciado por el reclamo de algunos prominentes miembros, contrarios al acercamiento al régimen de Carlos Salinas de Gortari. De allí surgió la escisión del llamado Foro Democrático, emigrando del PAN Pablo Emilio Madero, Bernardo Batiz,  Jesús González Schmal y José González Torres, principalmente. Sin embargo, dicho acercamiento condujo a las llamadas concertacesiones. Ya en 1989 se había declarado al primer gobernador panista, Ernesto Ruffo en Baja California, luego en 1991, Carlos Medina Plascencia, gobernador interino en Guanajuato, y a partir de 1992 Francisco Barrio gobernó Chihuahua.

El PAN fue acumulando cada vez mayor participación del entorno público. En 1994 parecía que el PAN ganaría la Presidencia de la República vía Diego Fernández de Cevallos, quien tras su victorioso debate del 12 de mayo de dicho año —por lo que haya sido— se eclipsó. Fue en 2000 cuando el candidato Fox aprovechó la zanja abierta por El Jefe Diego. Lo absurdo, entró a Los Pinos el caballo, pero con el jinete equivocado, Fox no era panista. En su turno, Felipe Calderón, panista de cepa, incorporó —metafóricamente— la oficina del partido a las de la Presidencia, pretendiendo llevar las riendas del PAN a través de los dóciles y tibios Germán Martínez y César Nava. Con Gustavo Madero, la gata le salió respondona y ya no le fue posible al Presidente instalar a Roberto Gil Zuarth al frente del partido.

Josefina Vázquez Mota, a pesar de haberse impuesto inobjetablemente en las elecciones internas para la candidatura a la Presidencia de la República a Ernesto Cordero, favorito del presidente Calderón, desgastada y aislada, cayó a un lastimoso tercer sitio.

Hoy, en víspera de elegir nuevo presidente del PAN y luego de patadas bajo la mesa, espionaje telefónico, descalificaciones un día sí y el otro también, la favorita en la contienda, Josefina Vázquez Mota decide abstenerse de participar, por lo que de un reducido grupo de panistas emergerá su próximo líder.  Ernesto Cordero se aferra a su candidatura, Juan Manuel Oliva sale de pesca y Gustavo Madero busca una nueva oportunidad para concluir pendientes. El PAN actual ha desvirtuado básicos ideales fundacionales, incurriendo en acciones similares a las antes criticadas.

En tiempos normales resultaría ofensivo firmar un pacto de concordia para conservar la civilidad y el respeto, evitar descalificaciones, calumnias y golpes bajos. ¿Política o box?

Reposicionar al PAN constituye una titánica proeza.

                *Analista

                jrubi80@hotmail.com

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