La reforma insípida

Las verdaderas reformas políticas son tan profundas que los países pueden hacer una cada 50 o 100 años, pero no una o dos cada sexenio.

COMPARTIR 
José Elías Romero Apis 06/12/2013 02:55
La reforma insípida

Todavía no le encuentro esencia alguna a la reciente reforma política. Será porque soy de los que piensa que una reforma política consiste en una recomposición de los sistemas de poder. Y ésta no modifica un solo milímetro de los goznes del sistema mexicano.

Sus temas más notorios se reducen al cambio de fechas electorales e inaugurales, a mayores requisitos registrales de los partidos que no cuentan, a la ampliación del mandato de los legisladores, al endurecimiento de penas electorales y a la autonomía de una institución que no se ha sabido ganar ese mérito y que, por añadidura, sus vicios no se deben a su falta de autonomía ni se corregirán por concedérsela. 

Es una reforma que no tiene sabor ni olor ni peso. Es lo más cercano a la nada absoluta. Entiendo que esta propuesta es de origen panista y que el partido del gobierno la compró gustoso porque representa un pago insulso a cambio de un cobro significativo en algo que realmente le interesa al gobierno, como lo es la reforma energética. 

Eso significa que tiene astucia inteligente, pero eso no la hace una reforma inteligente. Desde luego que es bueno que los compradores la adulen para revalorarla y, de esa manera, cobrar bien por el beneplácito obsequiado. Pero no es bueno que todos nos creamos lo que sólo se dice “de dientes para afuera”. Las verdaderas reformas políticas son tan profundas que los países pueden hacer una cada 50 o 100 años, pero no una o dos cada sexenio.

Por eso he recordado que cierta tarde me encontraba platicando, sobre temas de política, con uno de los más legendarios y polémicos líderes latinoamericanos, en ese entonces presidente de su nación. De repente, me tuteó y me soltó una pregunta directa, pero complicada. Me dijo: “Pepe, ¿por qué se ha atorado la evolución política mexicana?”.

Para comenzar, la pregunta me resultó capciosa, como decimos los abogados, ya que concedía la suposición de que nuestra evolución realmente estuviere atorada. Así que tuve que reflexionar sobre este previo, en no más de cinco segundos, para conceder o refutar la suposición. Contra mis deseos, tuve que aceptar que habíamos dejado de evolucionar. Le di muchas respuestas para tratar de explicar un fenómeno mexicano extraño, insólito y casi inefable, pero mi conciencia me reclamaba que le estaba mintiendo al mandatario anfitrión.

Cuando, al día siguiente, salí de su país, la pregunta me volvió a perseguir en mi interior. A través de mi ventanilla clavé la mirada en el mar y me sumergí en la verdadera pesadilla de aceptar que, en 35 años mexicanos, el más importante invento político ha sido una credencial de elector. No un sistema de poder, sino un plástico con fotografía. Así permanecí hasta que alguien de mis acompañantes me preguntó si me sentía bien. Salí tan sereno de mi introspección que le pedí al piloto del avión que, me facilitó nuestro gobierno, me dejara en Cancún.

Ya por la tarde, en la playa seguí pensando en lo mismo. La política mexicana había sido, durante más de siglo y medio, una de las más ricas y complejas del planeta. Como ejemplo, baste decir que la guerra de Independencia fue un conflicto todavía muy difícil de explicar, dejando a un lado la versión simple para niños de primaria. Por lo menos, ochos posicionamientos ideológicos complicaron 11 años de trance. Monarquistas, borbonistas, republicanistas, independentistas, metropolistas, nacionalistas, liberalistas y conservaduristas hicieron que fuera el movimiento independentista con mayor confrontación ideológica de todo el continente, incluyendo al de  Estados Unidos.

Pero lo subsecuente fue igualmente complejo. Los enfrentamientos de las logias, la epopeya del federalismo, la secesión de Texas, la Invasión del 47, la pérdida territorial, la Reforma Liberal, la Guerra de Tres Años, los Intervención Francesa, la Restauración de la República, el Porfiriato, la Revolución antirreleccionista, el Cuartelazo, la Revolución constitucionalista, la Reordenación Constitucional, la Cristiada, la Institucionalización Revolucionaria, el tránsito hacia el civilismo y la consolidación de instituciones. Todo ello ocupa lo que va de 1810 a 1978. Hasta nuestros dictadores fueron más completos que los latinoamericanos. A Porfirio Díaz se le reconoce una dimensión muy distinta a la de los Duvalier, los Trujillo o los Somoza.

Así, México se convirtió en un generador de ideas, de proyectos y de instituciones que fueron estudiados y hasta reproducidos en muchas latitudes. Pero, hoy, en muchos escenarios la mexicana se ha convertido en una política plana, insulsa, insípida y, en mucho, impotente. Es muy cierto. En algún momento se atoró. No nos debe importar mucho quién lo hizo ni por cuál razón. Ya resulta irrelevante que lo hayan hecho por accidente o por decisión. Que hayamos vivido así por estupidez o por perversidad. Pero de lo que no hay duda es que habrá que desatorarla y yo sugeriría que lo hiciéramos muy pronto y, desde luego, que lo hiciéramos muy bien.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

Comparte esta entrada

Comentarios