La línea del tiempo
El tiempo nunca se retrasa ni se anticipa.
No requiere dirección ni auxilio por su plena autonomía. No se descompone ni se equivoca porque es infalible. No necesita energía
por su total suficiencia. Siempre ha existido
y siempre existirá porque es eterno. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto.
Pero, además, es el único sistema perfecto que conocemos y la única perfección con la que convivimos. El tiempo debiera ser estudiado a profundidad por todos los hombres y, muy especialmente, por los políticos. Toda escuela de ciencia política debiera tener a la Cronología como asignatura obligatoria. Cronodiagnosis, Cronoprognosis y Cronometría debieran ser talleres prácticos para los jóvenes que aspiran a gobernar.
En la escuela preparatoria, mi maestro de Doctrinas Filosóficas nos explicaba diversas teorías sobre la naturaleza del tiempo. Recuerdo dos de ellas. Una sostiene que el tiempo es lineal y, por lo tanto, irrepetible. La otra sostiene que el tiempo es circular y, por lo tanto, recurrente.
Sin embargo, ninguna se opone a considerar al pasado como un hacedor del futuro. Aquí es donde el político está obligado a reconocer que mucho de lo que está sucediendo es consecuencia de lo sucedido en el pasado. Que el 2017 es hijo del 2016 y nieto de los años anteriores. Pero, asimismo, que el 2018 y todos los que siguen serán su progenie, su estirpe y su linaje.
Está perdido el político mexicano que no entienda lo que pasó hace 150, 100 o 50 años, así como lo que pasó hace 150, 100 o 50 días. Pero tengo el temor de que algunos de nuestros gobernantes no tienen la idea clara de que 1867 y 1917 fueron dos de los más importantes en un recuento de 200 años mexicanos.
No me refiero a que el político sea un historiador, sino un decodificador. La historia y la política no sólo distintas sino, en muchas ocasiones, distantes. Para Richard Morris, la política es la persecución del poder, mientras que la historia es el relato de esa persecución.
Dos libros, ahora clásicos, vienen a mi memoria sobre estas ideas. Uno de ellos, La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset. El otro, La Rebelión de Atlas, de Ayn Rand. Pero me asalta, también, el recuerdo de la rebelión de La Fronda, iniciada por impuestos, complicada con intrigas de gobierno y culminada en una aleación de la popular “Fronda parlamentaria” con la elitista “Fronda de los príncipes”.
Si esto lo pasamos a nuestro humilde acontecer del día, podremos ver que el gasolinazo es una simple medida de tributación fácil e instantánea y la consecuencia de un desabasto por irresponsabilidad, por ignorancia o por incapacidad. Es decir, porque no supieron, porque no quisieron o porque no pudieron. Se decretó para este año pero se gestó hace mucho tiempo.
Esto ha causado enojos populares que, desde luego, se convertirán en adversidades electorales, callejeras, mediáticas y podría ser que hasta históricas.
No estoy en contra de las rebeliones por sí mismas. Muchas han sido las que ponen orden en un mundo caótico. Algunas, promovidas por las élites como la francesa, la estadunidense y la mexicana. Otras, impulsadas por las masas, como la rusa y la china. En todas, sin excepción, el motor fue el dinero. En las de masas, la insuficiencia de los salarios y la inclemencia de los precios. En las de élites, la insuficiencia de los réditos y la inclemencia de los impuestos.
Pero en contra de lo que sí estoy es de que no todos los gobernantes pudieran percibir el motivo real de la confrontación. Que no sepan si es de precios o es de clases o es de partidos o es de proyectos o es de generaciones o es de personas o es de países. Porque sólo sabiendo qué es lo que está en la liza se puede llegar a la comprensión, a la aplicación y a la solución.
Frente al enojo del pueblo existen cinco posiciones que podría adoptar el actual gobierno. La primera sería una actitud sensata, consistente en aceptar el disenso ciudadano, rectificar los pasos y buscar aliados. La segunda, contraria a ésta, sería una posición pueril. Considerar que la culpa siempre la tienen los demás. Que al actual gobierno no le sirve este sistema, no le sirve este pueblo y no le sirve este país.
La tercera sería la indiferencia y la desatención. No los oigo, no los veo y no los siento. La cuarta sería la posición depresiva. Que todo se vaya al diablo. Que lo que pase de malo se lo merecen este electorado estúpido, estos opositores perversos y este pueblo ingrato. La quinta sería la posición colérica. El rencor, el desquite y la represión. Ésta es la más peligrosa y la más indeseable de todas las hipótesis.
Estos relatos tan sólo son para explicarme en la vigencia del pasado y que los años no siempre terminan el 31 de diciembre, así como los sexenios no siempre duran seis años. Porque la verdadera ecuación del tiempo político no reside en cuánto dura el mandato, sino en cuánto dura el poder.
Twitter: @jeromeroapis
