Políticos y villanos

Muchas sociedades vivimos en la orfandad política. Somos huérfanos y no tenemos quién nos defienda ni ante el crimen ni ante la autoridad. Estamos indefensos como ciudadanos, como consumidores, como ahorradores, como electores, como contribuyentes, como trabajadores...

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José Elías Romero Apis 14/03/2014 02:08
Políticos y villanos

Hace algunos días fui invitado a exponer una larga charla sobre lo que mis anfitriones han llamado el antihéroe de la política. Yo, por simpleza, tan sólo los llamo “villanos”, como en las películas. Desde luego que me desentendí de sus aspectos sicológicos, subliminales o mediáticos y me concentré, exclusivamente, en su perfil político. Resumo y comparto, muy apretadamente, algo de lo expuesto.

El villano es una figura que hoy está de moda. En el mundo de lo real, lo comprobamos a diario. Los capos de mafia, los funcionarios rateros, los contratistas abusivos y todos sus similares, han formado legión de traficantes, secuestradores, piratas, extorsionadores, coyotes, evasores, defraudadores, contrabandistas, lenones y matones, por mencionar sólo diez y no todos sus doctorados. Me consta, incluso, que hay gobernantes que han sentido más aprecio por quienes saben robarse una elección que por quienes saben ganársela. Las razones de esto son muy claras y muy lógicas, aunque muy poco gratas.

En el mundo de lo imaginario sucede lo mismo. Pascal Beltrán del Río nos recordó que el político ficticio hoy más admirado se llama Francis Frank Underwood, de House of Cards. Hace una década el héroe político imaginario era Josiah Jed Bartlett, de The West Wing, lleno de alteza hasta el límite de lo irreal. Bartlett nos emocionaba por su idealismo. Era una aleación de los que creemos que fueron Roosevelt y Kennedy, aunque no hayan sido así de nobles. Underwood nos sacude por su realismo. Es un batidillo de lo que suponemos que fueron Nixon y Bush, aunque tampoco hayan sido así de bajos.

La razón de esa admiración generalizada hacia el villano tiene muchas explicaciones, pero me quedo con una sola. Muchas sociedades vivimos en la orfandad política. Somos huérfanos y no tenemos quién nos defienda ni ante el crimen ni ante la autoridad. Estamos indefensos como ciudadanos, como consumidores, como ahorradores, como electores, como contribuyentes, como trabajadores, como estudiantes, como derechohabientes, como empresarios y como pobres. Así pues, al no tener padres ni asilo, las sociedades buscan al padrastro o a la madrastra, aunque éstos sean meramente virtuales, mientras esperan la llegada de los reales.

En los años 80, México vivió uno de sus peores momentos económicos. Se le llamó, por infernal, la época de los tres seises. Crecimiento negativo de 6%, barril mexicano a seis dólares e inflación de 6% …¡quincenal! Esa catástrofe mexicana golpeaba en toda la nación, pero se ensañaba en el hogar.

La entonces sufrida mujer mexicana padecía los embates del desempleo, de los precios desbocados y de la desesperanza acumulada al tradicional maltrato del marido, a la indiferencia de los hijos, a la antipatía de las nueras y al acoso de los cobradores. Así surgió una perversa que se convirtió en la heroína aspiracional de esa grey huérfana. Catalina Creel fue la villana de la exitosa serie Cuna de Lobos. Hacía y lograba lo que ninguna otra mujer podía. Controlaba su inmensa fortuna, mataba a sus maridos, subordinaba a sus hijos, humillaba a sus nueras y asesinaba a los cobradores.

Se convirtió en todo un ensueño ante la pesadilla diaria. Esto llegó a provocar que, durante la campaña presidencial del 88, surgieran muchísimas pintas en las bardas que proclamaban a “Catalina Creel, para Presidenta”. Esa es la aportación de los villanos ante las sociedades sufridas y sufrientes.

Volviendo a lo político, Underwood representa la esencia de la real política. No es malo ni bueno. Actúa, pero no sueña. Engaña, pero ayuda. Traiciona, pero produce. Presiona, pero premia. Mata, pero protege. Repugna, pero seduce. Nadie lo quiere, pero nadie lo larga. Todos lo odian, pero todos lo necesitan. Todos están en su contra, pero todos se equivocan. Es un buen político, no un político bueno.

No quiero dejar la falsa impresión de que admiro la perversión. Nada más alejado de ello. Simplemente considero que la política es una actividad como las profesiones, los deportes o la guerra. No nos interesa si el gran cirujano, el extraordinario futbolista o el victorioso militar son personas “buenas” o personas “malas”. Que sean como a ellos se les antoje ser y eso nos tiene sin el menor cuidado mientras salven enfermos, anoten goles y ganen guerras.

Lo más importante es que aceptemos que, en la política, los héroes y los villanos transmigran entre la realidad y la ficción. No tienen una frontera definida e impenetrable. Son imaginarios, pero no fantásticos. No fueron inventados sino que, solamente, fueron copiados por la imaginación. Fantásticos son  Darth Vader y Obi Wan Kenobi, inventados por la pura fantasía. No existen ni existirán.

En cambio, Josiah Bartlett y Francis Underwood están en la televisión pero, también, están en los gobiernos de casi todas las naciones. Existen, los conocemos y, a veces, hasta los tuteamos. Cuando aparecen en el televisor tan sólo están usando su seudónimo.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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