El teorema de la salamandra

Existen 60 millones de pobres a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto de la riqueza y 60 millones de jóvenes a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto del poder.

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José Elías Romero Apis 07/03/2014 03:05
El teorema de la salamandra

En algunas mitologías la salamandra era un animal y en otras eran unas hadas. Pero lo común es que vivían en el fuego y del fuego se alimentaban. La salamandra me parece similar al sistema mexicano de violencia. Lo mismo la organización delincuencial que la comunitaria que, incluso, la institucional pareciera que forman una importante porción de la población mexicana que vive en el fuego del miedo y de él se alimenta. Que su sobrevivencia sólo se explica dentro de la hoguera. Y que, por consecuencia lógica, perecería en la serenidad de la paz.

Es duro aceptar este teorema. Pero es menos complicado si aceptamos que los seres humanos son desiguales, distantes, disimétricos y disparejos. En ocasiones, nuestras diferencias nos complementan dentro de una misma sociedad. Pero, en otras más, nuestros distingos nos instalan en una misma olla de presión que nos llega a destruir.

Esta patología política ha recibido muchos nombres modernos. Balcanización, si se trata de una fusión-batidillo insoportable para todos. Libanización, si se trata de una guerra de extranjeros librada en país ajeno. Colombianización, si se trata de una confrontación maniquea entre “buenos vs. malos”. Mexicanización, si se trata de algo todavía inefable.

El que fuera presidente de la desparecida Yugoslavia, Josip Broz Tito, alguna vez refirió que él tenía siete problemas. Gobernaba un Estado, con dos alfabetos, con tres idiomas, con cuatro religiones, con cinco razas, con seis repúblicas y con siete vecinos. El resultado, mucho tiempo después, fue la explosión balcánica que desintegró y despareció a Yugoslavia, ese Estado artificial creado “a chaleco” por la soberbia de los vencedores de una guerra.

Así sucede en el México actual, donde nuestras diferencias no siempre resultan esperanzadoras. Mucho se ha hablado de la existencia de tres Méxicos. Por una parte, un México moderno, industrializado, tecnificado, politizado y en franco ingreso al nuevo milenio. En el otro extremo, un México anacrónico, rural, marginado, caciquil y que no ha podido liberarse del siglo XIX. En medio de ellos, un tercer México suburbano, insalubre, pauperizado, confundido y difícil de ubicar en una clara referencia temporal.

Reducir sus diferencias y hacerlos coincidir en el tiempo y en la coexistencia es lo que constituiría un importante avance de integración. Sin ello, corremos el riesgo de que los tres Méxicos se extravíen en dimensiones distintas y puedan no volver a encontrarse.

El México del futuro ya no sólo quiere resolverse en la reducción de la brecha existente entre mexicanos muy ricos y mexicanos muy pobres sino, también, en la cancelación de la distancia que existe entre unos mexicanos indebidamente poderosos y otros mexicanos inaceptablemente débiles.

Esto implica, pues, que hoy en día la justicia y el desarrollo también se asocien, indisolublemente, con la democracia. Ya no sólo como un asunto del tener sino como una cuestión del poder. No sólo como un programa de repartición sino como un proyecto de participación. Y es que existen 60 millones de pobres a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto de la riqueza y 60 millones de jóvenes a los que ya no les gusta la fórmula mexicana de reparto del poder.

De la misma manera, existen muchos millones de contribuyentes a los que no les gusta la fórmula mexicana del gasto público. Millones de estudiantes a los que no les gusta la fórmula mexicana de la educación pública. Millones de derechohabientes a los que no les gusta la fórmula mexicana de la seguridad social. Y muchos millones a los que no les gusta la fórmula mexicana de la calidad de vida.

Me resulta importante aclarar que no estoy diciendo que nuestra desigualdad económica o política sean la causa de la violencia y el crimen. La creencia aristocrática victoriana de que la pobreza en la generatriz de la delincuencia y que los delincuentes son los pobres, la superé y la deseché desde mis años estudiantiles.

Pero lo que sí estoy diciendo, tal como sucede en los ejemplos anteriores, es que no todos los mexicanos creemos en la misma idea de la seguridad, de la legalidad y de la gobernabilidad. Y esa manera distinta de concebir nuestras alteraciones del poder se parece a las discrepancias de los oncólogos. Porque hay algunos que piensan que el cáncer se cura con cirugía. Otros que piensan que se cura con química. Otros, que se cura con radiación. Y otros que piensan que no se cura.

He mencionado tan sólo meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas de poder, muchas de ellas incurables y progresivas. Esos son los síntomas, pero no son la verdadera enfermedad. Ésta la podríamos bautizar y designar como un “cratoma”, lo cual nos permitiríamos interpretar como la “degeneración oncológica sobre el sistema político” o, más certeramente, como un “cáncer en los sistemas de poder”.

El teorema de la salamandra nos diría que algunos perecen en el fuego, pero los pirófagos se alimentan y se nutren de él.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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