Cuando nos toca, nos toca

El tiempo histórico casi siempre nos promete, pero no necesariamente nos cumple. Por eso, todos los pueblos han tenido que alternar sus momentos luminosos.

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José Elías Romero Apis 11/07/2014 01:12
Cuando nos toca, nos  toca

Para Carlo Pini, en esta mala hora.

 

Hace poco he recordado una muy vieja anécdota de un paisano mío de allá de nuestro pueblo de origen, en el norte del Estado de México. Resulta que este hombre, dedicado a la ganadería, sentía un miedo pánico al viajar en los autobuses de la época, en ese entonces rodeados de una fama siniestra de mortalidad accidental.

En sus viajes a la capital del estado o a la capital de la República, sufría la zozobra desde días antes de embarcarse. Muchas veces hubiera preferido invertir las 22 horas necesarias para ir y regresar de Toluca, a lomo de caballo. Pero se aguantaba y a la hora temprana que resultaba obligatoria, esperaba “la carroza” a pie de carretera, no sin antes haberse despedido de los suyos, otorgarles su bendición y surtirlos de consejos para el resto de sus vidas.

Pero resultó que, para confortarlo, un día víspera del viaje, su compadre y alcalde le dijo una verdad absoluta, aunque mal aplicada. “No tienes por qué preocuparte ya que, cuando nos toca, nos toca y, cuando no nos toca, pues no nos toca”. El ranchero le respondió con una lógica superior: “Dime, compadre, y, ¿cómo supiste que no me tocará mañana?”. “No lo sé”, dijo el edil. “Pues, entonces, mejor sí me preocupo”. 

Este sencillo relato nos pone de manifiesto lo peligrosa que es la filosofía utilizada por quienes no saben para qué sirve, como lo hizo el compadre munícipe. Así de peligrosos son el bisturí en manos de quien no es médico o las leyes en manos de quien no es abogado. Ni uno ni otro van a lograr salud ni libertad sino, por el contrario, quizá se hagan un daño irreparable. Lo mismo sucede con aquellos mensos que quieren meterse a la política, suponiendo que es muy sencilla la conducción del Estado.

Porque la muy manida frase que nos sirve de título puede ser consuelo ante los hechos pretéritos que son inexplicables. Tanto los funestos, como aquellos pobres infortunados que se encuentran con una bala perdida que nunca provocaron y los gozosos como aquellos dichosos afortunados que se encuentran con una presidencia nacional que nunca buscaron. Y juro que yo he sabido de ambos extremos donde les han regalado la bala o les han obsequiado la banda.

Pero nuestro aforismo no sirve para la adivinación del futuro, como se pretendió utilizar en mi relato. Por eso, el temeroso, pero inteligente viajero cuestionó su mal uso y su estúpida aplicación.

La anécdota me hace pensar que la historia, sobre todo la de la política, es muy rica en sucesos inexplicables, tanto felices como infaustos. Porque si vemos lo “que le ha tocado” a cada pueblo, tan sólo con sus gobernantes, advertimos que la vida no es línea recta ni tiene palabra de honor. Francia ha tenido a Luis XIV y a De Gaulle, pero también tuvo a Sarkozy. Inglaterra ha tenido a Isabel I y a Churchill, pero también tuvo a Chamberlain. Estados Unidos tuvo a Lincoln y a Roosevelt, pero también tuvo a Bush. De México ya ni hablo porque todos conocemos nuestra historia.

El tiempo histórico casi siempre nos promete, pero no necesariamente nos cumple. Por eso, todos los pueblos han tenido que alternar sus momentos luminosos con aquellos de penumbra. Esa es la verdadera alternancia del poder. Que en ocasiones se deposita y se enaltece en las manos de los gigantes mientras que, en otras, se refugia y se asila en las manitas de los enanos.

En 1960, por ejemplo, los estadunidenses tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Nixon y Kennedy. Pero tan sólo cuatro años después, no 20 sino tan sólo cuatro años, ese noble pueblo tuvo que acudir a las urnas para soportar el dolor de tener que elegir entre Johnson y Goldwater. Pero, además del dolor, el de sufrir la humillación de la vergüenza porque si esos eran sus candidatos fue en virtud de que no había mas de donde sacarlos. El verdadero fondo del drama es que, en ese oscuro momento de su historia, esos eran sus mejores hombres.     

Así es la inconstancia de la historia y la veleidosidad del destino. Sin embargo, no debemos ver la famosa frase como una invitación a la resignación pasiva, sino como una aceptación de la realidad cuando el destino la surte como inevitable y como irremediable. Lo ejemplifico con un gobernante muy ilustre del Oriente Medio.

Hussein, de Jordania, sufrió varios atentados en su juventud por lo que sus cercanos le recomendaron reforzar su seguridad personal. A ello, siempre contestaba “mientras no llegue mi hora, nadie podrá dañarme y, cuando llegue mi hora, nadie podrá salvarme”.

En efecto, gobernó un país rodeado de vecinos violentos, fanáticos y rencorosos. Por si fuera poco, su inclinación pro occidental lo hizo el blanco de odios irreversibles. Siempre siguieron atentando, pero nunca triunfaron porque su hora no había llegado. Murió viejo y en su cama, víctima del cáncer. Y, en ese momento, como lo profetizó siempre, nadie pudo salvarlo porque su hora ya había llegado.

                *Abogado y político.

                 Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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