Las autonomías: producto milagro o patito

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José Elías Romero Apis 02/05/2014 01:57
Las autonomías: producto milagro o patito

Este domingo platicaré con Eduardo García Villegas.

Canal 127, 19 horas

 

En un reciente artículo de mi compañero Raúl Contreras Bustamante me sorprendí por la profusión, casi abusiva, que hemos hecho con los organismos gubernamentales autónomos. Aclaro que nunca he creído que en la forma del Estado resida la esencia del Estado.

Es, precisamente, porque no confundo la forma con la esencia por lo que no creo que un organismo adquiera excelencia esencial tan sólo por dotársele de autonomía formal. Por el contrario, la vida me ha convencido de que la autonomía puede coincidir con la excelencia pero no ser la causa generatriz de ella.

Menciono, como casos concretos, dos instituciones donde la autonomía ha sido buena: la UNAM y el Banco de México.

En el primer caso, la autonomía ha funcionado de la mejor manera posible. La independencia de la Junta de Gobierno. El profesionalismo de los órganos de Rectoría. La integración del Consejo Universitario. La emancipación del Tribunal Universitario. Y la casi soberanía del Patronato Universitario. Todo ello ha aportado el autocontrol interno y la majestad externa que jamás hubiera logrado sin autonomía. Muchos podrán discutir si la UNAM es una buena o una mala universidad. Pero todos estarían de acuerdo en que sería una pésima universidad si el Gobierno hubiera estado manoseando dentro de ella.

Pero, para que la autonomía funcione bien, requiere de tres factores. El primero es la independencia. Que la institución esté libre de mandos que sean ajenos a sus propios intereses. El segundo es la profesionalización. Que sus mandos sean depositados en personas capacitadas, entrenadas y experimentadas, además de respetadas. La tercera es la integración. Que, en la toma de las decisiones superiores, estén representadas las voces de aquellos cuyo bienestar o protección inspiró el nacimiento y el establecimiento de esa institución.

Por eso, en los órganos de mando universitario están representados todos sus intereses. La sabiduría, la respetabilidad, los maestros, los alumnos, la justicia, las escuelas y hasta el cuidado de los dineros, que, siempre con sacrificio, le aportamos los mexicanos.

La segunda institución de las mencionadas es el Banco de México. Este banco central logró su excelencia casi desde su nacimiento. Gozaba de una independencia de facto que le permitía la inapelabilidad de sus decisiones. Sus directores duraban tres sexenios y nadie les repelaba. Sus cuadros eran profesionales de carrera. Y en su Consejo de Administración había una representación plural, inteligente y respetada.

Pero un día cambiaron las cosas. Alguien dijo que “las finanzas públicas se manejarían en Los Pinos”. Ese mismo día nuestra moneda se fragilizó, nuestra estabilidad se bamboleó. Nuestra inflación se disparó. Nuestra reserva se perdió. Nuestra paridad se desplomó. Nuestra confianza se acabó. Nuestro nombre se embarró. Sólo habría un remedio. Sacar del Banco de México las manos del gobierno, porque la historia demostraba que todo se deterioró cuando las metió.

Así, pues, crear autonomías que no van a gozar de verdadera independencia es muy peligroso. Designar, para su mando, a personas que le deban su quincena a los políticos es muy engañoso. Arrimar a sus decisiones a quienes no están calificados, entrenados ni experimentados es muy dañoso. No incluir a los intereses legítimamente protegidos es muy doloso.

Vemos, con reserva, que todos los días los partidos políticos se “parten el alma” por designar a los mandamases del IFE, hoy INE, así como de los órganos autónomos de la información y transparencia, de la evaluación educativa y de desarrollo social, de la competencia económica y de las telecomunicaciones, de los hidrocarburos y la regulación energética. Dejo a un lado, en esta nota, a los organismos encargados de los derechos humanos y de las estadísticas.

Por contraste, imaginemos que tuvieran que inscribirse y desfilar ante las comisiones congresionales los aspirantes a Rector de la UNAM, a miembro de la Junta de Gobierno o a director de alguna facultad. Nada más de pensarlo se nos revuelve todo.

Ahora tenemos la amenaza de una fiscalía nacional autónoma que sustituya a la PGR. Esta procuraduría podrá ser pésima, pero nada de su decadencia ha sido culpa de presidente mexicano alguno. He vivido más de media vida dentro o cerca de la Procuraduría General de la República y me consta que los presidentes no se meten en las averiguaciones previas ni en las consignaciones. Que no participan de las bolsas de su corrupción, cuando la ha habido. Y que no han otorgado permisos, licencias, autorizaciones o concesiones para delinquir sin castigo.

Con esto quiero decir que, con su futura autonomía, no mejorará en nada y, por el contrario, puede deteriorarse aun más, ya careciendo de los controles políticos que, en forma de amonestación o de despido, han utilizado los presidentes.

Por todo eso, creo que algunos mexicanos han sucumbido ante el espejismo de la propaganda de una autonomía que puede ser “milagro” o puede ser patito.

                *Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                twitter: @jeromeroapis

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