Que nada nos detenga
El día que Grupo Empresarial Ángeles lanzó la campaña que lleva este título, Olegario Vázquez Raña y yo disfrutábamos de un largo descanso finsemanero. Allí, tomando café en un hermoso jardín tapatío, me explicó los motivos que lo inspiraron a él y a su hijo para ello. Me parece apropiado compartirlo y no reservármelo en el egoísmo de los secretos.
Para comenzar, me dijo que el tema de México y de los mexicanos no se instala en pelear contra Donald Trump sino en pelear por México. Esto es la esencia de un posicionamiento. Lo que haga Trump en su gobierno y en su destino no es el tema. El tema que nos atañe es lo que le haga a México.
Porque, además, no tenemos un pleito contra el pueblo de Estados Unidos. Ya dijimos que ellos son quienes más nos compran, quienes más nos visitan y quienes más empleos nos ofrecen. Que nosotros somos de sus mejores compradores, de sus mejores visitantes y de sus mejores socios.
Que, por eso, corresponde a nosotros velar por México. Y es aquí donde me quedó en claro que la responsabilidad de México sólo le corresponde a los mexicanos y a nadie más.
Quizá si nos sacan del TLC nos favorece que México está muy capacitado. Es un país que produce con alta calidad, que vende con bajo precio y que está integrado a una de las mayores redes de tratados comerciales que existen en el planeta. Si nos aplicamos, nos va a ir muy bien. Es cierto que México le vende la cuarta parte de sus exportaciones a Estados Unidos. Pero si nos cerraran la puerta, ese monto se colocaría en otra clientela.
Pero lo importante es el nacionalismo, no como factor romántico, sino como elemento real de inversión y de trabajo. Fue por eso por lo que le lancé a mi amigo como seis preguntas cuyas respuestas ya sospechaba, pero que me comprobaron mucho de lo que siempre he apreciado en él. Me refiero a su nacionalismo.
Para comenzar, le pregunté: ¿cuántos hoteles tenía fuera del país? La respuesta fue que ninguno. Proseguí con ¿cuántos hospitales? Respuesta, ninguno. Continué con ¿cuántos bancos, televisoras, radiodifusoras o periódicos? Respuesta, nada fuera de México. Desde luego repregunté si ¿ningún hotel en la República Dominicana o en Brasil? Nada. Si ¿ningún hospital en Costa Rica o en Argentina? Nada de nada. Ni siquiera, ¿algún negocio en la tierra natal de sus padres? Misma respuesta. Nada.
Esto es todo un retrato de un empresario nacionalista. Le expliqué que mis preguntas tan directas provienen de un estilo de abogado y que sospechaba las respuestas, mismas que me enorgullecieron de mi amigo, más que nunca. Entonces me dijo, con emoción, que cuando sus padres llegaron a México lo hicieron en la mayor estrechez. Que fue México quien le brindó a ellos y a sus hijos, ya nacidos mexicanos, la oportunidad del trabajo, del logro y hasta del éxito. Que México había sido su única apuesta y que así lo seguiría siendo. Que no cabría otra bandera en su vida.
Pero prosigo con algo que me parece esencial y que ya he comentado en algunos de mis libros y que aprendí de Josué de Castro. Nuestro apego a nuestras tradiciones. En ese fin de semana, que él diseñó personalmente, la primera noche fuimos, con nuestras esposas, a cenar pozole a un lugar muy típico, muy sencillo y muy sabroso. Al siguiente día nos llevó a comer lengua en salsa verde.
La comida es el medidor esencial de nuestros gobernantes y de nuestros empresarios. Tengamos cuidado si prefieren la salsa bearnesa que el guacamole. El Wellington que la Tampiqueña. O la sopa de cebolla que la sopa de tortilla.
Pero también es un indicador la ubicación de los lugares de recreo que son, al final de cuentas, los lugares de algún aprecio. Y, por eso, le pregunté si tenía casa de descanso en Houston, en Miami, en Nueva York, en París o en otro destino lujoso y presumido. Solamente una casa en el modesto pueblo natal de sus mayores, en España. Sus otros espacios de descanso son Cuernavaca y Acapulco.
Pero todo esto es circunstancial y lo esencial de su mensaje es que México es y debe ser nuestra única apuesta. Que nadie va a ver por nosotros si no nos miramos nosotros.
Ésa sería la diferencia entre la buena suerte y los milagros. La buena suerte sería sacarse la lotería comprando el boleto premiado. El milagro sería sacársela sin siquiera comprar boleto. La consecuencia es la misma, pero el origen es el distinto.
Todo esto nos lleva, en el terreno de la política real, por cierto la única en la que creo, a facilitar nuestras decisiones ciudadanas y hasta las gubernamentales. Nunca vamos a recuperar Texas ni California. Pero sí podríamos recuperar Monterrey y Acapulco. Nunca llegará una nave mexicana a la Luna, pero sí podemos llegar a la reforma política, económica, social y cultural. No vamos a ganar el mundial de futbol, pero sí podríamos ganar dignidad, seriedad y credibilidad.
Ésa fue la charla con mi amigo.
