Las garantías de la Reforma Energética

Hay quienes dicen que la producción de hidrocarburos alcanzará los niveles deseados en cuatro años, mientras que otros lo pronostican para dentro de diez años. Esta programación, aún siendo importante no es lo esencial. El propio gobierno no festina la rapidez y advierte la paciencia.

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José Elías Romero Apis 22/08/2014 00:49
Las garantías de la Reforma Energética

La reciente Reforma Energética y las consecuentes rondas que habrán de venir instalan algunas incertidumbres que, desde luego, no podemos menospreciar. Pero, a su vez, reportan sólidas garantías que pueden ser tomadas como fuertes seguridades.

Yo casi no sé nada de energía ni de economía. En estas materias necesito lazarillo. Pero tengo a los mejores, entre mis amigos, y sé recurrir a ellos. En cuestiones de leyes, de lógica y de política no soy tan cegatón, pero, también, me procuro el auxilio de aquellos que ven mejor que yo.

Es por eso que creo que la reforma tiene una factura de alta política. Es cierto que ya escuchando muchas de las posiciones de los escépticos,  mismas que contrastan con el posicionamiento de los creyentes. Porque hay quienes dicen que la producción de hidrocarburos alcanzará los niveles deseados en cuatro años, mientras que otros lo pronostican para dentro de diez años. Esta programación, aún siendo importante no es lo esencial. El propio gobierno no festina la rapidez y advierte la paciencia del caso.

También hay quienes dicen que la inversión privada, nacional y extranjera, hará largas “colas” porque nuestra oferta es suculenta y apetitosa. Que, por ello, las subastas de las licitaciones serán muy redituables. Pero otros dicen que los ricos no se interesarán demasiado y podrían hasta desairarnos, con lo que tendríamos que rematar nuestros tesoros.

Entre mis amigos a quienes recurro para que me guíen está, por ejemplo, Francisco Labastida, de quien se ha dicho que es nuestro “Ortiz-Mena” en materia de energía. Respetado, dentro y fuera de México, como uno de los grandes conocedores de la materia y siempre generoso con su sabiduría, que nunca la regatea ni la marchantea.

En una reciente emisión del programa que conduzco para Excélsior Televisión nos explicó que ni Pemex ni la CFE se venden ni se venderán, ni total ni parcialmente. Que la paraestatal se reserva los mejores campos de explotación, los más seguros y los menos onerosos. Que lo que se licitará será de muy buen resultado para nuestra economía y nuestras finanzas. Que los precios del gas y de la electricidad descenderán en un plazo razonable tanto para el consumidor intermedio como para el final. Que no se enajena la soberanía ni se hipoteca el patrimonio.

También me dijo, lo mismo que Rubén Valdez, que estas son reformas que vienen gestándose desde hace 30 años, como asignatura de una agenda nacional y no como consecuencia de una ocurrencia personal.

Pero digo que me parece de alta política porque no tiene fracaso posible. Sus garantías son absolutas. Los políticos y los especialistas nos han dicho hasta el cansancio que nuestra situación energética no puede ser peor. Escasa producción o generación, casi nula exploración, insuficiente refinación, decadente exportación, total descapitalización, pobre tecnificación y mil cosas más que, desde luego, son ciertas.

Luego, entonces, si estamos de lo peor, ninguna reforma podría afectarnos. Si esta reforma no puede ser mala y, por el contrario, podría ser buena, entonces tiene un mérito, por modesto que este pudiera ser y no tiene ningún descrédito. Luego, entonces, si no se le quiere aplaudir, por lo menos debiera ayudársele a mejorar.

Esta reforma constitucional es tan sólo una reforma marco. No es valorativa sino estructural. El texto constitucional prohibía todos los contratos, los buenos y los malos. La reforma eliminó la prohibición de contratos petroleros y, por lógica contraria, ahora los permite, tanto los buenos como los malos. Corresponderá la depuración axiológica a la norma secundaria que señala los contratos que se puedan celebrar e, incluso, a la norma terciaria en los propios contratos, donde se establecerán las buenas o malas cláusulas.

No tiene pierde, además, porque es una reforma visionaria, valiente y patriota que no se atrevieron a hacer en el pasado, por más que muchos la anhelaron.

Incluso, si la reforma hubiere sido rechazada, el actual Presidente se exoneraría de toda culpa. Las calamidades que pasarían, en los futuros años mexicanos el desarrollo, el empleo, el presupuesto, la exportación, la economía, las finanzas y, quizá, hasta la estabilidad, no serían por culpa de Peña Nieto sino a causa de la terca sinrazón de quienes, por puro capricho, le regatearon a todo México un Estado de bienestar creyendo que, con ello, tan sólo perjudicaban a su Presidente.

Yo no pretendo elogiar a Enrique Peña Nieto. Es el Presidente de México y no necesita del elogio de un ciudadano tan insignificante como los soy yo. Pero creo que, en esto, ya ganó. Glorificada o anatematizada, la reforma ya tuvo un rédito político y no tenía la posibilidad de ningún costo. Si la reforma no funciona, nos quedaremos tan mal como antes, pero no estaremos peor. Y si funciona bien, como creo y espero que suceda, enhorabuena para todos.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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