La leyenda Kennedy
John fue la primera figura política extranjera a la que se asomaron los jóvenes de mi generación. Era joven, como la mayoría de los mexicanos. Era católico, como la mayoría de los mexicanos. Era carismático, era valiente y tengo la impresión de que era idealista.
Si bien debo confesar que nunca he sentido ninguna idolatría política por los Kennedy, también debo reconocer que la tristeza profunda y sincera que sentí aquel viernes 22 de noviembre de 1963 me acomete cada vez que pienso en John Fitzgerald. Y no me refiero solamente al recuerdo de las imágenes de ese día y de los inmediatos.
Creo que todos recordamos las escenas en Dallas. La llegada del Air Force One y la recepción en el aeropuerto. El desfile en la limusina descubierta. El atentado y la confusión. La esposa intentando recoger fragmentos de cerebro. El ramo de rosas. El anuncio oficial del fallecimiento. El vestido ensangrentado. Y, de nuevo, el Air Force One transportando a la capital nacional el cadáver del Presidente asesinado mientras, en el mismo vuelo, prestaba juramento el nuevo Presidente.
Más tarde, las escenas en Washington. El velorio en el Capitolio. El réquiem en la Catedral de San Mateo. El cortejo fúnebre en la Avenida Constitución. El silencio sepulcral en la ciudad. El redoble de tambores. El armón transportando el féretro y la bandera. El caballo sin jinete. El niño saludando militarmente. El entierro en Arlington. El pueblo estaunidense sumido en el dolor y el mundo entero en la consternación.
Después, otra vez en Dallas, el asesinato del presunto homicida en los mismísimos sótanos de la policía y la instalación de una sensación de burla a todo un pueblo dolorido y a toda una generación desconcertada.
Pero, si siempre he realizado mis reflexiones sobre el presidente Kennedy con una muy responsable cautela y si tengo muchas dudas sobre sus calificaciones, ¿por qué me provoca sentimientos de simpatía no frecuentes puesto que soy un político que ha estado acostumbrado a la práctica del análisis riguroso y duro?
Trataré de explicarme en la respuesta que me encontré a primera mano. En aquel noviembre del 63 yo era un niño lleno de ilusiones y de esperanzas que había decidido, desde muy temprana edad, abrazar el camino profesional de la abogacía y transitar en el camino vocacional de la política. Kennedy fue la primera figura política extranjera a la que se asomaron los jóvenes de mi generación. Era joven, como la mayoría de los mexicanos. Era católico, como la mayoría de los mexicanos. Era carismático, era valiente y tengo la impresión de que era idealista.
Pero, sobre todo, Kennedy no fue tan sólo un político sino que se convirtió en una leyenda. Su breve Presidencia no estuvo acompañada por el éxito, pero siempre estuvo impregnada por sus fábulas. Camelot le llamaban a ese reino feliz. Lo rodeaba un halo de sortilegios. Fueron legendarios su padre y sus hermanos, su esposa y sus novias, sus amigos y sus cómplices. La leyenda Kennedy dio y sigue dando para novelas, filmes y sobremesas.
Fue legendaria la forma en que Arthur Schlesinger le cambió la imagen y, con ello, convirtió a un modesto senador en un poderoso Presidente. Algún día diría que él no hizo a un Presidente sino que inventó una leyenda. Fueron legendarias su firmeza durante la Crisis de los Misiles, su valentía en el conflicto racial de Alabama y su inteligencia en el discurso de Berlín.
Pero no sólo su vida sino, también, su muerte ha sido legendaria, sobre todo por las diversas hipótesis misteriosas a las que dio lugar. Unos dicen que era peligroso para los ricos, para los swap y para los ultra. Yo no lo creo. Kennedy era anticomunista, bostoniano, aristócrata, rico e identificado con su clase.
Otros dicen que era ambicioso y soñaba con una dinastía familiar que durara 50 años. Tampoco lo creo. Era un estadunidense moderno incapaz de proyectos antillanos como los de Leónidas Trujillo, François Duvalier o Fidel Castro Ruz.
Por último, hay quienes dicen que fue incumplido con sus compromisos y que esa fue la razón de su muerte. No tengo nada para creerlo, pero no tengo nada para dudarlo. Así lo insinúa la película Nixon y así lo dice el libro La Conspiración. En la política, los pactos son sagrados, no importa si son de los públicos o de los secretos. Hoy que vivimos un México tan lleno de pactos, debiéramos aprender que hay que ser muy respetuosos con ellos.
En fin, Kennedy fue una leyenda y éstas siempre nos fascinan. Todo ello lo podría sintetizar en una magistral frase muy conocida. En la última y más dolorosa noche que Richard Nixon vivió como inquilino de la Casa Blanca se paró frente al retrato de John Kennedy y le expresó un angustioso y brutal reproche contra su pueblo: “Cuando te ven a ti, piensan en lo que idealmente quisieran ser. Cuando me ven a mí, piensan en lo que realmente son”.
En efecto, para ese pueblo, Kennedy era un modelo que se debería admirar y Nixon era un espejo que se debería destruir. Ese es el síndrome infalible de una leyenda.
Quizás esa sea la verdadera respuesta de mis recuerdos tristes. Que en algún momento aunque sólo instantáneo, que en alguna idea aunque sólo ligera, o que en alguna frase aunque sólo incompleta, John Fitzgerald Kennedy en algo nos haya inspirado.
*Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
Twitter: @jeromeroapis
