Un peligroso viaje al centro del poder
Para María Amparo Casar, en esta mala hora. Primero solicito permiso a Julio Verne para manosear sus títulos y, una vez concedido, entro en materia. Resulta que, hace unos días, fui invitado a platicar con casi 30 militares de la más alta jerarquía. Nuestro único ...
Para María Amparo Casar, en esta mala hora.
Primero solicito permiso a Julio Verne para manosear sus títulos y, una vez concedido, entro en materia. Resulta que, hace unos días, fui invitado a platicar con casi 30 militares de la más alta jerarquía. Nuestro único tema fue la política. Durante casi dos horas sostuvimos un coloquio que me resultó profundo, franco, interesante y ameno.
Muchos comentarios de mis interlocutores valdrían ser compartidos. El espacio me permite sólo uno, referido a la escasa funcionalidad de nuestro congreso legislativo. Traté de contestar directo y sin rodeos. El Congreso de la Unión funciona poco y mal, porque está intencionalmente diseñado para que funcione así. Su disfuncionalidad no es accidental ni espontánea sino intencional y deliberada. Es el producto de una estrategia de diseño político tendiente a debilitar al Poder Legislativo en aras de transferir esas potestades informales hacia la Presidencia de la República.
Sus diseñadores originales le insertaron todos los insumos de la debilidad política. Muchas de sus instituciones y de sus procedimientos tradicionales llevan ese propósito: la no reelección de congresistas, la renovación integral de las cámaras en la misma elección, la fortaleza de los partidos en el debate y en la organización cupular de las cámaras, los cortos periodos congresionales y los larguísimos periodos de receso, el trabajo en comisiones desprovisto de recursos de toda índole y, por último, las imposibilidades sustanciales de acceso a la información para enriquecer el debate y la toma de decisiones.
Pero los posteriores sucesores tuvieron la imaginación para incrementar su discapacidad. Menciono tan sólo dos. El primero, el constante aumento de su tamaño. De menos de 200 diputados en el formato original, han llegado a ser 500. No me preocupa su tamaño por razones presupuestales como a muchos les molesta. Pero una asamblea es menos funcional mientras mayor sea. Una duma al antiguo estilo soviético, integrada por diez mil diputados, es más difícil de operar que un politburó de tan sólo diez miembros. Ya no se diga un reducido triunviro.
El otro es el cúmulo de facultades inútiles como las designatorias o ratificatorias de funcionarios. El Congreso de la Unión es el encargado de aprobar el nombramiento de funcionarios que ni conoce ni puede remover, bien porque sean inamovibles o porque ello sea una facultad exclusiva del Ejecutivo federal. Ministros, generales, recaudadores, embajadores, cónsules, banqueros, consejeros, comisionados y diversos vocales son propuestos por el Presidente de la República sin que los congresistas siquiera los conozcan ni, muchos menos, la razón de la propuesta. Ésta, como muchas otras tareas, los distraen, los comprometen y, en ocasiones, hasta los enfrentan.
Dicho sea de paso, el Congreso de la Unión no es la única entidad que sufre discapacidades relativas. Lo mismo sucede con la Suprema Corte de Justicia, con los gobiernos estatales y municipales y hasta con algunas dependencias del Ejecutivo federal porque “cuando la perra es brava …”. Allí están, por ejemplo, las inutilísimas secretarías de Energía y la ya extinta de la Contraloría, que nunca han servido ni para sacar un perro de la milpa.
Desde luego que nunca hemos tenido un Presidente de la República tan atarantado que se hubiera propuesto instalar un poderoso Congreso de la Unión. Con el que tenemos sufre la incomodidad de que no prosperen sus propias propuestas. Pero con uno poderoso sufriría la peligrosidad de que prosperaran las propuestas de los otros.
Por cierto que nuestros “defectos” congresionales fueron exportados y copiados intencionalmente para el diseño de la actual Quinta República Francesa y remitir el tradicional parlamentarismo europeo que aquejaba a su difunta antecesora.
En todo esto no hay reglas exactas. Cada gobernante debe conocer las peculiaridades de su propio país, que yo llamo “el código inédito de la política”.
A mero ejemplo, de qué otra manera podríamos saber ¿cuáles son las facultades no escritas del secretario de Hacienda? ¿Cuáles son las secretarías en las que no podía meterse el secretario de la Contraloría? ¿Con cuáles miembros del gabinete le conviene al Presidente que tenga amistad el secretario de Gobernación? ¿Con cuáles no le conviene que la tenga? ¿Por qué el regente capitalino no podía ser candidato a la Presidencia de la República? ¿Por qué los congresistas del PRI usan distinto método en la Cámara de Diputados o en la de Senadores? ¿Quién debe decidir y bajo qué criterio la cámara de origen de cada iniciativa presidencial? ¿Cómo se integra el gabinete alterno? ¿Cómo se designa un gobernador adjunto? ¿Qué grupos tienen derecho a colocar por lo menos un miembro del gabinete?
Eso fue parte mínima de nuestro viaje coloquial. Cuando terminamos, mis anfitriones me acompañaron al auto. Nuestra reflexión final es que cada fracaso político debe examinarse si fue un error accidental o si fue un proyecto exitoso.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
Twitter: @jeromeroapis
