El laberinto del discurso político

En materia de discursos presidenciales y ministeriales hay una regla que resulta casi de primaria. Si ese día habla el Presidente, los secretarios no deben hablar.

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José Elías Romero Apis 16/05/2014 01:56
El laberinto del discurso político

Este domingo los espero, canal 127 Sky/Cable, 19:00 horas.

 

En el programa semanal que Excélsior Televisión me ha encargado, este domingo platicaré con Manlio Fabio Beltrones, coordinador de la diputación priista. Adivino que será un coloquio de esos que se gozan. Tiene un discurso inteligente, directo y franco. Esa mezcla es deliciosa. Sabe que el discurso político es una combinación de palabras y silencios. Lo que se debe decir y lo que se debe callar. Por eso los invito. No hay de esto todos los días.

Hace unos días fui invitado a escuchar un discurso ceremonial del presidente Enrique Peña Nieto. Fue una de las mejores locuciones rituales que he escuchado en muchos años. La pieza daba para mucho. Pero, de inmediato, la opacaron las palabras de algunos de sus colaboradores.

En esta semana, aquí en estas páginas, hemos hablado algo de las reglas elementales de la política. En materia de discursos presidenciales y ministeriales hay una que resulta casi de primaria. Si ese día habla el Presidente, los secretarios no deben hablar. Si el Presidente habla diario, los secretarios nunca deben hablar.

Es muy claro que, con sus discursos, los colaboradores no deben opacar las luces de su jefe, ni distraer a sus escuchas ni, mucho menos, rivalizar con El-no-rivalizable. Así ha sido siempre y en todos los países. No es una regla de la cortesanía mexicana. Es un canon de la especie humana. Por eso, cuando vemos a un secretario que rompe la regla, podemos apostar que sus días están contados. Si el Presidente no se dio cuenta de ello, siempre tiene, a su alrededor, media docena de cercanos que se lo informarán antes del anochecer.

En ocasiones, el subordinado tiene que hablar casi simultáneamente a su jefe, porque así se le ordenó. Pero, también, debe ser cauto e inteligente con su discurso inferior, para no lastimar al superior.

Hace años, el Presidente de México asistía a un concurrido evento público. En algún momento, envió a uno de sus secretarios la orden para que usara la palabra. El menso colaborador le contestó que él era muy malo para decir discursos. Ya enfadado, el Presidente le aclaró que no le pedía un discurso. Que esos los decía él y que no lo necesitaba. Que, tan sólo, le platicara al público lo que estaba haciendo su secretaría. Que, al terminar, el Presidente les explicaría lo que esas acciones servirían a la vida de los mexicanos y al futuro de México.

Era claro que ese secretario no entendía el sentido político de lo que hacía todos los días. Pero, tampoco eso era importante. Lo importante es que cumpliera con las obligaciones de su ramo. Que construyera caminos, que curara enfermos, que educara niños, que mandara soldados, que recaudara impuestos, que apresara criminales, que sembrara milpas o que trajera turistas. No corresponde a ellos, sino al Presidente, saber y decir para lo que va a servir todo eso. Y esto último es el verdadero discurso político. Lo otro es un mero reporte de faenas.

Por eso, los políticos tenemos que ubicar y centrar nuestras palabras para no confundirnos y para no confundir a los demás. Recordemos a aquel lambiscón que le preguntaba al Presidente en qué lo podía ayudar y el mandatario le contestó: “Quédate callado, sentado y mirándome. No hables, porque me interrumpes en mis palabras. No te levantes, porque me estorbas la vista. No voltees la mirada, porque me distraes en mis pensamientos”. 

Lo entendió, lo obedeció y llegó hasta la gubernatura de su importante y rico estado.

Allá, en mis años juveniles, me resultaba importante la elaboración profesional de discursos, por encargo de varios políticos muy encumbrados. La tarea era muy bien pagada, para bien de mi sufrido presupuesto juvenil.

En cierta ocasión, me encontraba con un cliente en su imponente oficina, revisando la pieza que me había encargado. Le gustó mucho. Su agrado me satisfizo porque ese cliente era un magnífico orador político. Mi contrato se debía a su falta de tiempo no a su incapacidad tribunicia.

Cuando terminamos la revisión y, después de que lo leyéramos en voz alta, primero yo y él después, allí mismo en su oficina me invitó un whisky y nos pusimos a platicar. Me preguntó mi manera personal para hacer un buen discurso. Le contesté que no sabía cuál sería la mejor, pero le referí la que más me acomodaba.

Primero, poner en el papel todo lo que queremos decir porque nos gusta, porque nos envanece, porque nos reditúa o porque nos exalta. Luego, parafraseando a Miguel Ángel, debemos borrar todo lo que sobra. Lo primero es quitar todo aquello que está de más porque no lo quieren oír ni de nosotros ni de nadie. En segundo lugar, eliminar lo que no debemos decir ni allí o, quizá, nunca. Y, por último, utilizar la autocrítica más franca sobre nuestros gustos y deseos discursivos.

Si después de esto queda algo, ya tenemos el discurso. Seguramente, será bueno y apreciado. Si no queda nada, preparemos un inteligente silencio. El mejor orador político es el que sabe levantar muchos aplausos con sus silencios y no tan sólo con sus palabras.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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