El protectorado de Michoacán

Habrá quienes argumenten, con muy sobrada razón, que las guardias comunitarias son la consecuencia de la ineficiencia gubernamental. Pero, si de esa premisa verdadera derivamos el falso sofisma de la autodefensa abriremos la puerta a muchos males mayores de lo que se pretende resolver.

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José Elías Romero Apis 21/02/2014 01:43
El protectorado de Michoacán

                Para Eduardo García Puebla, en esta mala hora.

 

En pocas palabras, un protectorado es un modo de tutela gubernamental que se da cuando un sistema resulta incapaz de servirse por sí mismo. Equivale, en medicina a la discapacidad. En sicología, a la alienación. En derecho, a la interdicción. Así, más o menos, hoy se encuentra Michoacán. Son otros los que tienen que ver por ese estado. La Federación con sus policías, con sus soldados, con sus fiscales y con sus comisionados. El gobierno-grande-del-centro con su dinero, con su información, con sus dádivas y con sus discursos.

Habrá quienes argumenten, con muy sobrada razón, que las guardias comunitarias son la consecuencia de la ineficiencia gubernamental. Pero, si de esa premisa verdadera derivamos el falso sofisma de la autodefensa abriremos la puerta a muchos males mayores de lo que se pretende resolver.

Desde hace varios años escuché, en persona, el fermento de esas autodefensas. En algunas ocasiones recibí la visita de amigos michoacanos, todos ellos hombres de bien y de trabajo. Ricos agricultores dedicados al campo y a generar empleo e ingreso en aquella región. Su historia la escuché varias veces aunque en distintas bocas. Casi la aprendí de memoria. Hoy, todos la conocemos.

El planteamiento era que los extorsionadores les exigían un estipendio a cambio de “permitirles” levantar la cosecha de aguacate, de melón o de otros alimentos de sus tierras. La posible respuesta les brindaba tres alternativas, todas ellas terribles. Una, ceder al chantaje y pagar la sica, el “derecho de piso” o como se le llame. Dos, organizarse en armas y lanzarse en contra ellos. Tres, cambiar de residencia y establecerse en otro estado o en otro país.

Invariablemente querían escuchar mi opinión y, de ser posible, mi recomendación. A eso habían venido a la capital. Ellos sabían muy bien qué hacer, pero deseaban saber qué pensábamos los lejanos. El primer enigma era si yo creía que esto pasaría rápido. No quise ser fatalista en pronosticar una plaga larga, pero no quise ser mentiroso en augurar una solución pronta. Por desgracia fui acertado, porque mi vaticinio se dio hace años y todavía no vemos el final.

El segundo enigma era la postura que deberían adoptar. Desde luego, lo primero que deseché fue una recomendación de guerra. No creo que la fuerza privada sea la solución de este problema. Arriesgarían su vida y las de sus hijos. Pero, además, arriesgarían su libertad, su tranquilidad y su prosperidad. Con esa elección veía su futuro en la cárcel o en el cementerio.

La segunda opción tampoco me parecía aceptable. Ceder a la coacción sería pavimentar el atractivo camino de la exacción delincuencial. Se convertirían en cómplices morales de un prospero filón donde los criminales medraran a sus anchas.

La tercera opción me parecía la “menos peor”. Casi todos ellos son gente rica que podría comprar tierras en Texas y hasta en California. Tienen el dinero para adquirirlas, el talento para producirlas y la voluntad para enriquecerlas. Son bien recibidos en cualquier país. Así que les recomendé que quemaran su lujoso jacal, regalaran sus caballos finos y buscaran nuevas praderas. Para mayor comodidad, sus órdenes en su nuevo campo las darían en español y las cocineras de su nueva casa sabrían preparar enchiladas. Pero, en el fondo, yo sabía que era muy doloroso recomendar la huida a esos hombres valientes a los que les duele más la cobardía que los balazos.

Al terminar nuestra sobremesa y despedirnos para que tomaran su carretera, casi siempre los vi abordar suntuosas camionetas de la marca más solicitada para estos menesteres, ya aplicadamente blindadas y fuertemente escoltados por otras unidades similares. Ellos no acostumbraban el boato y esta novedad me anunciaba sus miedos los cuales me preocupaban porque el miedo no es buen consejero ni buen amigo ni buen socio.

Como siempre, mis amigos se despedían con un afectuoso abrazo. Pero, a unos metros, el jefe de sus acompañantes me brindaba su respeto llevándose a la sien la mano extendida, simulando un saludo militar. Con esas compañías, me inquietaba que estuvieran a un paso de la lucha armada.

Muchas veces, durante el resto de la tarde, en la mente me seguía persiguiendo la tristeza de su mirada. Su mundo se había acabado. Su paraíso se había perdido. Su vida se había destruido. Me avergonzaba haber recomendado una salida indigna aunque provechosa. Por fortuna, prácticamente todos mis amigos eligieron el camino de la paz y hoy me siento contento de que no se arriesgaran en una aventura tonta y perdida. Pero no todos los michoacanos pensaron como mis amigos. 

Sin embargo, para todos, su Michoacán también se acabó, se perdió y se destruyó. Quizás algún día resucite, se recupere y se reincorpore. Pero, por lo pronto, en los hechos reales ha perdido su capacidad de maniobra, su autodeterminación y su propio albedrío. A las cosas por su nombre y el Estado Libre y Soberano de Michoacán de Ocampo se convirtió en el Protectorado Federal de Michoacán.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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