Estado de barbarie
La mayor defraudación de un gobernante es rehuir a su obligación de gobernar.
Hoy México se encuentra desbordado de violencia. Las escenas de las manifestaciones del 2 de octubre, en conmemoración de los 45 años de la matanza de Tlalteloco, revela el fracaso de la noción básica del Estado: el imperio del orden frente al caos.
El crecimiento de un ambiente cargado de ese nivel de resentimiento y confrontación social, es una cuestión evidentemente inducida por seudo liderazgos de izquierda radical que en realidad responden a antiguas lógicas parasitarias para obtener prebendas y beneficio del Estado. So pretexto de la anarquía sin una causa social concreta, se induce a miles de jóvenes y estudiantes a la confrontación civil, con el único fin de negociar desde la posición del chantaje.
Queda claro que quien organiza esa confrontación tiene como único fin generar la desestabilización con réditos. Lo que no es tan claro es la inacción de quienes detentan la fuerza del Estado y confunden que el ejercicio de restablecer el orden público es sinónimo de actos autoritarios y de represión. En ese sentido, el desconocimiento histórico de nuestros gobernantes radica en confundir los conflictos del pasado con los presentes, sin entender que lo que sucedió a finales de los 60 nada tiene que ver con lo que hoy ocurre. La razón es muy simple: hoy vivimos en un contexto nacional e internacional radicalmente distinto, con mucho mayores garantías y observación pública del aparato coactivo del Estado.
La mayor defraudación de un gobernante es rehuir a su obligación de gobernar, pues quien acepta tal responsabilidad parte del principio que le corresponde tomar decisiones difíciles y probablemente ingratas (como es imponer el orden), pero también entiende que no es una cuestión optativa sino imperativa.
Desde 1650, Thomas Hobbes dio uno de los más nítidos razonamientos a la razón de existir del Estado moderno: la necesidad de salir del estado natural y de la barbarie del que el hombre es propenso, para llegar a un estado civil al que se le delega la administración y control de la violencia. De no apostar por lo que él concibió como un sistema diseñado para restituir el orden, sobreviene la guerra de todos contra todos.
Este razonamiento es justo el punto medular de la violencia que hoy enfrenta la capital del país, pues ayer eran los maestros de la CNTE, hoy son los anarquistas del 2 de octubre y mañana muy probablemente serán grupos guerrilleros del EPR de Oaxaca o el ERPI de Guerrero. Todo parece indicar que existen unos gruesosvasos comunicantes entre unos y otros.
No hay otro calificativo que el de pusilanimidad frente a la actitud mostrada por las autoridades capitalinas, al ver su consentimiento tácito de las brutales agresiones que fueron objeto miembros de sus propias corporaciones policiales o ante la inacción de la destrucción de espacios públicos y de la propiedad privada, como fue el caso de las instalaciones de este periódico.
La pregunta que surge es qué es lo que tenemos que esperar para que las autoridades decidan actuar y cumplan con sus obligaciones de restablecer el orden público y tutelar los derechos de la inmensa mayoría. Esperemos que la respuesta a esa pregunta no sean consecuencias funestas y ante la impotencia que nos genera a diario no terminemos en ese estado de barbarie civil del que Hobbes nos alertó. En otras palabras, que ese hartazgo y desesperación de millones de capitalinos ante los atropellos tolerados no acabe en acciones de autodefensa civil que incluyan la pérdida de vidas humanas.
*Abogado y ex titular de la Fepade
