Un elogio del absurdo

Si porque viven lejos sólo los conocíamos de oídas, hoy realmente sufrimos a un Presidente white, anglo-saxon and protestant (wasp). Que piensa que la blancura es superioridad, no pigmentación. Que ser sajón o latino no es una raza sino una casta. Y que los no protestantes somos los hijos de un dios menor. 

Pero algo de bueno nos puede reportar el absurdo. La diferencia nos permite vernos, conocernos y calificarnos. En un mundo donde todos piensan, dicen y hacen lo mismo, quedan excluidas las posibilidades de identificarnos, de corregirnos y de mejorarnos. Sólo viendo al otro distinto y comparándolo conmigo mismo puedo apreciar lo que él tiene de bueno e imitarlo o lo que él tiene de malo y reafirmarme.

Las sociedades integradas por idénticos siempre han decaído por lo que yo llamaría isología u homología. El Reich alemán y la Confederación sureña fueron a la guerra porque absolutamente todos creían que la ganarían. Todos pensaron igual y todos se equivocaron. Por eso es un absurdo rechazar al “otro”. La alterofobia es una degeneración de la razón. De la pluralidad política, de la pluricomposición étnica y del pluralismo cultural no se ha arrepentido todavía ninguna nación.     

Desde niño, siempre me inclinaron por la lógica. A lo largo de la vida, creo que eso me ha servido en algunos tiempos y me ha estorbado en otros. Mi ilógica afición por la lógica me ha ayudado cuando han sido lógicos los tiempos y las circunstancias, los gobernantes y los jueces, la política y la economía. Es entonces cuando nos resulta fácil predecir, decidir y actuar. 

Pero mi ilógica afición por la lógica me ha llevado al chasco en muchas ocasiones. Por seguir “mi-lógica” estaba seguro que Escocia se escindiría del Reino Unido, que Colombia votaría por la paz, que nunca se daría el Brexit y que Trump perdería. ¡Qué bueno que no soy apostador!

Por esa misma razón, en marzo de 1994 yo me sentí como un estúpido cuando Carlos Salinas optó por Ernesto Zedillo y mi mente me decía que iban a terminar muy mal. Casi todos los salinistas estaban felices y yo, que estaba entre ellos, me sentía como en el chiste del chichicuilote. Pero en marzo de 1995 me convencí de que mi salud mental no se había extraviado. Con la ilógica detención de Raúl Salinas mi mente comprobó que Carlos y Ernesto terminarían muy mal. 

Ahora, hay sucesos que me desconciertan. Hay decisiones, designaciones y acciones que no alcanzo a comprender cabalmente. Por ejemplo, muchos de mis correligionarios de partido aseguran que el Partido Revolucionario Institucional va a arrasar en las elecciones presidenciales del 2018. Yo, contra mi deseo, creo que no le será fácil ganar. Pero, por el contrario, creo que le será muy fácil decidir quién gane. Trataré de explicarme.

El Partido Revolucionario Institucional  y sus aliados cuentan con algo así como 10 millones de votos duros. Si encuentran o contratan un buen candidato este podría agregar dos o tres millones. Pero la Presidencia se habrá de ganar por lo menos con 15 millones. Sin embargo, el Partido Revolucionario Institucional puede aliarse con el Partido de la Revolución Democrática, con el Partido Acción Nacional o con Morena y, con quién el Partido Revolucionario Institucional se alíe, ese llegará a Los Pinos sin que nadie lo pare. Más aún, en esa alianza podría tener las decisiones mayoritarias y los réditos preferentes. Pero soy una voz solitaria y, quizá, incómoda. Mi lógica choca con la de los que mandan.     

La Edad Media tampoco era lógica, pero el hombre tardó mil años en darse cuenta de ello. Ahora, nos parece ilógico que los medievales no tuvieran lógica. Para ellos, nosotros hubiéramos sido los ilógicos y nos habrían condenado a la hoguera. Ahora, ya he visto a muchos políticos lógicos que los han condenado a la exclusión y al ostracismo.

Viendo hacia el exterior me sucede lo mismo. Cuando el candidato Trump hablaba de un muro, yo suponía que era un discurso de político y no que se refería a ladrillos sino a endurecimientos. Es que soy un político, no un albañil. Recordé que, en mi infancia ilógica, pensaba que “la-Cortina-de-Hierro” era un telón más alto que las montañas. Unas cuantas palabras paternas me hicieron comprender. Todavía niño, se instaló un muro en Berlín. Pero no era para que no entraran, sino para que no salieran. Medía 20 cuadras, no tres mil kilómetros. Era una cárcel, no una frontera. Kruschev sería siniestro, pero no era estúpido. Kruschev era un político.

Porque las paredes no detienen nada. Una muralla mexicana frente a Guatemala no pararía la cocaína que viene de Colombia. No es un tema de ingeniería sino de corrupción. La cocaína no se mete, la meten. Hay narcotráfico en México y en Estados Unidos porque en ambos países hay consumidores y hay traficantes.

Así, los migrantes no se pasan sino que los pasan. Las autoridades corruptas de allá cobran, ahora, 30 mil dólares. Hace dos meses tan sólo cobraban 15 mil. El discurso presidencial les dio más dinero sucio.

A veces, mi lógica sufre pero el absurdo me conforta.

Twitter: @jeromeroapis

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